Te fuiste demasiado pronto

EL PADRE MAESTRO 

         Es absolutamente imposible plasmar en un papel todo lo que el Padre Alba enseñaba. Entre otras cosas, porque quizás fuera imposible captar hasta qué punto todo lo que hacía durante el día lo hacía para enseñar.

Tuve la gracia del Cielo de conocerlo desde pequeño y de vivir con él desde el año 1993 hasta su muerte en 2002. Tengo también el inestimable regalo de recordar prácticamente todos los momentos importantes de esos años, sus palabras, sus meditaciones, sus consejos.

Muchos de ellos porque los apuntaba, los resumía o directamente, los copiaba tal cual los iba escuchando. Incluso algunos compañeros del noviciado se reían de mí, por verme todo el día con la libreta y el bolígrafo debajo del brazo. Una relación detallada de pláticas y enseñanzas saldrá pronto publicada. Sin embargo, voy a escribir aquí, solamente, algunas pinceladas.

Donde más se podía vivir su enseñanza era en los Campamentos. Vivir quince días a su lado en la montaña era algo único e inolvidable. Los Campamentos se han llegado a llamar entre aquellos jóvenes: “Los Campamentos del Padre Alba”. Eladio Roca, Jesús Catalán, Juan Carlos Seuba, Miguel Acosta… y otros muchos instructores han sido mi guía en los Campamentos de verano organizados por la Unión Seglar de San Antonio Mª. Claret; los que he nombrado fueron los de los dos primeros años, cuando yo, bien niño todavía, veía en ellos ejemplo, sacrificio, entrega, diversión y formación… Aquellos quince días de julio y agosto los esperaba con ilusión durante todo el año, porque ya formaban parte de mi vida. Mis padres se dedicaban plenamente a prepararlos, en mi casa se ha hablado siempre del Campamento y a los nueve meses de haber nacido ya me llevaron con ellos a vivir una quincena en una tienda de campaña; he ido más de veinte años al Campamento y en todos he aprendido algo nuevo.

A partir de los nueve años ya fui como acampado. La Misa diaria, el izar la bandera cada mañana, las charlas de los sacerdotes y de los jefes e instructores, el orden en la tienda, e incluso las excursiones y el fuego de campamento, hacían de aquellos días la mejor quincena del año. Los frutos siempre eran abundantes. ¡Cuántas vocaciones a la vida consagrada vieron plantada su semilla en aquel ambiente! Gracias a una visita al Santísimo en el Sagrario de Campaña de la Tienda-Capilla, al director espiritual, al ejemplo de un instructor… medios de los que el Señor se valía y se vale para escoger a los que quiere. ¡Cuántos futuros matrimonios forjarían allí sus convicciones para vivir una vida de familia conforme a la Ley de Dios! ¡Cuántos beneficios recibidos en y por el Campamento!…

A los dieciséis años tuve que empezar, como instructor, a dar gratis lo que gratis había recibido. Debía ser para mis acampados lo mismo que aquellos primeros habían sido para mí; debía satisfacer la confianza que tantos padres depositaban en nosotros dejándonos a sus hijos con alegría, debía beber del Manantial del Agua Viva, Jesús Eucaristía, la doctrina que después debía decir a los niños que la Providencia me había encomendado y que quizás nunca más volverían a oírla. Una doctrina que podríamos resumir en el amor a Dios sobre todas las cosas, la defensa intrépida de la Fe católica y los derechos de Dios, sin temor a quedarnos solos, el amor sin reserva a España, la exigencia sin contemplaciones del cumplimiento del deber y la vida en hermandad con todos los compañeros, teniendo a la obediencia como fundamento de las demás virtudes.

Después de los Campamentos he oído a muchos jóvenes que con propósito firme y la ayuda de Dios para cumplirlo, prometían vivir con humildad y alegría su juventud,  señalarse por el celo apostólico entre los de su edad, y honrar sin reserva la memoria de los santos misioneros, cruzados, conquistadores, y de todos los mártires de España, en especial los de la última Cruzada de 1936.

Es decir, que la formación humana y religiosa del Campamento, el amor a Dios y a nuestra Patria infundido en aquellos días, y el “A mayor gloria de Dios” de San Ignacio, podríamos resumirlo en la consigna: “Por Cristo, por España, por María: MÁS, MÁS, MÁS”. 

            Por último, el Padre Alba me enseñó a ser valiente, sin arredrarme por nada. Hoy en día, para ser sacerdote, para ser párroco, hay que ser valiente. El que no lo sea, que no se meta. Gente cobarde hay mucha, por desgracia. Lo recuerdo vagamente, porque hace ya muchos años. Sin embargo, para el que haya vivido en Cataluña sabrá a qué me refiero cuando digo que mantenerse patriota y amar a España, tanto en privado como en público, no es tarea fácil. Pues bien, con la Banda San Luis, fuimos a tocar algunas piezas y el Himno Nacional junto a la estatua del Tambor del Bruch, en la falda de Montserrat.

