¿Pastores sin ovejas?: La vida de comodidad

Cuando estábamos entre vosotros, os mandábamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma. Dice San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses. Acabo de comer con uno de los representantes de la empresa “TRADICIÓN en relojes y campanas”. Lo conocí hace muchos años y hemos montado campanas juntos por los campanarios de los pueblos de Cuenca. Ahora ha llegado de Perú. Viendo su horario, sus viajes, lo que cuesta ganarse el pan de cada día, me pregunto si en la vida pastoral, actuamos como él con sus campanas.

No digo ya que seamos “iglesia en salida” como quiere el Papa, o pastores con “olor a oveja”, o que estemos “primereando” (dando el primer paso en el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado). Ojalá fuera así. Lo que puede ocurrir es que nos dediquemos a la triste pastoral de mantenimiento. En que pensemos que no hay nada que hacer.

No veo estos tiempos peores que otros y está claro que cuando se trabaja aparecen los frutos. Está bien decir que uno siembra y que otro siega, y también que no hace falta ver el fruto. Pero cuidado que detrás de esas frases que son ciertas, dejemos de recoger fruto porque hemos dejado de sembrar. No se puede hablar de amor sin amar, sin salir a buscar, sin preocuparse si mi rebaño disminuye. Si tenemos el cuidado de mil almas y solamente acuden o tenemos trato con cien, algo no está funcionando bien.

Es verdad que la pastoral no se mide por la oferta o la demanda y que no todo el mundo tiene la misma capacidad de trabajo, pero ¿trabajamos lo mismo que las enfermeras, los mecánicos, una cajera, un médico o un transportista? A ver si nos hemos acostumbrado a que como nadie se confiesa, nunca nos ponemos a confesar. O quizás a encerrarnos en nuestra casa porque rezar es lo más importante, o a llevar vida de fraile monástico porque el horario es lo más importante. Un padre de familia, un bombero, el gerente de una funeraria no tienen horario, ¿y nosotros? Quizás porque estamos “de guardia” veinticuatro horas, no atendemos a la gente a ninguna hora.

El horario no nos santifica. Ni tampoco debemos santificar nosotros el horario. Puede ser más cómodo, más fácil, pero el Señor nos llama a evangelizar a tiempo y a destiempo. Si en una comunidad religiosa hay enfermas, Cristo está en la cama, tendremos que cuidarlas, sea a la hora que sea. Si nos llaman a la puerta tendremos que abirla, y si no llaman, tendremos que salir nosotros a llamar.

La vida de comunidad de los institutos religiosos no se puede convertir en “la vida de comodidad”, exigiendo a los demás lo que nosotros no somos capaces de dar. Visitar a las familias, participar de un modo particular en las preocupaciones, angustias y dolor de los fieles por el fallecimiento de seres queridos consolándoles en el Señor, ayudar a los enfermos fortaleciéndolos con los Sacramentos, dedicarse a los pobres, a los afligidos, ayudar a que los padres y cónyuges sean ayudados en el cumplimiento de sus propios deberes, procurar que los fieles vivan la comunión parroquial y diocesana, predicar la palabra de Dios y organizar la catequesis de niños y jóvenes, trabajar para que los Sacramentos sean alimento de los fieles… son algunos de los ministerios que son propios de los párrocos y de todos los sacerdotes.

Cuando un sacerdote no administra los Sacramentos debe preocuparse porque algo está fallando en su vida. Cuando el número del rebaño confiado disminuye, hay que salir a buscar, no sólo a las ovejas perdidas, sino también a las abandonadas, quizás por culpa del propio pastor. La oración debe ser la fuente de todo ministerio, pero no por rezar mucho debemos dejar el trabajo pastoral, porque entonces nos quedaremos sin trabajo y sin oración. Es cierto que los Mandamientos protegen la Fe, la vida, la propiedad; quizás también los Sacramentos protegen el ministerio. El sacerdote que no trabaja para poder llevar a los fieles a la confesión y a la comunión frecuente, puede estar dilapidando su ministerio.

Puede ser que se haya desanimado porque hay terrenos áridos, pero también puede ser que se haya acomodado detrás del “nadie me lo ha mandado”, o “no tengo obligación”. Hay mucha tarea que hacer y las almas están sedientas de Dios, quizás nos falta creer más en la acción del Espíritu Santo, que cuenta con nuestra pobre colaboración. ¿Cuánto tiempo dedicamos al día a cuidar de nuestro rebaño? ¿Con cuántas personas hablamos en una jornada y cuántas veces hablamos de Dios?

Lo que está pidiendo el Santo Padre es claro y concreto. Le podemos ver dificultades, nos puede dar miedo en ocasiones, pero lo que no puede pasar es que nos quedemos parados, mientras los demás, para encontrar una obra, para conseguir una plaza en cualquier trabajo, para atender un restaurante o una empresa de publicidad están dando lo mejor de sí.

Con ánimo renovado y con el amparo de María Santísima pongamos todo el empeño en abrir las puertas del templo, en invitar a las personas a la oración, en ofrecer la confesión y la unción de enfermos. No puede haber pastores sin rebaño, que no haya tampoco rebaño sin pastores.

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2 comentarios sobre “¿Pastores sin ovejas?: La vida de comodidad

  1. Reblogueó esto en Se llenaron de inmensa alegríay comentado:

    La situación del clero en el mundo ha cambiado notablemente. El “ORA ET LABORA” nos hace plantear si estamos haciendo todo lo posible por atender al rebaño que necesita obreros para la mies.
    Los dominicos llevan parroquias, los franciscanos también, incluso algunos monjes de clausura están en la labor de trabajo diario entre las gentes. Quizás es importante tener en cuenta que la disminución de sacerdotes nos urge a salir de los claustros, como en tantas otras ocasiones, para posponer los estudios, e incluso la oración de coro, a la administración de Sacramentos y la catequesis y atención personal al más puro estilo de nuestro Papa Francisco

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