¿TENEMOS AMIGOS? ¿SOMOS AMIGOS?

Nos dice el libro del Eclesiástico: “Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro”, y Jesús dice que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Pero, ¿tenemos amigos?, ¿sabemos lo que es un amigo? Creo que el concepto de amistad ha perdido su esencia, o que en muchos lugares no se conoce. Por eso se desconfía de casi todo y de casi todos, porque no tienen amigos. Tienen conocidos, de más o menos tiempo, pero conocidos. Eso de dar sin nada a cambio, que podría ser la mejor definición de amistad, está difícil de encontrar.

Acostumbrado a un entorno de personas que me dieron todo siempre, sin esperar recompensa ninguna, mis padres, mis hermanos, los compañeros del colegio, el grupo de jóvenes de la Unión Seglar, los seminaristas de Castellón, los compañeros de la Universidad, se me hace raro compartir momentos con personas que se podría decir que no han disfrutado de esa anchura de corazón que se tiene con quien te fías al cien por cien. Es cierto que existen, pero cuesta que descubran qué significa ese tiempo de amor, que simplemente es amistad. Con la grandeza de esa palabra. Las gentes piensan que todo se hace para conseguir algo. ¡Qué concepto más triste de la vida! ¡Qué esclavitud! Menos mal que siempre aparecen, en todas partes, personas felices de darse a los demás.

Hay que distinguir entre el amor esponsal (de los esposos) aunque lo ideal sería que llegaran a la amistad matrimonial, a ese ser cómplices de todo el uno del otro, a tener la ilusión de ilusionar con todo; el amor reverencial, que se le puede tener al jefe de una empresa, porque te da de comer y te enseña a trabajar, o al rey, o a alguna personalidad; el amor familiar entre padres y hermanos; el amor a Dios; el amor entre los novios; y el amor entre amigos. Es un abanico mucho más grande de lo que estamos acostumbrados. No sólo existe la posibilidad de una noche de fiesta, o ser familia. Hay lazos muy buenos que permiten la interacción de las personas sin dar pie ni al sexo, ni al interés, ni a ninguna otra cosa que no enseñe Jesús en el Evangelio. Las obras de misericordia, su ejemplo, su trato, deberían hacernos ver, al menos a los cristianos, el bien del trato con las personas, porque somos sociables por naturaleza, y del trato surge la civilización. Un pueblo que no sabe tratarse, una ciudad en la que no se crean lazos, están condenados a la ruina.

La amistad no se reparte, me decía uno de mis mejores amigos, se comparte. Es decir, no se pierde cuando se tienen muchos amigos, sino que se perfecciona. Como la madre aumenta de amor cuando tiene el cuarto hijo. Porque el corazón se ensancha. Se quiere a cada uno por lo que es, con toda la dignidad de ser humano, de hijo de Dios, de ser querido y amable (digno de ser amado). No porque dejemos de ser el amigo único, dejamos de ser el mejor amigo, o un amigo entrañable; eso les pasa a las chicas de quince años, que quieren exclusividad, pero esa barrera hay que vencerla y se descubre una amistad limpia, que no tiene interés ninguno y que da felicidad.

Al amigo se le advierte, se le defiende, se le comprende, se le escucha. No es una tarea imposible reservada a unos cuantos privilegiados. ¿Cómo se puede dar la vida por los amigos, si los que tienes alrededor no saben lo que es la amistad? ¿Cómo tener amigos si los conceptos de valor a la palabra dada, nobleza, honradez, lealtad, hay que buscarlos en la wikipedia porque no se conoce su significado? Creo que es urgente, en la que quiere San Juan Pablo II que sea la “civilización del amor” que se predique de palabra y de obra lo que significa la palabra AMIGO. Que nos demos cuenta que dos chicas que se quieren mucho son verdaderas amigas, sin tener por eso que ser lesbianas. Que se puede pasar una tarde agradable con un amigo o una amiga, sin que eso quiera decir que la noche acabará en romance o el día en sueño. Si no descubrimos eso, perderemos la pureza del amor, perderemos hasta lo más preciado entre los nuestros, porque los niños son siempre amigos, y los mayores, se fueron apartando del apedreo a la pecadora, empezando por los más viejos, quizás porque no tenían amigos. Una persona que tiene verdaderos amigos no cae en lo más bajo, porque estos lo acompañan, se lo impiden, le advierten y aconsejan. Aquél que no tiene a nadie que le advierta se ha perdido una de las cosas más grandes de la amistad. Quien no acepta un consejo, se convierte en ciego que no quiere ver.

He tenido en la vida y tengo amigos de verdad. Unos están en el ejército, otros en las misiones, otros cerca de mi casa, pero todos saben que cuando pasa el tiempo, aunque no nos hayamos visto, seguimos pensando igual, luchando por los mismos ideales, rezando unos por otros, esperando una llamada, unas letras, cualquier detalle. Aquél que no tiene esa suerte, no debe ensuciar la mirada en lo que tiene alrededor, sino plantearse qué ha hecho mal en su vida para no tener, de verdad, un amigo, una amiga. Diez amigos, cien amigos.

A quien da su amistad de corazón no le faltarán nunca. Quien preocupa es el que se piensa que no los necesita, porque no sabe cuidarlos, quien se olvida de aquellos que le han hecho bien, ese es quien necesita tu mejor sonrisa, tu oración y quizás tu perdón. Es cierto que no hay que ser tonto y pensar que todo el mundo es bueno, pero también es verdad que si pones amor donde no hay amor, se encuentra amor.

Gracias amig@s. Mi bendición sacerdotal, de vuestro amigo sacerdote.

Que Dios os colme de alegría.

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