EL CONFESOR COMO PADRE Y PASTOR

     “Dios rico en misericordia”[1] es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho conocer[2]. A este respecto, es digno de recordar aquel momento en que Felipe, uno de los doce Apóstoles, dirigiéndose a Cristo, le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”; Jesús le respondió: “¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre”[3]. Estas palabras fueron pronunciadas en el discurso de despedida, al final de la cena pascual, a la que siguieron los acontecimientos de aquellos días santos, en que debía quedar corroborado de una vez para siempre el hecho de que “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo”[4] […] Una exigencia de no menor importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es “misericordioso y Dios de todo consuelo”[5].[6]

     Con estas palabras el Papa Juan Pablo II, en el principio de su Encíclica Dives in Misericordia nos muestra la relación de la paternidad con la misericordia. El Sacramento de la Penitencia, también llamado Sacramento de la Misericordia, nos exige una imitación de la Paternidad divina en el trato con aquellos que se nos acercan a pedir perdón de sus pecados. Esta imitación, acompañada de la Fe, debe llegar al punto de poder  satisfacer el deseo de los fieles que a nosotros, como Felipe a Jesús, nos suplican: “Muéstranos al Padre y nos basta”.

     El pastor tiene que responder a los fieles con temor y temblor, pero también con mucha Fe, la respuesta de Jesús a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?  Así pues, yo he de poder decir: quien me ve a mí, ve al Padre. La paternidad del presbítero ha de ser, en la cotidianidad de su estilo de vida, en sus palabras y en sus gestos, la revelación del amor del Padre celestial, que Jesús hizo accesible y quiso ofrecer por medio de sus discípulos a toda criatura.

  Esforcémonos en ser auténticos ministros de la misericordia. Tal vez más que en otros, en la celebración de este Sacramento es importante que los fieles tengan una experiencia viva del rostro de Cristo Buen Pastor. El abrazo del Padre, la alegría del Buen Pastor, ha de encontrar un testimonio en cada uno de nosotros, queridos hermanos, en el momento en que se nos pide ser ministros del perdón para un penitente[7].

     ¿Quién podrá ser padre así? ¿Quién podrá darlo todo, realmente todo? Nos conforta la garantía y la promesa de Jesús: “El Padre mismo os ama”[8]. Si es Él el que nos ama, el que nos ama a todos, el que hace posible el de otro modo imposible amor, entonces todo ministro ordenado sabe que puede ser padre con el corazón de Dios, sabe que puede amar en Aquel que ama a todos, que no excluye a nadie[9].

     Al concretar en el ministerio de la Penitencia podemos afirmar que el oficio de Padre y Pastor se llevan a la práctica, en primer lugar, en el conocimiento de los penitentes. El Buen Pastor conoce por su nombre a las ovejas: “Yo soy el buen Pastor y conozco a las mías y las mías me conocen, como me conoce el Padre y Yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas”[10]. La dedicación puntual y constante al tiempo dedicado a la confesión es una de las maneras con las que el sacerdote debe dar su vida por las ovejas.

     El confesor que es realmente padre debe también ser comprensivo, de las dificultades propias de cada alma, de la buena voluntad manifestada ya por la simple presencia en el confesionario, de los buenos deseos más o menos ocultos que hay que revelar al alma misma y hacer que surjan de lo mejor de su corazón. Debe también ser firme en cuanto a los principios; que no se trata, por otra parte, de explicarlos fatalmente,  sino que deben guiar nuestra conducta y orientar nuestras decisiones; firmeza para estimular al alma, ayudarla a levantarse, a sacudirse, si es preciso, y a superarse. Por supuesto, debe ser también, bondadoso, que será la expresión de la caridad misma del buen Pastor con su oveja perdida o simplemente herida[11].

     Es interesante considerar las palabras del Decreto Prebyterorum Ordinis: Los fieles cristianos, por su parte, deben ser conscientes de sus deberes para con sus presbíteros, amándolos con un amor filial como a pastores y a padres[12]. Si los fieles deben vernos como padres y pastores, es evidente que deberemos comportarnos como tales. Puede darnos luz para ello la parábola del Hijo Pródigo. Cómo el padre salía en busca de su hijo perdido, cómo le estaba esperando cuando decidió volver, cómo le mató el ternero cebado, cómo se alegró e hizo fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado[13].

     Sin embargo, la misericordia no debe enfrentarse para nada a la verdad y a la coherencia. En algunos casos el Sacramento de la Penitencia no es accesible a todos, bien porque sobre ellos haya una excomunión, para lo cual el penitente deberá acudir al tribunal pertinente según sea la pena, bien porque la situación, o estado de vida no le permite recibir los Sacramentos.

