¡Hasta el Cielo, Julia!

Querido Juan, con el permiso de la familia, quisiera repetir las que casi fueron últimas palabras de Julia en la residencia. “Gracias Juan por todo lo que me habéis cuidado y por lo bien que lo habéis hecho”. Sabes mejor que yo lo que significa que una señora de noventa y nueve años, soltera, diga eso justo antes de morir. Que Dios te lo pague. En ese gracias quisiera incluir también a María Perona, a D. Pedro, a Carmen, a Sebastián y a su madre, y a todos lo que hacéis posible en Santa María ese pequeño milagro de la residencia, de día y de noche. Bien como trabajo directo, bien cuando se os llama para hacer algo. Cada uno sois un escalón más de esa casa que cuida y cobija a nuestros mayores. Cuando uno da la vida de golpe es un héroe, pero cuando la da cada día, cada noche, poco a poco, con miles de detalles, suyos y de los que viven con ella; de las que trabajáis ahora y de las que habéis pasado en algún momento, gracias a todos.

En segundo lugar, pido a Dios en esta Santa Misa que todos los hermanos que estamos aquí, con los que viven lejos o cerca, seamos capaces de tener un cariño, una armonía y una cercanía como la han tenido ellas toda la vida; que como decía Petra seamos capaces de hablar las cosas sin ser tajantes, sin soluciones drásticas y precipitadas. Es hermoso ver cómo conviven los hermanos unidos. Chiquillos que me escucháis, tomad ejemplo de las abuelas; y los mayores, que sé yo que os queréis mucho, mantenedlo siempre así, pase lo que pase. Los padres se van. Los hermanos se quedan.

A la Virgen de la Piedad, que nos preside, en este año de la Misericordia, le pido, en primer lugar, perdón por mis faltas y pecados y por las de todos. También por si Julia tiene algo que purificar; pero sobre todo le pido que cuando vuelva con su Hijo glorioso en su segunda venida, llevándolo en brazos como aquí, o de la mano chiquitín como en Nazaret, podamos recoger la corona merecida a todos aquellos a los que Él dijo: “Venid al Reino preparado para vosotros, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis”. Así de sencillo, tantas veces, tantas noches, tantos días. Que sepamos practicar las obras de misericordia, no solamente con los de lejos, sino también con los de casa. Con los que vemos todos los días.

Y se terminó la ceremonia, con el Rosario camino del cementerio, y con el aviso de que aquellos que lo deseen, bien por tradición, o por convicción y Fe, recuerden que el Miércoles hay que comer un poco menos y hacer vigilia, como dicen por aquí. Que la Misa y la imposición de la ceniza será a las 7, para que puedan acercarse los que acaban tarde de trabajar.

Petra me daba las gracias, Montse lloraba, su hija me ayudó a Misa, y otra vez, cada uno a su trabajo, dando gracias al Cielo de una tía de tantos años. De una Duvi tan cariñosa, de una madre y hermanos, que aunque muchos en Ibiza tenemos en el corazón como aquél que le arrancan algo. Que todos sabemos lo que cuesta venir, y mucho más, lo que cuesta irse.  A tantos kilómetros de la tierra que os vio nacer os pido: rezad por mí, y gracias por haber venido. Hasta el Cielo, Julia.

 

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