¿Te acuerdas mamá?

Querida Mamá:

Hace ya casi dos años que te fuiste al Cielo, y mucha gente me ha dicho que por qué no escribo algo. A algunos les decía que tendría que escribir un libro. A otros que lo haría en alguna ocasión. La verdad, mamá, es que hasta ahora no me salían las palabras. Se me rompió la mina del lápiz, como si no pudiese escribir ni de ti ni de nada. Quisiera comenzar escribiéndote la homilía del entierro, por si algo no te gusta. Quizás es ya tarde, y seguro que te acuerdas pero, como siempre, habría cambiado lo que tú me hubieses dicho: Querido papá, querida Tita, queridos concelebrantes:

Quiero dar gracias al Cielo por haberme permitido pasar junto a mi madre los últimos quince días de su vida. Creo que ha sido lo más bonito que he hecho en la vida. Justo antes de venir, casi lo último que hice fue ir a un hospital de Villarrobledo. Provincia de Albacete, a confesar a un hombre que tenía 102 años y, que según decía la familia, no se había confesado nunca. El hombre empezó preguntándome por la Creación, después habló del Sistema Solar, después me preguntó por el origen del hombre, luego habló un poquito del nacimiento de Jesús y yo le dije: “Después ese Jesús se hizo mayor y murió en la cruz y hoy, cuando nosotros sufrimos la cruz, tenemos que unir nuestro sufrimiento a la cruz de ese Niño Jesús que se hizo mayor”. Y el señor dijo, entendiéndosele perfectamente: “Entonces, el sufrimiento tiene sentido”. Y la familia dijo: “¡Exacto!”. Dice: “Entonces, ya me puedo morir en paz”.
Hermanos: lo mucho que ha sufrido mamá tiene sentido. No solamente ahora sino, sobre todo, en toda la enfermedad. Y en lo que hacen sufrir los hijos, y en lo que hace sufrir la vida. Porque morirse, cuesta. Pero vivir cuesta más. Por eso, cuando sufráis, cuando suframos, tenemos que unir ese sufrimiento, que tiene sentido, a la cruz de Jesús. Pero luego, viene la muerte. Y cuando bautizas en un pueblo a un chiquillo es muy fácil, en el Año de la Fe, con los padrinos, la vela, la hermosura de la ceremonia del Bautismo…recordar el “sí, creo; sí creo” de cuando fuimos confirmados o de cuando fuimos padrinos de alguien. En un matrimonio, en una boda todos los presentes pueden renovar las promesas de su matrimonio; en las ordenaciones sacerdotales de los compañeros tú vuelves a decir “sí, quiero; sí, prometo; sí, quiero; sí, quiero con la gracia de Dios”. Pero es difícil en un entierro que pensemos no en la vida de mamá, en lo que conocimos a Ángela, en el bien que nos hizo… Está hermoso. Que pensemos en nuestra muerte, en tus pecados y en los míos y en cómo tenemos las manos para presentarlas al Señor si hoy nos llamara. Cuando murió mi madre, a los siete minutos, Francesc Rodríguez Carmona, el compañero de clase que ha estado conmigo más años, desde 3º de EGB hasta COU, me llamó diciendo: “Antonio Mª, ¿dónde estás? Te necesito. Y le dije: “Nada, porque se acaba de morir mi madre…”. “¡Hombre! Entonces…” “Entonces, nada; ella no me necesita. ¿Qué te pasa?” Y me dijo: “Mi madre se está muriendo”. Me vino a buscar en coche y me llevó a Caldas, a una residencia de ancianos terminales. Porque su padre, cuando murió su abuela, también había cogido un coche, había ido a Barcelona, había cogido a un cura y le había dado la Unción de Enfermos. Y él hizo lo mismo con su mamá que su padre hizo con su abuela. Él vino ayer al tanatorio y hoy a las 8 y cinco su madre ha muerto. Y como ha muerto su madre podemos morir nosotros. Y no tenemos que ver la muerte como algo ajeno. Que, a veces, dicen: “¡Uy, toquemos madera! ¡No nombres eso!” Sí, sí; sí lo nombro. ¿Cómo estoy yo para presentarme delante de Dios? ¿Cuánto tiempo hace que no confesé? ¡Espero que menos de ciento dos años! ¿Qué tengo que hacer para mejorar algo en mi vida? ¿Con mi esposa? ¿Con mi primo?¿Con mi vecino?¿Con el cura de mi pueblo? ¿Con mis hijos? Igual puedo mejorar algo. “Yo es que no hago pecados”. ¡Ya lo sé! Nadie hace pecados. El mundo va fatal, España va peor pero aquí nadie hace nada malo. Pero quizás puedes mejorar un poquito, puedo mejorar un poquito, debo mejorar un poquito. Por mi madre. Porque, como me decía el Padre Cano, yo estoy convencido que desde hoy seré mejor cura. O, Por lo menos, debo serlo.
En tercer lugar – y esto lo digo hace ya tiempo en todos los entierros en Cuenca, en todos los pueblos donde antes de ayer doblaron todas las campanas – que la Eucaristía quiere decir en griego “acción de gracias”. Y además de pedir por el eterno descanso de Ángela Guillén de Domenech, que para eso hemos venido, tenemos que darle gracias a Dios de tantos regalos a lo largo de su vida; de todas las Navidades que hemos pasado juntos, de todo lo que aprendimos de ella, de que nos enseñara a rezar“Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, Virgen Santísima, San Antonio Mª Claret: haz que sea santo, que no me ponga malito y que de mayor pueda ser sacerdote”. Así aprendí a hablar. Y el día que recé eso y me di cuenta que ya era mayor y que ya era sacerdote, en casa se había cambiado la oración y se decía: “que la mamá se encuentre bien, que podamos ir al colegio de Sentmenat y muchas gracias de todos los beneficios que cada día recibimos”. Hoy le damos gracias a Dios por mamá, le damos gracias a Dios por papá. Y hoy le doy gracias a Dios por vosotros, por mis hermanos, por sus esposas y por todos. La novia de Ignacio no es esposa, pero le hemos dado el rango de cuñada aunque sea antes de hora: ¡Dios te lo pague!
Y por último: la oración sobre las ofrendas de una de las Misas de Navidad que celebré en casa decía: “que esta ofrenda glorifique tu nombre y nuestra unión se haga fuerte por la participación en estos Sacramentos”. Estamos en la semana del octavario por la unidad de los cristianos: hoy pedimos al Señor –y según Madre Maravillas porque los que van al cielo nos ayudan más desde allí que todo lo que nos quisieron aquí- que nos mantenga unidos. Unidos a la familia, a la Unión Seglar, a los colegios, al Opus Dei, a los amigos… Hermanos: a todos los bautizados porque como decía la primera lectura “los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte”. Que así sea.