     Deben tenerse en cuenta por su coexistencia y mutua influencia dos principios importantes. El primero es el principio de la compasión y de la misericordia, por el que la Iglesia, continuadora de la presencia y de la obra de Cristo en la historia, no queriendo la muerte del pecador sino que se convierta y viva, atenta a no romper la caña rajada y a no apagar la mecha que humea todavía, trata siempre de ofrecer, en la medida en que le es posible, el camino del retorno a Dios y de la reconciliación con Él. El otro es el principio de la verdad y de la coherencia, por el cual la Iglesia no acepta llamar bien al mal y mal al bien. Basándose en estos dos principios complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos, que se encuentran en estas situaciones dolorosas, a acercarse a la misericordia divina por otros caminos, pero no por el de los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía, hasta que no hayan alcanzado las disposiciones requeridas. 

     Sobre esta materia, que aflige profundamente también nuestro corazón de pastores, he creído deber mío decir palabras claras en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, por lo que se refiere al caso de divorciados casados de nuevo[14], o en cualquier caso, al de cristianos que conviven irregularmente[15].

      Con estas palabras el Papa Juan Pablo II deja clara la importancia de la fidelidad a la verdad plena, lejos de una deseducativa compasión que no está acorde con la verdadera actitud de un padre en la labor de corregir y enseñar a sus hijos.

     Por último, el padre y pastor, debe serlo de forma individual. Es imposible la atención detallada, el ejercicio de médico y juez, el saber dar el remedio y consuelo apropiado, la saludable dirección espiritual temporal, en la extendida costumbre de, por motivos insuficientes y no contemplados en ningún momento por la ley canónica, dar la absolución general a varios penitentes a la vez.

     La confesión individual e integra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión en cuyo caso, la reconciliación se puede tener también por otros medios. En el canon 960 el código expresa claramente la intención del legislador y la importancia de la confesión individual[16].

     Dicha confesión es la ocasión que tiene Jesucristo Pastor de acercarse a cada alma en su original, irrepetible e insustituible dignidad[17]. Juan Pablo II, en su primera Encíclica decía: Por tanto, la Iglesia, conservando fielmente la praxis plurisecular del Sacramento de la Penitencia -esto es, la práctica de la confesión individual unida al acto de dolor y al propósito de enmienda y de satisfacción- defiende el derecho particular del alma humana; es decir, el derecho relativo al encuentro personalísimo de cada hombre con Cristo crucificado que perdona… que es igualmente el derecho de Cristo hacia todo hombre por Él[18]Juan Pablo II no ha dejado de insistir en este “vero e fondamentale diritto dei fideli”[19] y en el correspondiente deber de los pastores de garantizar su cumplimiento, explicando las diversas razones que los fundamentan. 

     El encuentro personal entre el confesor y el penitente es la forma ordinaria de la reconciliación sacramental, mientras que la modalidad de la absolución colectiva tiene un carácter excepcional. La pastoral misma debería tener en mayor consideración este aspecto para equilibrar sabiamente los momentos comunitarios en que se destaca la comunión eclesial, y aquellos en que se atiende a las exigencias de la persona individualmente. Por lo general, las personas esperan que se les reconozca y se las siga, y precisamente a través de esta cercanía sienten más fuerte el amor de Dios[20].

     En esta perspectiva, el Sacramento de la Reconciliación se presenta como uno de los itinerarios privilegiados de esta pedagogía de la persona. En él, el Buen Pastor, mediante el rostro y la voz del sacerdote, se hace cercano a cada uno, para entablar con él un diálogo personal hecho de escucha, de consejo, de consuelo y de perdón. El amor de Dios es tal que, sin descuidar a los otros, sabe concentrarse en cada uno. Quien recibe la absolución sacramental ha de poder sentir el calor de esta solicitud personal. Tiene que experimentar la intensidad del abrazo paternal ofrecido al hijo pródigo: “Se echó a su cuello y le besó efusivamente”[21].[22] 

      Sin embargo, el canon 961 dice: No puede darse la absolución a varios penitentes a la vez sin previa confesión individual y con carácter general a no ser que: 1º. Amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente; 2º. Haya una necesidad grave, es decir, cuando teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o peregrinación[23].

      La disciplina sobre las absoluciones colectivas tiene una historia relativamente reciente[24]. Los dos primeros Documentos están motivados por las dos guerras mundiales. Se trata de una Declaración de la Sagrada Penitenciaría Apostólica de 6 de febrero de 1915[25], y de las facultades concedidas por Pío XII a través de la Sagrada Congregación Consistorial el 8 de diciembre de 1939[26].

       El 25 de marzo de 1944[27] la Sagrada Penitenciaría dicta una Instrucción en la que, además de cuando se dé peligro de muerte por guerra o por otras causas, se concede la facultad de absolver a varios a la vez, cuando se verifique otra grave y urgente necesidad, proporcionada al precepto divino de la integridad de la confesión.

      El 16 de junio de 1972 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó las Normas Pastorales Sacramentum Paenitentiae. Estas normas fueron la respuesta a la petición de muchos obispos de que el Magisterio se pronunciara al respecto de la vigencia y actualidad de la doctrina del Concilio de Trento en torno a la confesión. Así lo hizo al decir se ha de mantener con firmeza y se ha de continuar poniendo fielmente en práctica la doctrina del Concilio de Trento,[28] refiriéndose especialmente a la integridad de la confesión[29].

