POR LA TIERRAS DE JESÚS II

jerusalem Blog Se Llenaron de Inmensa Alegria

Era 4 de septiembre, celebrábamos ese día la Misa en Caná de Galilea, con bendición de los anillos de boda de mis padres. Cuarenta años de gracias a Dios por tantos beneficios recibidos. Nos dejaron una capilla pequeña, con el Corazón de Jesús de la Divina Misericordia presidiendo; rezamos por Ignacio y Montse, y por una posible y pronta boda… Y vimos una de las tinajas que reproducen aquellas del milagro. Y de allí al lugar donde Jesús multiplicó los panes y los peces.

            Nos esperaba una travesía por el mar de Tiberíades. Una barcaza grande, una navegación tranquila. Mar en sosiego. Sosiega Señor el mar de nuestras vidas. Que el agobio diario de la prisa de nuestro tiempo, no nos haga darte solamente el tiempo que nos sobra. Que sepamos ponerte en primer lugar en nuestras vidas.

            Por la tarde viaje hacia Haifa, al Monte Carmelo, donde rezaba el profeta Elías, para contemplar la hermosura donde empezó el camino de las Carmelitas Descalzas. Allí rezamos por nuestras hermanas de Tiana, de Igualada, de San Clemente, del Cerro de los Ángeles, de Cuenca, de La Aldehuela… por todas las que conocemos y las que no, para sean fieles en su entrega de clausura, tan necesaria y poco comprendida en nuestro tiempo.

            En Jerusalén nos esperaba una noche estrellada; desde los balcones del hotel, contemplamos los santos lugares, y los recorridos del Señor en su Pasión. Los había oído explicar tantas veces, tantas… pero, en realidad, nunca lo había entendido. Los trayectos son cortos, la población de entonces no era grande. Podríamos decir que se ve todo en la misma mirada. Cenamos algo y nos fuimos hacia el “Vía Crucis”. Casi sin nadie, con tranquilidad, sin apretujones. Un gran polaco nos ayudó a subir las escaleras de estación en estación, ya que mi madre subía en la silla de ruedas. Rezábamos emocionados, sin prisa, bien de pie, bien arrodillados. Al terminar, el buen polaco marchó… y ¿cómo volveremos a casa? Nos falta una persona, para papá pesa mucho… un niño palestino salido de la nada coge por una de las ruedas, y comienza a subir con nosotros las escaleras que nos faltaban, eran bastantes. ¿De dónde has venido? ¿How old are you? No nos entiende… Dios se lo pague.

            Quizás una de las experiencias más hermosas de la vida, será aquella Misa celebrada a las 8.15 de la mañana en el Sepulcro del Señor. Cuarenta y cinco minutos es el tiempo máximo, y lo consumimos intensamente. Mamá entró con sus muletas para besarlo… Habíamos tenido ese inmenso regalo que poca gente puede ni siquiera soñar, porque si los grupos son grandes, no se cabe; si la hora es muy pronto, era difícil que mamá pudiese ir… “Agimus tibi gratias Omnipotens Deus-Introibo ad Altare Dei, ad Deum qui laetificat iuventutem meam”.

            Veneramos al salir el lugar del Calvario, rezamos por todos, por aquellos que llevamos en nuestros corazones: incontables… Nos quedaba para la tarde el Cenáculo y Getsemaní, después de ir a Betania. Marta, María, Lázaro: ¡qué hermosura de Basílica! Realmente nos cansamos mucho, pero valía la pena. Se quedan tantas cosas sin explicar, como la experiencia en la tumba del Rey David, (pero eso debo contárselo personalmente), los innumerables controles de policía antes de coger el avión de vuelta, las sensaciones del viaje de regreso. Ya no cabe todo en los papeles.

            Al llegar a Barcelona, quedaba el tiempo justo para volar en AVE a Madrid, y llegar a mi nuevo pueblo, donde se celebraba la fiesta de la patrona, la Virgen del Amparo.

            Llegué cuatro minutos antes de la hora en que empezaba la procesión. Otra persona aparcó el coche, y con los ornamentos, mientras sonaban las campanas, acompañamos a la Virgen hacia el convento. Más de mil personas en ese entrañable camino recordado por tantos y tantos fieles hijos de la Madre del Cielo, años y años, en este mismo día. Al llegar la tradicional pólvora, la banda y muchos, muchos saludos.

            Por la mañana, a traer a la Virgen, mientras desde atrás la miraba y le iba pidiendo por todas aquellas personas, a las que no conocía de nada. Por sus difuntos, por sus abuelos, sus matrimonios, por las inquietudes e ilusiones de sus jóvenes; por el nuevo cura, para que el Señor le dé un corazón grande donde quepan todos, para que le dé prudencia, tiempo y salud para servirle.

            ¡Virgen del Amparo, ruega por Santa María y por su gente! No nos olvides, que no te olvidemos a ti.

Antonio María

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