Y después de estas líneas que quería que leyeses, recordarte algunas cosas que han ido viniendo a mi mente como la lluvia que empapa la tierra en estos meses.
¿Te acuerdas mamá?… cuando el decano de la facultad de Derecho Canónico, D. Ignacio Pérez de Heredia, me decía que escribiera todas las semanas, te acuerdas cuando nos lo encontramos por Castellón, ¡qué contento estaba! ¡Qué viajes más bonitos hiciste al seminario, con tu muleta en el Euromed, sin que me dejaran bajarte a buscar al andén, con tanta seguridad. Subías por la rampa mecánica feliz, tan contenta; como papá trabajaba, venías sola. Parece que te estoy viendo. Charlábamos y charlábamos. Siempre tuviste tiempo para hablar conmigo, madre. Con todos. Con los que te llamaban, con los que venían a verte, con José María, Inmaculada e Ignacio… (mami, no puedo seguir. Otro día sigo… me he puesto a llorar y no veo la pantalla)

Creo que ya puedo seguir. ¡Qué ilusión la Ordenación! Y también recuerdo cuando en veinticuatro horas lo preparaste todo para venirte al Santuario de Tejeda a ayudarme un poco. Allí me dijiste que habías ido al médico, sentada en tu butaca azul, y recuerdo que, de pie, supe que iba a pasar todo lo que pasó. Habías esperado a que terminara el año jubilar por el aniversario de la aparición de la Virgen… “Los nenes no lo saben, pero papá se lo dirá pronto”. Fue tu última frase. Lloré algo en mi habitación y me bajé al Sagrario. Ya siempre vivimos con el Ay en el cuerpo de que a mamá le había pasado algo más.

Desde entonces cumpliste tu sueño de vivir en la casa de tu hijo sacerdote, días sueltos, fines de semana, quincenas en verano y Navidad, peregrinaciones parroquiales, temporadas largas… Tú que lo ves cara a cara, dile a Dios que muchas gracias, dile también que me ayude, que ha sido más dolorosa tu marcha que la mía, que más duro que cualquier cosa que la imaginación me alcance, es que al sacerdote, le falte su MADRE.

A ti te preguntaba tantas cosas. Siempre me aconsejaste bien, mamá; nunca me arrepentiré de haberte hecho caso y quizás sí de no haber puesto más empeño y ahínco en escuchar y poner en práctica tus palabras. De rezar contigo también me queda buen recuerdo, y de tu inmediato: “Pídeselo a la Virgen” para cualquier cosa. O también tu “¿has rezado?” por el buen tiempo, por la familia, por los trabajos… para cualquier problema.
¿Te acuerdas mamá, de las cartas que te escribía? Pues me las dio Ignacio. Aparecieron guardadas en una de tus carpetas. Me hizo mucha ilusión como todo lo tuyo. Voy a dejar un recuerdo importante que me queda para el final, y te cuento el último acontecimiento de Santa María del Campo Rus. Cuando terminó el mes de María, la Patrona del pueblo, la Virgen del Amparo, fue llevada en procesión a la Parroquia del pueblo, situada en el mismo centro. El motivo fue que asistiera a las Primeras Comuniones, así como abrir la Iglesia todas las tardes, y a partir de ese momento, que se abriese el templo para hacer la visita al Santísimo, igual que vamos a hacérsela a la Virgen. A Jesús por María. Después el día del Corpus, Jesús Sacramentado, le devolvió la visita porque acabamos la Procesión en la Ermita. La labor es ardua, hay tarea con las almas, con las familias, con los cuatro pueblos, la residencia de ancianos. Hay que conformarse con ir paso a paso, saber que la tarea la hace el Señor, y no dejar de sembrar.

Aunque quisiera terminar con dos recuerdos, quizás los más hermosos de mi vida. El Valle de Arán, donde fuimos tantas veces y pasamos tantos días preciosos todos juntos. Todos dicen que este año ha sido especial. Por encima de todo quisiera darte las gracias por la forma como nos transmitiste la ilusión por la Navidad. Los belenes que hicimos juntos. Tanta alegría e ilusión acumulada por los Reyes Magos. Cosas que aún están en la memoria y en el corazón, que me parece que son las que han marcado nuestras vidas. Allá en el Cielo, donde tiene que ser algo especial vivir estos días: ¡FELIZ NAVIDAD MAMÁ!

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