     De todo lo dicho puede concluirse con unas palabras de la Nota explicativa al canon 961 de la PCITL del 8 de noviembre de 1996: De la susodicha normativa se deduce que cuanto está prescrito en el c. 961 sobre la absolución general reviste el carácter de excepcionalidad y permanece sometida al dictamen del c. 18: “leges quae…. exceptionem a lege continent, strictae subsunt intepretationi”; por tanto, aquélla debe ser interpretada estrictamente.

     Es evidente que en todos los casos que se preveen en el canon, y en todas las circunstancias para las que se permite y se ha permitido la absolución colectiva a partir de 1915, no se pueden incluir las celebraciones comunitarias de la Penitencia con absolución colectiva y sin confesión individual de los pecados que se han extendido, al menos por España, en los últimos años.

      Es obligación de los párrocos evitar que se produzcan abusos: Esfuércese el párroco para que la Santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles cristianos se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en le seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia, que bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no se introduzcan abusos[30]El asiduo cuidado en la formación de los fieles, la invitación frecuente a la recepción del Sacramento del Perdón y, sobre todo, la fidelidad y el amor al ejercicio de la confesión propia y de los fieles, hará que, incluso en aquellos lugares donde se había introducido la costumbre de absolver colectivamente a los penitentes sin motivo ninguno, desaparezca por completo y se vuelva a la práctica de la confesión individual e íntegra de los pecados.

     Para el buen ejercicio del Sacramento de la Penitencia, cabe destacar según las palabras de Juan Pablo II, la importancia de la confesión propia. Es hermoso poder confesar nuestros pecados, y sentir como un bálsamo la palabra que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en camino. Sólo quien ha sentido la ternura del abrazo del Padre, como lo describe el Evangelio en la parábola del hijo pródigo puede transmitir a los demás el mismo calor, cuando de destinatario del perdón pasa a ser su ministro[31].

    Recurramos asiduamente, queridos sacerdotes, a este Sacramento, para que el Señor purifique constantemente nuestro corazón, haciéndonos menos indignos de los misterios que celebramos. Llamados a representar el rostro del Buen Pastor, y a tener por tanto el corazón mismo de Cristo[32].

[1] Ef. 2, 4.

[2] Cf. Jn. 1, 18; Hb 1, 1 ss.

[3] Jn. 14, 8 ss.

[4] Ef. 2, 4 ss.

[5] 2 Co. 1, 3

[6] DM, 1

[7] Cf. Ct, 2002, 6.

[8] Jn. 16, 27

[9] Cf. Nguyen van Thuan, F.X., El gozo de la esperanza; Ciudad Nueva, Madrid, 2004. pp. 39-41.

[10] Jn. 10, 14-15.

[11] Cf. Courtois, G., El joven sacerdote; Atenas, Madrid, 1956. p. 57.

[12] PO, 9.

[13] Cf. Lc. 15, 11-32.

[14] La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. […] La reconciliación en el Sacramento de la Penitencia -que les abriría el camino al Sacramento Eucarístico- puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. FC, 84.

[15] RP, 34.

[16] De la confesión íntegra excusa y puede excusar una imposibilidad física o moral. La imposibilidad física se da, por ejemplo, si no se conoce la lengua, o no hay tiempo material para realizarla. Una imposibilidad moral se da cuando existe un grave incómodo, que puede referirse a situaciones psíquicas, muy particularmente en situaciones de escrúpulos o trastornos de conducta, a revelación de personas o situaciones de intimidad familiar u otras. (Pérez de Heredia, I., Sacramento de la Penitencia; Castellón, 1993).

[17] Martín de Agar, J.T., La celebración del Sacramento de la Penitencia. Aspectos Canónicos; p. 24.

[18] RH, 20.

[19] Discurso a la Penitenciaría Apostólica, 31-III-1990.

[20] Cf. Ct, 2002, 9.

[21] Lc. 15, 20.

[22] Ct, 2002, 9.

[23] En el §2 se dice: Corresponde al Obispo diocesano juzgar si se dan las condiciones requeridas a tenor del §1.2, el cual, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en los que se verifica esa necesidad. No faltan Conferencias episcopales en Europa que declaran que actualmente no se dan en su territorio situaciones estables de grave necesidad, como las de Francia, Alemania, Italia y España. Efectivamente, dada la facilidad de comunicaciones que existe hoy en Europa, es difícil imaginar una situación en la que los penitentes puedan verse privados por largo tiempo de la posibilidad de confesar sus pecados.

[24] Rincón-Pérez, T., Los Derechos de los fieles y el Sacramento de la Penitencia; IC, XXXIX, 77, 199. p. 232 y ss.

[25] An licet milites; AAS 7, 1915, 72.

[26] Facultatem Index facultatum; AAS 31, 1939, 711.

[27] Ut dubia; AAS 36, 1944, 155.

[28] SP, AAS 64, 1972. 510

[29] Cf. Rincón Pérez, T., Los derechos de los fieles y el Sacramento de la Penitencia; pp. 237 y ss.

[30] C. 528 §2.

[31] Cf. Ct, 2001, 10.

[32] Ct, 2001, 11.

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