La alegría en JMJ

jmj Blog Se Llenaron de Inmensa Alegria

A primera vista podría parecer que estas líneas van a referirse al entusiasmo con que todos vivimos, tanto los días previos a la venida del Papa, en la misma Diócesis, como el ambiente de aquellos jueves, viernes, sábado y domingo que quedarán en la memoria de medio mundo como uno de los encuentros más masivos de la historia, quizá solamente superado por la JMJ de Manila. Pero es que… aquello es Filipinas, y están todavía floreciendo las semillas de nuestros últimos soldados y misioneros en aquellas islas.

            Sin embargo, quiero referirme aquí a las veintidós veces que el Papa nombra la alegría en sus discursos. Todas ellas, junto con las ocho que nombra el gozo, hacen un total de más de siete veces al día… y podríamos decir setenta veces siete. Porque la virtud principal del cristiano es la alegría. Pero no la alegría de dos cubatas y unas mozas, para una noche libre; sino la alegría profunda que brota de un corazón limpio, de un espíritu sincero, que por eso mismo es libre, de una generosidad entregada a la obligación, sea religiosa, esponsal o estudiantil de aquel joven sencillo que hace, simplemente, lo que tiene que hacer, y por eso está feliz.

            El Papa comienza, casi al principio del discurso de Barajas diciendo: Por eso me causa inmensa alegría escuchar a los jóvenes, rezar juntos y celebrar la Eucaristía con ellos. Hoy nadie escucha, y menos a los jóvenes; porque no hay tiempo, porque no interesa, porque no tenemos el suficiente diálogo interior con nosotros mismos, para escuchar a los demás. Mucho menos se reza con ellos, o por falta de coraje, o por respeto humano, o porque no se reza habitualmente, ¿cómo se va a rezar cuando se está con gente joven? Porque nos hemos llenado la boca de decir que los sacerdotes tenemos que ser como los demás, y claro, puede entenderse mal. Porque lo que yo diría es que los demás tienen que ser como los sacerdotes, siempre y cuando los sacerdotes seamos como Cristo. Y, por supuesto, celebrar la Eucaristía con ellos. Pero no la Eucaristía esa de “La Misa es una fiesta muy alegre” solamente, sino también, la que les dice sin complejos, como el Papa, que el Cuerpo desangrado y la sangre vertida de Cristo, es decir, su libertad entregada, se han convertido, por los signos Eucarísticos, en la nueva fuente de libertad redimida de los hombres. Ésta es la verdad que nos hace libres, no ninguna otra cosa. El Sacrificio del Señor muerto y resucitado por ti y por mí.

            Es una inmensa alegría encontrarme aquí con vosotros, en el centro de esta bella ciudad de Madrid, cuyas llaves ha tenido la amabilidad de entregarme el señor Alcalde. Y sea lo que fuere en su vida y en sus leyes, eso lo hizo bien. Porque no se le puede llamar al mal, bien; pero tampoco a lo bueno, malo. Nosotros deberíamos, mucho más sencillo, y a la vez, menos común, entregar las llaves de nuestro corazón al Cristo. Y una llave abre, pero también cierra. Corazón abierto a su amor misericordioso, y cerrado a todo aquello que no nos acerca a Dios. Y nos aleja de Dios el rencor, el odio, pero también los falsos amores, las conversaciones que no llevan a ningún sitio, el sentimiento hipócrita de un amor que no se deja regir por la cabeza y la voluntad.

            Después el Papa une a la alegría las palabras “libertad”, “juventud”, “aliento” y “formación”. Y creo que podríamos decir que no hay alegría sin libertad, alegría sin juventud, alegría sin aliento, porque está la vida que, a veces, uno, parece como que se ahoga, alegría sin juventud, sin espíritu joven, como la señora de ochenta y tres años que se hizo famosa porque se perdió en Cuatro Vientos y por… su espíritu joven. Sin embargo, tampoco es posible, me atrevería a decir, lo que supone la inversa. Libertad verdadera, sin alegría; juventud y aliento sin alegría; y formación sin alegría. ¿Cómo van a formarse nuestros jóvenes, espiritual, humana y religiosamente si no están alegres?

            Hasta la próxima, muchachos. Que la esperanza del Señor os tenga alegres. Rezad por mí:

P. Antonio María+

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