Había bastantes menores de edad en la actuación, aunque los más pequeños se habían quedado en casa porque el percance se podía adivinar. El acto había sido públicamente anunciado y terminando ya la actuación nos empezaron a llover piedras más grandes que puños que, gracias a la mala puntería de los que las lanzaban no hicieron mucho daño. Solamente recuerdo que allí permaneció firme el Padre Alba y todos los músicos, por supuesto; así que no tuve más remedio que quedarme tocando mientras los más pequeños se cubrían con nosotros. Está claro, para ser santo, hay que ser valiente. 

EL PADRE AMIGO 

         El verdadero amigo es aquél que acerca a Cristo, aquél que enseña el bien, y dice la verdad. Por ese motivo quiero resumir aquí tres virtudes que vi siempre en el Padre Alba y que intenté hacerlas mías a su lado, día a día. Su caridad, su trabajo y su alegría. Las vivía con normalidad, se contagiaban solamente con dejarse llevar por él.

El primer verano que pasé en la escuela apostólica de la Sociedad Misionera de Cristo Rey en Sentmenat, mi maestro de novicios me dijo: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Y me puso a trabajar en los almacenes ayudando al P. Miguel Acosta. Tengo la seguridad profesional de que no me he ganado el pan que me he comido, que no ha sido poco, con el sudor de mi frente, pero sí con el sudor de la frente del P. Alba, en sus múltiples viajes buscando fondos para sus estudiantes, el último de los cuales le costó un fuerte accidente. Recuerdo también cómo venía a echar una mano cada día, cuando trabajábamos por la finca; recuerdo cómo calificó él mismo como “trabajos forzados” algunas faenas del verano y cómo juntos nos divertíamos haciéndolas, él con setenta años y yo que no tenía los veinte. Y el último año bautizó el grupo de trabajo como “Derribos y destrucciones”, por las muchas cosas que rompimos, tiramos y quemamos… pero no había día que no viniese a mirar cómo iba la faena o a invitarnos a un café a media mañana. Tampoco se me olvida la imagen del Padre con delantal a las seis y media de la mañana, él solo, fregando los platos en el Refectorio de una invitación que había habido la noche anterior para que no lo tuviéramos que hacer nosotros: habíamos sido veinte.

Tengo que decirles que la figura del Buen Pastor con la oveja perdida en los hombros es la que siempre me ha llamado, diciéndome que le siga. En el Padre Alba vi al Buen Pastor en muchas ocasiones. Cuando adivinaba el problema que venías a contarle antes de decirlo, cuando tenía que advertirte de alguna falta diciéndote que eras un “culillo de mal asiento” o que parecías el “delegado diocesano de pastoral femenina”, y sobre todo, cuando iba detrás del alma que le necesitaba, hasta que le daba el consuelo que le hacía falta. Frases como “A los jóvenes hay que decirles la verdad y suplir su dureza con amor” o “la caridad se manifiesta con el cariño” suenan en mi memoria con su mismo timbre de voz. En Lourdes, el último año que fui con el Campamento, con una fila de niños y niñas que terminaba en Mª. del Mar, con una niña en los hombros y un niño en cada mano, me crucé con él y me dijo: “¡Cuánto trabajo con tantos niños, verdad!. Soy feliz así, Padre, le contesté. Y era verdad. El me ha enseñado a ser feliz haciendo lo que debo hacer, y cuando no lo he sido, cuando no lo soy, sé que es por mi culpa; porque son sus palabras: “Hemos de consolar al prójimo y nada más. El consolar a los demás nos hace felices a nosotros.”

Era, como he dicho, desahogo en la inquietud y, sobre todo, alegría en la tristeza. “Debemos estar siempre ilusionados, gozosos para transmitir a los demás esa alegría. La alegría es absolutamente necesaria para servir a Dios”, decía con frecuencia. “Hemos de estar alegres por tres motivos: Todo lo puedo en Aquél que me conforta, hemos sido llamados por Cristo, tenemos a María por Madre. Lo peor que puede pasar es el pecado y éste se perdona con la confesión: no podemos entonces estar tristes por nada”. El fue ejemplo con su vida de lo que decía en sus pláticas, los fuegos de Campamento y la amenidad de sus palabras, así como su sonrisa son prueba de ello. Esta alegría constante le permitía trabajar incansablemente hasta conseguir aquello que pretendía, le hacía ser feliz y, sobre todo, era semilla de vocaciones.

