Ya hace cinco años de la boda

 

       Queridos Inmaculada y Fernando, María, Fernando y María, papá y mamá, José María y María Pilar, Ignacio y Montse… Juan Pablo, “hola, ¿me oyes bien?”. Queridos todos, sobre todo los que venís de lejos, de Alemania, de Madrid, Almodóvar del Pinar, familia toda de Toledo.

Quisiera comenzar estas palabras hablando de las Alianzas. Las alianzas son anillos porque no tienen ni principio ni fin, porque no se sabe dónde empiezan y donde acaban. Creo que el Señor, desde toda la eternidad, pensaba en este día, para que emprendierais un camino de salvación eterna, el uno para el otro. Desde el Antiguo Testamento se nos habla del amor de Dios a su pueblo: la Alianza que hizo con Abraham, con Noé, con Moisés, la Alianza de Cristo y su Iglesia, que se rememora en el Matrimonio. Puede decirse que, en nuestro suelo patrio, también se han producido Alianzas, representadas en los personajes de esta cripta. Quizás ellos son héroes, y recuerdan gestas históricas, pero la gesta de vuestro Matrimonio se representará más en el sacrificio diario de momentos como el día de ayer que en gestas heroicas de castillos inexpugnables.

Y hablando de castillos, tenía unos cinco años cuando leí una poesía con un relato de Reconquista que me impactó. Después de la beatificación de los mártires en Roma pensé que me serviría aquel relato para este día y comencé a buscarlo. Tardé más de un año en encontrar el libro de donde lo había leído. Narra en bella poesía la historia de Hernán Pérez, un soldado de Isabel la Católica que, en el cerco de Granada, en 1492, salta los muros de la ciudad para clavar una daga en una de las puertas de la mezquita mayor con unas letras en las que se lee AVE MARÍA. A partir de la batalla que se formó para recuperar el cartel, Garcilaso de la Vega, puso en su escudo de guerra, la imagen de la Inmaculada.

Fernando, la vida es una Reconquista continua, como la de tu santo patrón: San Fernando. Reconquista de la gracia perdida por el pecado original y rescatada por la sangre del Dios hecho niño, y muerto en Cruz; reconquista por mantener limpio y ordenado el castillo de mi casa, de mi día a día, de mi vida. Reconquista diaria de la amistad matrimonial, de esa amistad que se va fraguando y que se hace mucho menos sentimental que en el noviazgo, revistiéndola de voluntad y sacrificio; reconquista también, del entusiasmo del principio, del entusiasmo en el trabajo, aunque cada día cueste más enseñar algo, que muchos de la familia, somos profesores, entusiasmo en la educación de los hijos: hoy, que todo el mundo se cansa, los padres, los niños y los profesores.

Como Garcilaso, que sea la Inmaculada del Cielo, tu verdadero escudo, y la Inmaculada de la tierra tu única espada: la que te defienda, la que te dé fuerza, cuando te haga falta, seguridad cuando no la tengas, temple cuando sea mejor esperar que dar el golpe; la que te anime en las dificultades de la vida, en la enfermedad, en las penas: Inmaculada sea tu espada, y el blasón, la Inmaculada Concepción.

En segundo lugar, quisiera enmarcar esta celebración en la capilla que nos encontramos, no por casualidad, cerca de Jesús Sacramentado, al que has acompañado tantas noches de Adoración Nocturna, en el mismo lugar donde hicimos la Primera Comunión… quisiera decir unas palabras a vuestros papás: de los padres se hereda el amor, y también la tradición… una tradición católica que comenzó con Recaredo y San Hermenegildo, con San Fernando y con Lepanto, en estampas de historia, desde Santiago en Clavijo hasta el emocionante diario del abuelo en la División Azul… A ellos, junto a San Juan Bosco, bajo la intercesión de María Auxiliadora, les pedimos por tantos jóvenes que pasan por vuestras aulas: que os ayude a transmitirles lo mejor de vosotros, la educación en los valores cristianos que formaron Europa, esos valores que movieron a los cuatrocientos noventa y ocho mártires del siglo XX, a dar su vida por Cristo. Que sepamos dar la vida, poco a poco, cada día, por aquellos que lo necesiten a nuestro lado.

Tradición y educación que hoy se juntan en este Sacramento del Matrimonio y a ello debéis colaborar con vuestra oración, con vuestro apoyo y consejo para que ambos sepan ser fieles al SÍ de hoy, un sí que tiene que fructificar en hechos concretos de cada día y que no debe ser ahogado por el ritmo laboral de nuestro mundo. Que les quede tiempo para perderlo juntos, para rezar juntos, y para pasarlo con vosotros. En este momento tan importante para ellos, y en su nombre: GRACIAS A LOS CUATRO por haberles dado la vida y por haber hecho posible que llegáramos hasta aquí.

¡Inmaculada! Me podría estar hablando contigo unas horas. No todos los días se casa una hermana… Ya solamente queda una. Pero solamente te diré alguna cosa. Las demás se quedan para otros momentos. Para Fernando hemos dicho virtudes de Reconquista, de constancia, de fidelidad y de trabajo. Y para ti, para ti las virtudes de… ¿quién nos falta? Las virtudes de San José. En la Sagrada Familia, referente y modelo de todas, cuando José tuviera un problema acudiría a María. Así debes hacer tú. Cuando algo no veas claro y se complique el día: acude a María.

Que el santo te dé su sencillez, su humildad y su pobreza. La sencillez te hará ser sincera, sin complicaciones, sin falsedad, sin doblez: clara, concreta, que cuando quiere algo lo pide, cuando prefiere otra cosa lo dice, sin necesidad de esperar que se lo adivinen; la humildad te hará paciente, que sabe que hay más alegría en dar que en recibir, en perdonar que en juzgar… que muchas veces puedes ser tú la que se equivoca y que la humildad ayuda a reconocerlo, primer paso para corregirlo. Y la pobreza te hará alegre, pero me parece que de esto no hace falta que te diga nada, porque hoy empieza a ser fácil vivir en pobreza. Que pongas tu ilusión, tu tiempo y tu gozo en santificarte con tu esposo, porque nacemos para ir al Cielo, nos casamos para ser santos: los dos, y del todo, santos de altar, de peana y corona: sean los hijos vuestra corona y los alumnos la peana; y que sea verdad que con una catalana y un toledano, podemos, gracias a Dios, decir rezando: TANTO MONTA, MONTA TANTO.

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