De la kipá a la Cruz

Durante el año pasado disfruté en gran manera con la lectura de dos libros: Vivir la vida con sentido, de Víctor Küppers, cuya lectura recomiendo vivamente, sobre todo, en lo referente a la forma de vivir el Apostolado, el éxito en el trabajo, la vida en familia y, en definitiva, todo lo que ocurre en torno al día a día y a la forma de afrontarlo. No dice nada nuevo, pero explica muy certeramente por qué no sabemos aprovechar las oportunidades que nos da Dios y nos brinda la vida para ser felices.

El otro fue el relato autobiográfico de Jean-Marie Élie Setbon titulado De la kipá a la Cruz, el viaje de un judío al Cristianismo. Es un itinerario detallado de todo lo que hace referencia a los cambios producidos en la vida y entorno del autor que termina con un capítulo como nuestro título que compara la religión judía y la cristiana; sin asperezas, pero también sin complejos. Su lectura atenta y su aplicación a nuestra vida, creo que pueden ser de gran provecho para los lectores.

Hay muchas cosas que diferencian a las dos religiones, aunque podamos decir que una es hija de la otra, y que todos somos hijos de Abraham. Voy a tratar de explicar las que el autor enumera, poniendo en cursiva los párrafos que copie exactamente. (RIALP 2014 pp. 143 y ss)

En primer lugar, el cristianismo se apoya en la Fe, mientras que el judaísmo se constituye por la Ley. El judaísmo se construye alrededor de la noción de pueblo y no de persona. Para los judíos, es el pueblo el que es elegido; para los cristianos, cada hombre y cada mujer. Cristo va al encuentro de las personas, una por una. Interpela a cada uno allí donde está, y según su situación presente en la vida: Simón Pedro,  la Samaritana, María Magdalena, Zaqueo… tú y yo. En el cristianismo Dios me mira y, con esa mirada, me da su amor, sus gracias. En el judaísmo se trata de cumplir la Ley, en el cristianismo es más importante amar. Porque se puede cumplir sin amar. Es mucho más difícil amar que cumplir. Cuando una esposa tiene la ropa y la comida preparada, así como su casa limpia, y acude al trabajo; pero no ama, se ha perdido lo más importante. Cuando el esposo se mata a trabajar para que a su familia no le falte de nada, ha cumplido, pero si no está con ellos, si no escucha, si no acompaña, habrá cumplido, pero sin amar. Como dice el Papa, hay que arriesgarse a amar en la familia.

Dios nos ama como somos, con nuestros defectos e imperfecciones, incluso con nuestros pecados; aunque el cristiano debe luchar para ser mejor, no se apoya solo en sus fuerzas humanas. El esfuerzo del cristiano cuenta con la oración, este cara a cara con Dios en el que busca su relación con Él. Pues sabemos que su gracia nos transforma, a condición de que le dejemos actuar. En el judaísmo, por decirlo así, yo remaba. Era por mis propias fuerzas y mi mérito, aunque creyese que Dios me ayudaba, como podía llegar a ser justo. El cristiano cree que Dios trabaja en él. Su labor es dejarse actuar y dejarse hacer. En el judaísmo, yo buscaba la perfección. En Cristo, no busco la perfección. No hay que desanimarse por las imperfecciones que uno pueda tener, sino aceptarlas humildemente sabiendo que Dios se sirve de ellas. Aceptarse tal como se es, con defectos, heridas, debilidades que pueden constituir una pesada cruz, y creer que Jesús se sirve de ellas para acercar a otras almas a Él, es algo difícil de vivir en el judaísmo, que tampoco sabemos muchas veces vivirlo en el cristianismo pensando que somos nosotros los que nos hacemos santos.

Jesús nos llama a todos a la amistad con Él. En el cristianismo hay relación de intimidad con Dios. Mientras en el judaísmo “yo hago cosas por Dios”, en el cristianismo Él vive en nosotros, para cambiar nuestra vida natural en sobrenatural. Es Él, quien nos hace santos, por la oración, los Sacramentos y a través de la cruz y las obras de misericordia.

En el cristianismo, cada uno puede vivir el silencio interior con Dios y en Dios, durante una misa o un retiro, o en el secreto de su cuarto. En el judaísmo nunca oí hablar de una relación personal con Dios en el silencio interior. Se nos habla de Dios a través de la teología, mediante la exégesis de los textos. Pero se estudia a Dios como un objeto de ciencia.  Para que la Palabra de Dios nos transforme –y puede transformarnos realmente-, hay que relacionarse con ella de un modo menos intelectual, más vital, amoroso diría yo. Se debe tomar conciencia de que esta palabra de vida, alimenta en sentido fuerte, es alimento del alma. Pero eso no puede realizarse sino dejando que la gracia nos trabaje en el silencio. Ser solamente una gran cabeza en teología no nos hace crecer en el amor. La teología está al servicio de la contemplación.

            Por último quisiera darle énfasis especial a estas letras que terminan el apartado “¿qué es más fácil, ser judío o ser cristiano? Desde que soy cristiano, estoy también más expuesto al peligro, porque la barrera de la Ley y el gueto de la comunidad no me protegen ya de las tentaciones. Antes vivía en una burbuja. El judío también tiene tentaciones, por supuesto, pero como vive en un gueto, tiene menos. En realidad no se tienen relaciones de verdadera amistad con los no judíos porque se considera que son impuros. Se guarda uno de eso. Y luego se está protegido por la comunidad: la mirada de la comunidad sobre cada uno de sus miembros es muy fuerte. Uno se sabe vigilado. Como un niño por sus padres. Cuando se es cristiano, es como si llegase a la madurez. Ya no hay nadie que nos diga: haz esto, haz lo otro, no hagas… ni nadie que nos condene si lo hacemos mal. Es más duro ser cristiano porque ¡se es libre!

            Quizás por la protección de la comunidad, a veces el judío practicante es arrogante. Pero eso también les sucede a los cristianos que solo se apoyan en sus propias fuerzas, o a los que han recibido grandes gracias y olvidan que sus talentos provienen de Dios. Hay católicos que pueden comportarse como judíos en la aplicación de la ley moral. Sin embargo, San Pablo nos ha dicho, que la fuerza de Dios se manifiesta en nuestra debilidad. Dios se sirve misteriosamente de nuestras necesidades y defectos.

            No nos olvidemos de la importancia de la libertad. De tratar con Dios en una relación de amistad, y de llevar a los amigos hacia Dios, para lo cual hace falta tener amigos. Y no hay mayor libertad que la de elegir amigos. La amistad no puede imponerse.

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