Visitar a las familias

Con alegría recibí hace pocos días esta frase del Papa Francisco que aparece como resumen de su último libro titulado “el nombre de Dios es misericordia”: “La Iglesia no está en el mundo sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios. Para que eso suceda, es necesario salir. Salir de las iglesias y de las parroquias, salir e ir a buscar a las personas allí donde viven, donde sufren, donde esperan. Recuerdo a nuestro señor obispo de Cuenca diciendo en una reunión de sacerdotes que aquél que no se sintiera impactado por las palabras del Papa en su carta “La alegría del Evangelio”, o no la había leído bien o algo estaba fallando. Sea lo que fuere, después de haber vivido con el Padre Alba muchos años, les aseguro que nada de lo que el Papa hace, dice o escribe me suena extraño, ya que actúa del más puro estilo jesuita. Es decir, que llevo años intentando actuar igual.

Es cierto que en portales de internet como “adelante en la Fe” no se hace otra cosa que, en el más puro estilo verdulero, chusmear sobre lo que no se entiende. Pero quizás deberíamos hacer lo mismo que hace el Papa, todos, ya que son muchos los que desde casa dejan de actuar con celo apostólico para mirar la casa del vecino. ¿Quién evangeliza hoy de verdad a los que no tienen Fe? El Papa. ¿Quién se preocupa de extender el Evangelio a los lugares o a las personas que es difícil llegar? El Papa. A muchas personas les puede parecer mal que el Papa se entreviste con el presidente de Irán, pero claro… ¿qué saben ellos de derecho internacional? Probablemente nada, ni siquiera de derecho civil. Sin embargo, hay que recomendarles vivamente la lectura de “El perro del hortelano” para que Cervantes les diga lo que el Papa no responde porque no tiene tiempo de perderlo así. Prefiere perderlo con los que no tienen hogar.

Sin embargo, la frase de la que vamos a hablar deja entrever que no debemos contentarnos con transmitir esa misericordia divina en este año especial, solamente a los que están en la iglesia. Empezando por aquellos que vivan con nosotros, si es que vive alguien, y siguiendo por los que más colaboran, que también lo necesitan, hay que estar cerca de las personas que la providencia de Dios ha confiado a nuestro ministerio. Visitarles donde viven… ¡Cuántas veces me han dicho! No vayas a las casas, eso da mucho trabajo. Actuando así dejas mal a los que no lo hacen. No podemos ir porque eso nos mete en problemas, con lo mal que está el patio. Al final te acaban echando. No hay tiempo de ir a sus casas. Todas estas frases me las han dicho personas dedicadas al ministerio, no me las ha dicho el vecino ni el ministro de medio ambiente. Creo que está claro. ¿Es una orden? ¿Va para mí? Creo que está claro lo que Jesús quiere. Que le hagamos caso al Papa.

Los enemigos de la Iglesia quieren encerrarla en las sacristías, pero esto es más viejo que las pinturas rupestres. Siempre lo han intentado. Cuando llegas a un nuevo destino la mitad de la población se alegra por tu cercanía y la otra mitad te critica por lo mismo. Has de explicar una y mil veces que Jesús andaba entre la gente, que no quieres nada malo, ni tampoco buscas novia, que vas al bar para estar con ellos, no para emborracharte ni cotillear, que trabajas porque es tu obligación, no para controlar el pueblo con las obras públicas. Forma parte del encanto de llegar nuevo a un sitio. Cuando llevas tiempo se acostumbran, unos quieren tus visitas y otros no, pero vas a casa de todos, y si alguien no quiere, con no abrirte tiene bastante. Que también pasa y es muy entretenido, pero no pasa nada. Ya volverás. Nadie tiene obligación de abrir la puerta, pero cuánta paz puede transmitir Jesús a través de la visita del sacerdote, para él y para la familia.

Donde sufren también se les visita. En el cementerio cuando despiden a sus seres queridos, en los hospitales, y hasta en quirófanos e intensivos me han dejado pasar. Recuerdo al unidad de quemados del hospital de la Fe de Valencia. Después de mucho insistir y de decirle al jefe de equipo que no tenía prisa y que pasaría el día en la sala de espera me dijo: “Si el enfermo le llama le dejo entrar”. Pobre hombre. Tenía todo quemado menos los ojos y se alegró al oírme por el teléfono a través del cristal. Me llamó con su mano vendada y entré vestido de astronauta verde. Ese día había dejado colgada una clase de derecho penal con los libros abiertos, en cuento me llamaron. Tampoco hace falta que sea tan grave ni tan urgente. En general se alegran cuando reciben la visita en el hospital, y no hace falta que sea para recordarles que se pueden morir, aunque nunca viene mal, y muchas veces resulta que se curan después de recibir la unción de enfermos. Y estando muy mal, pero que muy mal. Nadie se lo explica pero por aquí están.

Y ¿dónde esperan? La esperanza es una virtud teologal por la que confiamos en Dios y en los bienes que él pueda enviarnos, tanto en ésta como en la vida eterna. En cualquier parte se espera. Allí donde esperes en el Señor, allí podemos encontrarnos. Yo solamente le pido que rece por mí para que sepa transmitir ese amor de Dios y nunca impedirlo, y que si no quiere encontrarse conmigo, tenga usted la manera de participar de esa misericordia porque eso solamente es lo importante.

Un gran consuelo que el Santo Padre nos diga que hagamos lo que hacemos, al menos para que nadie se extrañe de que intentemos vivir aquello por lo que hemos dado la vida.

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