No puedo terminar sin decir algo de la última tarde que pasé con él en la tierra. Toqué la guitarra junto a la estufa mientras él tocaba el pandero y mejor o peor le canté unos villancicos por los que me ha valido la pena sobradamente aprender los acordes que sé de guitarra… El quería seguir cantando pero llegó el Provincial de la Compañía, y tuvo que atenderle; después se acostó. Era cinco de enero y yo debía marcharme. Entré en su despacho, pero dormía. No quise despertarle y Jerusalén me dijo: “Dale un beso en la frente”. Así lo hice. El abrió los ojos y con cara de extrañado me dijo: “¿Qué te pasa?. Padre, me voy al Seminario. ¿Ya?. Sí Padre. Pues sí que se ha pasado rápido el tiempo… ¿Volverás después de Navidad?. En Semana Santa. Te digo después de Navidad.  No, Padre. Pues entonces nos veremos allá. Y me dio la bendición.” Pues claro que se me había pasado rápido el tiempo, pero no sólo aquellas Navidades, sino los veintidós años que hacía que tiraba palos conmigo en una acequia del primer Campamento en Flamisell, los ocho años de vida de Comunidad y tantas cosas que se agolpan en la memoria impidiendo decirlas ordenadamente.

ENFERMEDAD Y MUERTE 

         Todos sabíamos que tenía que llegar ese momento. Nadie hablaba del tema y solamente confiábamos en que la providencia divina nos lo conservaría todo el tiempo que fuera necesario. Por fin, un triste 11 de enero del año 2002, cerca de las cinco de la tarde nos dejaba hasta el Cielo tras una grave enfermedad provocada por un tumor cerebral.

Solamente unos meses antes, en un retiro espiritual, en el desierto de las palmas de Castellón se notaron los primeros síntomas. Tenía frío, le costó subirse a la furgoneta. Entonces nos acordamos que en el Bartolo anterior se había levantado dos horas antes, y que después me dijo que se había quedado dormido en el banco de piedra delante de la Virgen del Lledó a las cuatro de la madrugada.

A principios de diciembre empezó a empeorar. Creo que llegué al noviciado alrededor del día veinte de dicho mes y ya lo encontré muy mal. Todas las posturas eran para él dolorosas, apenas dormía y debíamos relevarnos por las noches para cuidarlo.

Pude ayudar a la última Santa Misa que celebró en público, la primera Misa del Padre Ramón Olmos, MCR. en el Templo Expiatorio del Tibidabo en Barcelona. Aquel día había nevado, pero él quiso venir a concelebrar. Durante la celebración me dijo, si ves que me despisto, cógeme la mano y me la pones en el Altar, porque no lo veo. En realidad, un problema de vista fue el primero que nos hizo darnos cuenta de que algo no iba bien.

En aquella Misa me dio la paz con el abrazo litúrgico. Era la última paz que iba a desear durante el santo Sacrificio de la Misa. Me emocioné… Después fuimos capaces de cantar villancicos como todos los años en la cena de Nochebuena pero, después de la cabalgata de Reyes debía marchar de casa para, después de pasar el día con la familia, viajar en tren al Seminario.

El día 11 de enero amaneció con frío, al mediodía llamé y me dijeron que estaba mal, quise salir en el primer tren, pero el Superior me dijo que esperara. Tras insistir mucho cogí el siguiente. Llegué a Sants a las cinco pero era tarde. Había que desplazarse hasta el hospital Taulí de Sabadell. Al llegar me dijo Juan María Rodríguez de Mier: “¿Ya los sabéis?”, iba con mi madre, pero no sabíamos nada. Llegamos a la habitación, los muchos jóvenes del pasillo, la habitación llena de gente, los papeles oficiales, certificado de defunción, denotaban que acababa de morir. Comenzamos un Rosario y en el primer misterio, mi hermano Ignacio me dijo al oído que el Padre Turú (Superior de nuestro Instituto) decía: “Dile a Antonio María que vaya al Colegio y que lo prepare todo”.

Aquella noche tuvimos turnos de vela en la capilla ardiente. Miembros de la Banda, del grupo de montaña, y sobre todo, muchos niños. Niños que pasaban la mano por la cara del padre y le besaban. Llegaron durante toda la noche de Mallorca, de Castellón, de Madrid, de Barcelona, a las diez, a las doce, a las tres de la madrugada. El Colegio no cerró sus puertas.

Al día siguiente preparamos la comitiva para dirigirnos a la Parroquia de Sentmenat. Veintiocho sacerdotes y más de dos mil personas lo despidieron rezando por su eterno descanso. Junto a los nichos cantamos a pleno pulmón las estrofas del Tú nos dijiste que la muerte. Después solamente recuerdo que le di un abrazo a mi padre y salí del cementerio llorando.

El hueco que nos dejó, la necesidad de hablar con él, de preguntarle, de contarle, aunque solamente fuera de verlo con su entusiasmo de arriba para abajo, bien fuese con el cónsul de Méjico, con un pobre de la calle o con los niños de la escuela, solamente puede uno llegar a comprenderlo con el paso del tiempo. Que él nos ayude a todos a seguir su ejemplo en el arduo camino de llevar almas de joven a Cristo.

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