Si sólo das lo que te sobra…

“Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos”. Digamos que hoy los ropajes no son amplios y poca gente busca los primeros bancos de la Iglesia (casi siempre vacíos), con gentes de pie al final. Pero pensémoslo al revés. Cuántas veces, como nosotros no somos capaces de hacer algo, solamente por amor a Dios, o por simple altruismo, o porque queremos ayudar al sacerdote, o al compañero; pensamos que los demás lo hacen para que los vean. Igual de mal puede estar hacerlo para que lo vean, que pensar que el otro lo hace por eso. El perro del hortelano, no deja comer al otro, porque él no come. Suele ocurrir que juzgamos mal lo que los demás hacen bien. Porque una señora se arregla para ir a Misa, decimos que lo hace para que la vean (envidia encubierta) ¿ Y tú qué sabes? Quizás tiene más Fe y se arregla porque la va a ver Dios. O se ha puesto el abrigo porque tiene frío, que suele ser el uso del abrigo. Si tu corazón mezquino sólo ve la parte mala, debes corregirlo. Es una amargura ver siempre lo malo de las cosas. Ayuda tú, en lugar de criticar a los que ayudan. Arremángate que hace falta también tu tiempo, o sólo le das a Dios el tiempo que te sobra. Como los ricos el dinero, que dice el Evangelio: “Porque los demás han echado de lo que les sobra”.

No hay que contentarse con darle a Dios una hora a la semana, sino un rato cada día, si puedes una hora, y como decía un amigo que está en Perú, la mejor hora. No una solamente sino tu mejor hora. ¿Y a tus hijo? ¿Qué tiempo les das? ¿El que te sobra? Cuando he llegado a la Iglesia he visto a un padre con sus hijas en bici. ¡Qué alegría! ¿Cuándo juegas tú con tus hijos? Mi padre jugaba con mi hermano pequeño a coches, cuando él ya era mayor… Y me contestó uno: “¿Tu padre jugaba contigo?” y yo pensé: ¿El tuyo no?

Otro dijo: “yo por mi hijo pago lo que sea” ¡Que no! Que su hijo no necesita dinero. Le necesita a usted. Le llevamos a mecanografía, a inglés, a danza, a catequesis, a música, a judo. Todo está bien, pero ¿cuándo está en casa su hijo? ¿Cuándo está con usted? Apúntelo a estar con su papá. Son los niños los que pasan más horas fuera de casa. Necesitan jugar, necesitan papás. Si no enseña a sus hijos, estando con ellos, dentro de unos años, sus hijos no estarán con usted.

Vamos a pedirle al Señor que sepamos estar con los nuestros, sin temor a perder el tiempo con ellos. Cuidado que el egoísmo se asienta muy bien en la vida, y después cuesta mucho de quitar. Pero no vale que el niño esté en casa. Hace falta que usted hable con él, que se olvide de usted misma, que se ponga la última de la fila, y le dedique la tarde. Salga a pasear, enséñele las tareas de casa, que le explique el día; lo mejor que tiene su hijo es usted. Miremos nuestro horario, contemos las preferencias, y que cada uno haga lo que pueda. Pero no duden que es más feliz el que da su tiempo, que quien sólo sabe en qué dar, si el tiempo es para él. Hay más alegría en dar que en recibir. No le dés a Dios y a los tuyos sólo lo que te sobra.

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