Demasiado para tan pocos días

NOCHES BLANCAS DE HOSPITAL…

Hospital Blog Se Llenaron de Inmensa Alegria

Dejad el llanto esta noche, que el Niño está por llegar. Los acordes de esta canción de José Luis Perales suenan en mi mente cada vez que amanezco cerca de un hospital después de que la Navidad del pasado año la casa de mis padres se hubiera convertido en el hospital más feliz del mundo, donde cuatro hijos con su padre, dos nueras y un yerno, ayudaran a mamá a volar al Cielo para pasar las Navidades de este año con el Bendito Niño, no entre pajas, sino con su Madre Bendita, y los Ángeles, tocando los villancicos de siempre, para mamá, con más acierto que nunca.

He estado en muchos hospitales desde entonces y quisiera recordar a todos aquellos a los que he podido acompañar en esos ratos largos, donde el reloj no anda, y el corazón no para.

La primera fue la hermana María de los Ángeles, del convento de las Madres Carmelitas del Cerro, sometida a dos ciclos de seis sesiones cada uno de quimioterapia por una afección en el pulmón. La conocí cuando era niña… Claro, yo también era un niño, aunque algo mayor. Fui y soy amigo de sus hermanos, la casa de sus padres, ha sido como la mía durante los años de mis estudios en Castellón. Tres años de felices recuerdos que me llevaron al sacerdocio de la mano de D. Juan Antonio, obispo, entonces, de Castellón. Al llegar a la habitación, emoción de las hermanas, muchos años sin verse, generosidad, entrega, demos gracias a Dios.

Ella fue al convento joven, con quince o dieciséis años. Ahora, quince años después, hay que pasar por el hospital. La acompañan la Madre Superiora y otra hermana. Un regalo de habitación para enfermeras y médicos. El primer día, el ministro extraordinario de la Eucaristía que colabora con el capellán, rompió a llorar a ver a familiares y religiosas de rodillas porque venía Jesús. El segundo ya dijimos Misa… y las lágrimas, mezclada la emoción, la alegría y, también, el nudo en la garganta por la enfermedad, decíamos juntos:Señor, hágase tu voluntad, porque dejó casa y tierras, bendícela… porque prometió hasta la muerte vestir Carmelita, bendícela… bendice a su madre, a Mari Carmen, a María Gracia, a Antonio María (su hermano), a Inma, a María Teresa y a papá, a Santiago: cantemos como los niños hebreos, hosanna al paso del Redentor… miles de de recuerdos se mezclan en la memoria, la carroza del Corpus de Castellón, donde subí siendo diácono, los campamentos, Simarro y la abuela; la Creu del Bartolo, Irene, Migue, Adela y los niños, la bendición de la cabaña… ¿os acordáis muchachos? Carlos Mario, Madre María Josefa, por la comunión de los santos todos unidos en una misma Misa, en la única Misa, la del Calvario. ¡Levantemos el corazón! Hacia el Señor, hermanos… pero había que volver, tren, coche y a casa.

Era martes, 4 de junio pasado… ¡Padre, Padre, una niña ha muerto en el mercado! Corra, Padre, corra… Estaba a pocos metros de casa. Llegué corriendo, la tuve en brazos. Estaba muerta. Hacía mucho rato. Murió ahogada. Atragantada, o algo por el estilo. Vivimos momentos muy duros junto a la madre, después llegaron los guardias, los médicos, el helicóptero… Nada que hacer. Rezar por su familia. El angelito se fue al Cielo, tenía dos años. Luego hubo entierro en otro pueblo, y una mujer me dijo: “Yo no voy a Misa…” Le contesté si creía en que hay vida después de la muerte. Me dijo: “Yo no, ¿y usted?” Por supuesto, le dije. Por eso soy feliz. Y dijo como pensando en voz alta: “Eso es lo que me da rabia, que los creyentes, encima de serlo, son felices” – Sí señora, pero no creo para ser feliz, sino que soy feliz porque creo. Se quedó así. No dejará de ser la muerte de niños un castigo del pecado original, como la de mayores, pero no por eso deja de ser puerta del Reino de los Cielos, porque sólo Jesús tiene palabras de vida eterna para esa gitana que perdió a su hija en el mercado.

Me falta explicaros quién es Nuria. Una niña que cuando llegué a Santa María tenía cuatro añitos. Desde el primer día que la vi… ¡¡me quiso tanto!! El día 6 de junio la operaron a las nueve de la mañana en el hospital de La Fe de Valencia de una enfermedad congénita en los huesos. En resumen, había que darle espacio a los pulmones. Cuatro horas con Ángel y Ángelita, sus padres. Cuatro horas que nos han unido para siempre. El padre fuma un cigarro, el cura reza el Rosario y mamá… mamá entera, derecha como una vela espera a que la doctora, con gafas grandes, salga y diga: “Ha ido todo bien”. ¡Qué alegría! Las gentes querían ayudar, rezaban por ella, iban a verla. Ella solamente decía, mamá, me duele la espalda. No fue la noche larga, fue larga la jornada, la quincena, será su vida… Operaciones, paciencia, calma. Lo que Dios quiera.

Quiero agradecer desde estas líneas a la familia, la acogida que me hicieron en el hospital como si fuera uno más. Para la comida, para el teléfono, para la compañía… nos conocíamos hacía poco, pero no nos olvidaremos nunca. La Virgen del Amparo te ayude siempre, Nuria. Pronto volverá a verte. Un beso muy fuerte, desde tu pueblo, desde casa, desde siempre.

Y ¡Feliz Navidad! A la mamá de Elena, la chica vestida de morado que pasa la vida en el hospital, acompañando a su hija que tiene leucemia… y que debe estar aislada para no contagiarse de nada. Sin salir, noche y día. Gracias por tu ejemplo, gracias por tu vida, mamá de Elena.

A todos, especialmente aquellos que estén esos días en un hospital, también para vosotros: ¡¡FELIZ NAVIDAD!!

y en la Misa del Gallo los coros desgarran sus cuerdas,

y extasiada ante el Cristo que nace, una madre reza

por el hijo que fuera de casa sentirá tristeza

y los ojos del hijo esa noche, llorarán con ella

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