¡GRACIAS MAMÁ!

Nadie elige a su madre, y cada madre es la mejor para sus hijos. Sin embargo, muchos niños en el mundo no han conocido a su madre. Otros, la han perdido enseguida. Esta semana, hará tres años que mamá se fue al Cielo. Era un domingo, como éste, el de las Bodas de Caná. Aún pude decir Misa a los pies de su cama, desde donde marchó al Cielo, no nos dejó para siempre porque sigue ayudándonos desde allí, y porque bien seguro que nos espera.

En este año he recordado tantos detalles, tantos regalos, tanto tiempo invertido de mamá en sus hijos… Aún conservo cartas que empiezan como ésta:

Barcelona, 22-9-99.

Mi querido Antonio Mª;
Me arriesgo a escribirte esta carta antes de que vuelvas para explicarte una cosa que igual no hay tiempo en los primeros días que estés aquí de explicártela, y como es bonita tengo ganas de que lo sepas. […] ¿Qué te parece todo esto? Creo que lo más importante está pues fui haciéndome notas de lo que me decía. Guarda la carta hasta para mí con fotocopia para que no se me olvide. ¡Ojalá te llegue a tiempo! Ni el lunes ni el marte la he podido escribir. Recibe muchos besos: Mamá.

Ella escribía como hablaba. Era así de sencilla, de clara y concreta. Sin embargo, hoy me gustaría dirigirme a ella y a Dios para darles las gracias nuevamente.

           Mi querida mamá:

           Más importante que tantos desvelos, más también que las comidas de régimen que me hacías siempre porque estaba algo enfermo del hígado (que aún no sabemos qué era aquello). Más que tantos regalos que nos hacían ilusión infinita, no creo que sea exagerar decirte que ahora, pasados los años, veo en ti las virtudes que tengo que vivir como sacerdote.

            Quizás me dirás que es muy rebuscado, pero dime si no es cierto que aprendí de ti la DEVOCIÓN A LA VIRGEN SANTÍSIMA. Era chico cuando me llevaste a la Virgen del Pilar, al Santuario del Lluch en Mallorca, íbamos cada año, y a Lourdes también. Sin embargo, en su conjunto, me quedo con las peregrinaciones a Fátima. En una te quedaste a las puertas. Cuando íbamos a salir desde Almodóvar del Pinar, en la Comunión, en la Misa antes de subir al autocar, te quedaste clavada en el banco y vi la cara de dolor desde el Altar. Te llevé la Comunión al sitio mientras pensaba: “mamá a este viaje no viene”. Después supimos que se te acababa de partir el tornillo de la prótesis, y tuvimos que recuperar ese viaje los tres, meses después. Ya no pudiste ir más, pero estabas tan contenta, con la silla, la muleta (¡qué pesada la muleta siempre cayéndose en todas partes!). Cuando te quedabas rezando en la gruta de Lourdes por todas y cada una de las personas que lo necesitaban y por las que te habían pedido oraciones. “Aún no, me faltan unos minutos”. Algunas veces pensaba que no comíamos de tanto rezar, madre. También me acuerdo de la cara del Guardia Civil que nos ayudó a subirte con la silla para hacernos el pasaporte. ¿Dónde va a ir la señora?… Yo no sé qué pensaría aquel buen hombre cuando le contestamos: “Nos vamos a Tierra Santa”. Yo no te he visto peor para viajar… pero ese ánimo y esa ILUSIÓN por todas las cosas de Dios, también me lo contagiaste. 

             También sabías ESCUCHAR a todo el mundo, que es algo que quiere el Papa que nos tomemos en serio los sacerdotes. Te llamaban a todas horas. Esa capacidad de hablar de cualquier cosa, buscando una solución, un consuelo, la manera de ayudar, o un consejo de Madre para mí o para quién fuese. Casi que teníamos que hacer cola. Todavía guardamos, José María y yo, las notas que te escribíamos desde el noviciado: “Mamá, se me han roto unos calcetines, y necesito una carpeta grande negra con separadores. Un besó mamá. No corre prisa”. Cuando estuve con los muchachos de Uclés, también escribían esas notas. Y, de repente, te decían por un pasillo. “Padre, ¿me deja el móvil? Tengo que pedirle una cosa a mamá”. Era imposible no acordarse de aquellos años hermosos de Sentmenat. Tu TERNURA MATERNAL y tu GENEROSIDAD, deberían configurar mi forma de ser, por lo que quiere Dios de mí cada día y el Papa de los sacerdotes. Me acuerdo de tantos detalles sobrios pero constantes, sin sentimentalismos infantiles, pero viviendo con interés cada una de las cosas de tus hijos, olvidándote de ti misma; como levantarte más de una hora antes para ir a Misa de siete y media de la mañana, y después desayunar doce minutos con José María y papá. “¿No hay más Misas en Barcelona, mamá? ” -te decía yo-. Y me contestabas siempre: “Así desayuno con José María”. Gracias de nuevo por tu ejemplo, mamá.

              Ahora que estás con Él, pídeselo para mí como pedías en vida: “Dale lo que le falte para ser santo, Señor, y quítale lo que le sobra”. En fin, que todavía lo tienes quitando un poco de soberbia, algo de ira, y lo que surja, que conforme crecemos nos vamos empeorando muchas veces, en lugar de mejorar. Reza para que no sea impedimento para que las personas se acerquen a Dios. ¿Se reza en el Cielo, mamá? Seguro que sí. Y cuéntale a Jesús y a la Virgen tantas cosas bonitas como van pasando por aquí.   

               Espero tardar menos en escribirte que he tardado ahora. Me acuerdo mucho de ti, mamá. Cada día más. Aunque esta vez he conseguido escribirte sin llorar. 
               Te quiere, tu hijo sacerdote.

No quiero alargarme más, acuérdense de rezar por ella y por nosotros el día 20, y que San Sebastián nos haga valientes conservadores y misioneros de la Fe de nuestros padres, así como darnos la gracia de vivir estas virtudes y todas las demás.

Mi bendición+

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