CUANDO NOS OLVIDAMOS DE DIOS

“Por encima de la Ley no hay nada”, dijo hace poco tiempo un político famoso. Se olvidaba de Dios. La catequesis de Primera Comunión es sencilla, pero puede que se nos haya olvidado… Aquí han llegado las consecuencias a lo más deplorable. España ya no sabe ni lo que es. Es cierto que de Dios nadie se burla. Quizá vendrá bien un recuerdo de lo que antes era sabido y vivido.

D. Ignacio Pérez de Heredia decía muchas veces en sus clases de Derecho: “El no cumplimiento de la ley, me priva del bien que la ley ampara”. Con estas palabras se refería especialmente al Código de Derecho Canónico, ley de Iglesia Católica, pero puede aplicarse a cualquier ley. Las normas de conducir nos protegen. La señal de velocidad máxima permitida me protege de salir volando en la siguiente curva. Si nos pasamos el semáforo rojo nos arriesgamos a que nos envista un coche que se cruce. Todo el mundo juega al fútbol, nadie se queja de la reglas, nadie se le ocurre suprimir las porterías o jugar con seis balones.

Los Mandamientos son las reglas que puso Dios a los hombres para enseñarnos el camino a seguir para conseguir la felicidad en el Cielo, sí, pero también en esta vida. Cuando el hombre no los respeta, se pierde los bienes que protegen. El cuarto protege la familia; el quinto, la vida; el séptimo, la propiedad privada; el octavo, la verdad, etc.

Los primero tres Mandamientos forman un bloque que se refiere a nuestra obligaciones para con Dios. Amarás a Dios sobre todas las cosas incluye también el que nos dejemos amar por él. Quisiera contar una historia que resume bien esta idea. Se trata de Miguel, marchó de su casa, se malgastó cuanto había recibido. Y no sólo el dinero, sino su salud y su honor. Un año, cuando se acercaba la Navidad, se animó a escribir a los suyos. Les pedía perdón de cuanto había sucedido; no se atrevía a volver, pero lo estaba deseando con toda su alma rota. Les decía en su carta que si ellos -padres y hermanos- estaban dispuestos a acogerle, pusieran un pañuelo blanco colgando del árbol, deshojado por el invierno, que había a la entrada de la estación del ferrocarril. El pasaría en un tren el 24 de diciembre. Si veía el pañuelo, bajaría en la estación; de lo contrario, aceptaría la decisión y continuaría el viaje… Durante el viaje, imaginaba el árbol, tan familiar, con un blanco pañuelo, quizás en el extremo de aquella rama que se acercaba a la vía y por la que tantas veces se había encaramado y gateado de niño. Mas también se le representaba el árbol totalmente desnudo y silencioso y se le helaba el corazón. Cuando el tren pasó velozmente frente a su casa, contempló el viejo árbol transformado: blanqueaba repleto de pañuelos que los suyos habían colgado de sus ramas. Habían hecho girones las sábanas para llenarlo bien, para que se viera claro que le habían perdonado. Está claro que Dios nos ama como esos padres, dejémonos amar por él, sea cual sea nuestra condición, nuestro pasado… ¡Dios te ama! Vive esa gran verdad, transmítela.

En los autobuses de Barcelona, hace ya muchos años, ponía en un cartel pequeño junto al conductor: “Prohibido fumar, escupir y blasfemar”. Hoy día parece que lo primero es gravísimo y lo demás da lo mismo. No tomarás el nombre de Dios en vano. Aunque en realidad la traducción hebrea reza: “No hablarás de Dios como de las demás cosas”, lo que implica mayor respeto todavía. El pecado de la blasfemia es intrínsecamente malo. Quiere decir que no saca nada bueno. Es malo en todos sus aspectos. El ladrón al menos tiene el consuelo de lo robado, pero el blasfemo no recibe ningún bien a cambio. Yo invitaría a los lectores a que si no blasfeman, tengan al amor a Dios suficiente para reparar el agravio dentro de su corazón diciendo: “Alabado sea Dios”, cuando oigan una blasfemia, y si puede ser y lo creen conveniente, la caridad de corregir al que yerra, invitándole a no poner a Dios en sus labios cuando esté enfadado.

El precepto dominical, englobado en el Santificarás las fiestas, protege el don divino de la Fe. Si dejamos de participar en la Misa dominical con el resto de la comunidad parroquial, con nuestros hermanos, hijos de Dios, por mucho tiempo, tenemos peligro de descuidar nuestra formación, y de cometer un pecado mortal que nos aparta de la Comunión, a menos que hayamos estado con un enfermo o estemos muy lejos de cualquier Iglesia. Se da el caso que todas las semanas tienen un jueves, un viernes, un sábado y después un domingo; es decir, que podemos preparar la Misa dominical, o como asistir a ella desde el domingo. No dejemos de hacerlo, sobre todo si tenemos hijos a nuestro cargo, que aprenderán a comprometerse con lo más importante si lo ven en sus padres. Si no lo ven, tampoco se comprometerán en lo menos importante. También debe uno descansar de trabajos corporales; desde que se empezó a extender trabajo los domingos, aumentan en las farmacias las compras de antidepresivos, sedantes… Descansar es necesario y estar con la familia imprescindible.

Después vienen los Mandamientos dedicados al prójimo, a los demás. El más importante Honrarás a tu padre y a tu madre.  Mandamiento olvidado porque se está perdiendo el considerar a Dios como Padre. Por eso la figura del padre ha perdido importancia, a las madres no se les respeta, aumenta la violencia de género por la falta de cariño y mil cosas más. Hace años hacía falta demostrar las palabras en torno a este tema. Hoy, tristemente, no es necesario, basta con abrir la ventana o leer el periódico. Hasta los dibujos animados animan a los niños a desobedecer, los culebrones invitan a los jóvenes a independizarse, y muchas veces, los mismos gobiernos y las leyes fomentan promiscuidad, libertinaje y, en definitiva, desastre. Con el cuento de que antes los padres oprimían a los niños, ahora hemos conseguido que los niños opriman a los maestros y a sus padres. Los hemos hecho cretinos, como la niña que obligó a sus padres a pedirle perdón de rodillas por haberle contrariado. No he encontrado ninguna persona mayor que diga que obedecía a sus padres porque había represión o porque le daban miedo, o porque le pegaban… Por sus frutos los conoceréis, y hoy están claros los frutos que da la cultura sin familia. Los hogares monoparentales, y  los niños plurifamiliares que duermen hoy en una cama y mañana en otra, según decida el abogado. ¡Qué triste! Sus sonrisas cambiaron, y no me digan que no, que conozco muchos, y los había conocido también antes del desastre. Su vida cambió. Padres, aunque sea por vuestro hijos, tened paciencia. Aprended a perdonar, a olvidar, a mirar hacia delante, a no echar cosas en cara. Hijos, obedeced a los papás, lo que os dicen es por vuestro bien; ellos ya llevan una vida de experiencias y os advierten por vuestro bien. Y todos, hablad entre vosotros. No hay comunicación familiar, dedicaos hora mutuamente. No pueden estar los niños en la calle mientras los padres están en los bares, ya sea invierno o verano… que para esos niños, casi sería mejor, ser huérfanos. ¡Y sé de lo que hablo!

CONTINUARÁ

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