EL PADRE ALBA EN MI VIDA

En otros momentos, alguna vez por escrito, y siempre en la memoria he llevado al P. José María Alba Cereceda, S.I. Las cosas que he aprendido de su trato con él. De sus palabras, de sus virtudes, son incontables. También las que aprendieron de él mis padres, que lo conocieron muchos años antes de que y naciese; lo que impregnó en las almas y en las vidas de mis Superiores, director espiritual y compañeros de noviciado, fue tanto, que hoy por hoy, resulta del todo incalculable.

Intentaré en estas pocas páginas que el espacio y el tiempo para escribir me dejan libres, resumir lo que puede ayudar a entender quién ha sido para mí, qué ha significado para mi sacerdocio y para mi formación religiosa y humana el fundador de la Sociedad Misionera de Cristo Rey, instituto de vida consagrada al que pertenezco desde su fundación.

El P. Alba, como lo conocíamos todos por Barcelona, dirigía un Colegio en el barrio del Besós de la ciudad. En San Adrián, un buen párroco, Mn. Pons, le dejaba utilizar los locales situados en los sótanos de la Parroquia de Santa Juliana y Semproniana.

Allí pasaban mis padres los sábados por la tarde, porque mi madre asistía a las reuniones que él organizaba. Los viernes mi padre asistía  a las mismas reuniones para hombres en los locales de la Parroquia de S. Félix, donde solíamos ir con frecuencia. Allí me bautizó él, y desde entonces no perdimos el contacto. Aunque mis padres lo conocían de muchos años atrás.

Sin embargo, los recuerdos del Padre Alba, no los voy a escribir cronológicamente, sino agrupados por temas.

EL PADRE PEREGRINO 

            Con el Padre Alba al frente, y sin exagerar lo más mínimo debo haber andado más de cuatro mil quinientos kilómetros. El sentido de la peregrinación, el caminar por un motivo religioso, no solamente deportivo o cultural es algo que forma mucho a los jóvenes, sobre todo porque la vida es como una peregrinación. Muchas veces nos lo dijo. Nos enseñó con el ejemplo a no quejarse nunca. En el polígono industrial de Santiga (provincia de Barcelona), hace ya muchos años, tuvo un accidente con la moto. Su rodilla quedó dañada. Ya no se le vería más adelantando coches por Barcelona con su casco rojo. Sin embargo, aunque cojeaba, nunca dejó de andar por ello.

La primera peregrinación del año siempre era la de Tosa de Mar. Los vecinos del pueblo, ante la peste que asolaba el territorio circundante hicieron la promesa a San Sebastián de ir andando a la ermita más cercana a él dedicada todos los años, si les libraba de la enfermedad. A cuarenta y dos kilómetros está Santa Coloma de Farnés, con una ermita dedicada al santo. Desde que la peste pasó de largo, sin dejar rastro en Tosa, con nieve, granizo, con sol o en guerra, todos los años desde hace unos seis siglos se cumple la promesa.

El Padre Alba, acompañado de algunos jóvenes, desde hace muchos años, se encargaba de que se rezase el Rosario durante la peregrinación, para que conservase el espíritu religioso. Durante la ida se reza casi continuamente el Rosario. El espíritu de sacrificio, la potencia de la voz y la alegría contagiosa hicieron del Padre Alba, un referente en la comarca. Muchas veces le pude acompañar y puedo decir que hacer más de ochenta kilómetros en dos días rezando a todo pulmón, me sirvió para entrenarme como caminante y para vencer el respeto humano y la vergüenza de rezar fuerte, también cuando nadie lo hace a tu alrededor.

El segundo sábado de marzo, subíamos en peregrinación al Santuario de la Virgen del Lluc, patrona de la Isla de Mallorca. Quisiera decir que después de muchos años de peregrinar llegué a sentirme mallorquín con los mallorquines. El Padre Alba se hacía del lugar donde estaba con gran facilidad, hasta el punto de que durante mucho tiempo, estuvo atendiendo a un buen grupo de familias y un turno de Adoración Nocturna viajando una vez al mes. Es cierto que su estancia en el Colegio de Montesión, donde vivió muchos años San Alonso Rodríguez, y algo de familia que vivía en la isla, podían hacer sencilla esta tarea; pero no debía serlo ya que al final de su vida era difícil emprender viaje, con avión, barco o como se presentase. Muchas azafatas y muchos pilotos conservarán todavía la estampa de la Virgen de Loreto, patrona de los que vuelan, que les daba puntualmente, en cada viaje, aquél sacerdote con sotana.

