Párroco rural feliz

EL RESPETO A LO RELIGIOSO EN MI PUEBLO

Acabo de llegar del cementerio. He ido a dar cristiana sepultura al Teniente Coronel Montoya. A D. Cándido, un sacerdote que nació en guerra en Santa María del Campo Rus, fue diocesano primero y después pasó al clero castrense. Desde que llegué a este destino me ha ayudado todo lo que ha podido y un poco más. Él ya se encontraba mal aunque seguía haciendo ejercicio cada día. En Semana Santa, en Navidad y en verano me echaba una mano con las Misas y confesiones de mis cuatro pueblecitos y la residencia de ancianos. Él me decía: “tú me das una lista y te preocupas de que alguien me lleve. Si no puedes, ya me apañaré yo para buscar un chófer”. Hasta que un día me dijo: “Diré la Misa del día 18 de noviembre para que vayas tranquilo a casar a tu hermano, pero ya no diré ninguna más. No me encuentro bien”. A partir de esa, su última Misa, ha sufrido mucho y, finalmente, la enfermedad se lo ha llevado a la presencia de Quien tantas veces hizo presente aquí en la tierra, entre sus gentes, y también: en el frente.

De camino al camposanto, vamos rezando el Rosario. Las niñas dirigen los misterios, el pueblo contesta y todos respetan. Impresiona el respeto. Y se da pocas veces un pueblo entero que reza, por sus difuntos más allá del tradicional pésame. Cada vez que voy me sorprende cómo contestan “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Y es que en Santa María se respeta lo religioso desde hace, podríamos decir, siglos. El silencio de las procesiones y, aunque hay que recordarlo, el silencio en los templos ayudan a que la gente hable con Dios, que para eso están (como dicen por aquí). La procesión del domingo de Resurrección es una alegría y a la vez, no tiene ningún aspecto desagradable ni irrespetuoso. Incluso los que han estado por la noche en el baile, vienen con sus hábitos a acompañar los pasos, dentro del marco de la procesión y con todo orden. La banda de cornetas y tambores, la traca y los cohetes. Una Pascua que termina, si el churrero se da prisa, con un buen chocolate en la plaza.

El año comienza después de una hermosa cabalgata de Reyes y la entrega a los chicos de los juguetes que les traen, así como unas palabras de Baltasar y del párroco y el alcalde de la villa, con las fiestas de San Antón. Misa, procesión y por la tarde, bendición de animales con corralito incluido. Antes se rifaba un gorrino que iba por las calles comiendo durante los últimos meses del año, ahora sigue la rifa, pero como el gorrino nos lo robaron un año, se va a buscar a una granja cuando toca. El beneficio es una inyección para la Parroquia que suele usarse para el gas-oil de la calefacción.

En el mes de mayo, se rezan las flores en la ermita de la patrona: “Madre mía amantísima, en todos los instantes de mi vida acordaos de mí, miserable pecador”… “con flores a María que Madre nuestra es”, y se celebra el día 15 de mayo San Isidro. Procesión, Misa en su ermita, reparto del concurso de arado (original donde los haya, junto con los de tiro al plato, carreras de galgos, boleo y lanzamiento de reja, que se tienen en las fiestas patronales) y, por la tarde, reparto de la sardina con una suculenta zurra que vuela, ¿quizás porque es gratis? Y las gentes se quedan charlando tan ricamente. Un día muy agradable.

La fiesta del Corpus, precedida por las Primeras Comuniones, también es un día digno de admirar. El silencio durante la Santa Misa, las madrinas con sus mantillas blancas para acompañar a Jesús Sacramentado, el grupo de jotas… Este año acabamos la procesión bendiciendo las habitaciones y los ancianos de la residencia María Perona de nuestro pueblo. ¡Cómo lloraban! Cada año una sorpresa más. También nos acompañan la reina de las fiestas, las damas, sus acompañantes… y las infantiles, que quizás siempre tengan que adaptarles los trajes porque, desde septiembre, de la víspera de la Patrona, ¡han crecido!

Ese día de la víspera vienen las gentes que pueden desde sus lugares de trabajo, residencia, e incluso las que  no pueden, también se acercan. Creo que están hasta nuestros difuntos acompañando a su Patrona hasta el convento, donde la Virgen pasa la noche, después de haber escuchado las ofrendas y las súplicas en la Procesión nocturna, que comienza al terminar la novena. La gente mira, llora, reza y pasa o deja pasar a la Madre del Cielo. Este año me ha impresionado de nuevo el silencio y, a la vez, el gozo, de cada fiesta. Un pueblo que respeta sus tradiciones, será digno de ser respetado por sus descendientes. El día de la Patrona, el 8 de septiembre, se baja la Virgen a su ermita de nuevo, y durante la Misa se le ofrecen los niños pequeños, sobre todo, los recién nacidos. Por la tarde tenemos el ofrecimiento, donde se venden los recuerdos para llevar o para tener. Todos colaboran, todos comparten, todos recuerdan un año más lo que sus mayores les han enseñado. Creo que gracias a ellos, se vive en Santa María la Fe y el amor a lo santo, con respeto, con amor, y con acierto.

¡Viva la Virgen del Amparo!

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