Las Tres Llamadas

Acabábamos de estar más de once horas de pie, a paso lento, por la Via de la Conciliazione, en Roma, después de presenciar y participar en la Santa Misa de canonización de San Juan Pablo II. Un regalo del Cielo haber podido ir con mi hermano Ignacio y mi cuñada Montse. Juan Pablo, el sobrino mayor, y su familia toda lo veían desde otro punto. En medio de aquella turba de polacos y público internacional, cerca del Vaticano, tres sillas vacías y una mesa en una terraza. No habíamos comido nada pero me dormí. Como hoy, sólo pude dormir cinco horas. Habitual en el ministerio sacerdotal. Tampoco sé por qué, pero acabas durmiendo muy poco. El camarero trajo la carta. En Italia es fácil elegir. No sé cuánto tardaron porque ME DORMÍ en la calle.

Hoy, meditando sobre las tres lecturas de este domingo, recordaba ese día. Es día en que el Vicario de Cristo, el del Año de la Misericordia, el que ve la caridad por encima de la regla, como Santa Escolástica, el que se la juega y arriesga porque se atreve a decir: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”, ese Papa, Francisco, el Francisco de todos, de los que tenemos Fe y de los que no, de los cristianos y de los judíos; el que se encuentra con el patriarca ruso en lo que será la entrevista más significativa para la Iglesia de hoy (y si no, al tiempo)… Ese Papa estaba diciéndole a Dios que Juan Pablo II fue un santo. Estaba atando en el Cielo, lo que la tierra tenía claro. A él, al santo que me besó la frente le pido que seamos todos capaces de escuchar las llamadas de Dios.

En las lecturas de hoy hay tres llamadas. En la primera, el profeta Isaías nos invita a estar dispuesto al envío. Hay veces que solamente hay que decir como él: “Aquí estoy, mándame”. Y otras, “¡Ala Señor, la que me has mandao! vente que yo me voy”, pero estar, como la Virgen Madre al pie de la Cruz es parte, no sólo del ministerio, sino también de la vida. El Señor nos envía en su nombre, aunque muchas veces, como me decía un buena amigo de Pinarejo ayer: “cuanto más te definas con voluntad propia, más gente tendrás en contra; pero si lo que quieres es ser justo, entonces todos estarán en contra”. -A Jesús le pasó igual, así que, habrá que implicarse. Y contestaba: “Uy, y sin implicarte. Sólo hace falta que te manifiestes con criterio propio para que por lo menos el cincuenta por ciento esté en contra. Tienes un oficio difícil, porque si intentas justificarte ante los que están en contra, el otro cincuenta, también se pondrá en contra”. Y éste muchacho qué sabrá de ser cura… Pero sí, a veces pasa.

El Evangelio dice que hay que dejarlo todo. Está claro que TODO es todo. Tu propia familia, tu casa, si es que tienes, tu coche no porque te va a hacer falta, tus aficiones, tus amigos, tu pasado, tu presente y hasta tu futuro, tu opinión, tu tiempo y tu sueño; todo en manos de Dios. En el Corazón de Jesús para ser capaz de remar mar adentro. Conformarnos con lo de cada día, lo que se ha hecho siempre y ya está, con los que vienen y punto, sin pensar qué pasa con los dos bancos vacíos de hoy, sin pensar en aquella madre que lleva dos semanas sin venir con sus hijas, sin llamar a la del último banco que se piensa que no la ves, aunque sea alta, sin ayudar a ese chico que suspende, a una familia que ha perdido el padre hace poco, es decir, conformarnos sin profundizar, no es posible en la Iglesia de hoy. Cuidado con mi comodidad, me digo cada día. Cuando no hacemos una redada de peces grandes decimos que otro recogerá los frutos, cuando no trabajamos decimos que no todo el mundo tiene la misma capacidad de trabajo (puede ser cierto, pero lo dicen todos los vagos; como que la belleza está en el interior es verdad, pero lo piensan los feos), eso puede ser comodidad…

Hay que preguntarle a Cristo. Ese es el único problema: Jesucristo. San Pablo lo dice y lo repite: “según las Escrituras”, “según las Escrituras”. A veces nos predicamos a nosotros, predicamos nuestros criterios, nuestros miedos, nuestra dignidad herida, nuestra soberbia (por lo menos la mía), nuestra ira incluso. Le pido a Dios hoy que no sea impedimento del seguimiento de Cristo en aquellas personas que el obispo ha encomendado a mi ministerio, ni para los que piden consejo en la dirección espiritual, ni para mis hermanos Misioneros de Cristo Rey, que algunos días se les extraña tanto, ni para mi familia, que sea a Cristo a quien siga y que nadie, ni uno solo me siga a mí, sino a Jesús. No tengáis miedo de seguirle. Aunque no seáis religiosos, ni nada por el estilo, aunque tengáis poca Fe o a veces parezca que ninguna, pedirle hoy ser capaces de seguir a Jesús y vivir como el vivía, que eso nos lleva al Cielo. Nada más. Jesucristo.

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