En mayo solía montar un autocar para ir a algún Santuario de la Virgen Santísima. Viajes a Fátima, a Garabandal (en Santander), a Lourdes, e incluso a Polonia, para acompañar al Santo Padre Juan Pablo II, hicieron crecer en mi alma un amor ardiente al Papa y a la Virgen Santísima, que he procurado mantener entre los habitantes de los pueblos donde me ha enviado la providencia. Los Rosarios en el autocar, con cantos intercalados en los misterios, dirigidos por los niños, y ofrecidos por las intenciones más relevantes para el grupo de personas que acompañaba hizo de aquellos días parte de mi vida. Saber aguantarse el calor, el frío, aprender a comer de todo, en definitiva, no quejarse, fueron cosas que yo veía normal de niño, pero que los años me han enseñado, que hay poca gente capaz de viajar sin quejarse por nada. Que el estado de bienestar nos va haciendo comodones y menos resistentes a las inclemencias del tiempo, a las incomodidades del viajar y a los problemas normales de la convivencia.

Capítulo aparte merecería el Camino de Santiago, o mejor dicho, los Caminos de Santiago, porque me llevó a Santiago en 1993 y en 1999, año que explicaré con más detalle, porque supuso la plenitud de mis ilusiones en el apostolado juvenil. En el mes de junio me pidió que hiciera una lista con todos los que querían ir andando. Recuerdo que apunté a todos aquellos solteros que se encontraban entre los catorce años de Juan Pablo y los que tuviera entonces Eladio, para que nadie se quedara en tierra. El me hizo ver que éramos demasiados y que debíamos dividirnos en grupos. Comencé a hacer el primer grupo: P. Alba, Jaime, Juan Mª., Manel, ¿Miguel?, “sí también con nosotros”, ¿Camilo? “sí, también”, ¿José Mª.? “Sí, Sí…” y salió un grupo de más de veinticinco. ¡Todo iríamos juntos!. Recuerdo muchísimas cosas… Descansábamos tirados en el suelo debajo de un puente mientras él iba pasando un zumo de piña de boca en boca; sufrió cuando sus hermanos de la Compañía no nos dejaron dormir en su tan querido Javier, teniendo que dormir al raso, y trabajó incansablemente para encontrar cobijo todos los demás días, nos puso a cubierto el equipaje el día de la granizada, nos acompañó los ratos que su rodilla se lo permitía, me hizo limpiar la furgoneta antes de llegar a Ponferrada para que las chicas la encontraran en perfectas condiciones, cantó con nosotros después de cenar, les hizo un homenaje a las proveedoras y le regaló una concha a Yolanda en el Monte del Gozo como premio a su sacrificio ¿os acordáis?… Gritó como el que más “¡Ultreya!” y cantaba los Himnos con entusiasmo. Fue ejemplo, empuje, ánimo, apoyo y Padre de la Peregrinación. Aquél día, en Santiago, muchos dijeron que había sido lo mejor que habían hecho en su vida… ¿Gracias a quién?

En octubre tienen lugar dos peregrinaciones: la subida a Montserrat desde Barcelona, durmiendo por el camino y la subida a la Cruz del Bartolo desde la ciudad de Castellón. Se puede decir que a Montserrat he ido desde antes de nacer, ya que un 23 de octubre mi madre caminaba hacia el Santuario de la Virgen y al llegar a Collbató, donde dormirían, tuvo que irse corriendo al hospital porque yo quería nacer. Los primeros años les acompañaría con el autocar, que acudía a la capilla del Tercio de Requetés de Montserrat donde se celebraba la santa Misa con los peregrinos de a pie.

A partir de entonces fui todos los años, hasta que mis ministerios pastorales lo han hecho imposible. Pasé de ir de la mano de mi padre, a ser el encargado de la Peregrinación, los dos años que Carlos Mario no pudo caminar el domingo porque había tenido sendos hijos y volvía a Barcelona una vez nos dejaba en Olesa. Parece poca cosa, pero haber llevado a más de doscientos jóvenes por caminos y carreteras es algo que podemos incluir en la formación del misionero. Todas las otras excursiones, salidas, convivencias han sido más sencillas.

Al Bartolo he podido seguir subiendo más veces, al haber estudiado la Teología en el Mater Dei de Castellón. Dejé allí muchos amigos, muchos bienhechores, tantos buenos recuerdos que vuelvo a menudo y contento como si de descanso se tratara. Allí, en la montaña hice los Ejercicios Espirituales anteriores a mi Ordenación Sacerdotal y cada vez que vuelvo recuerdo los pinos, las capillas, como si volviese de nuevo aquel momento.

 

Anuncios

2 comentarios sobre “EL PADRE ALBA EN MI VIDA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s