101 años: Amador Olivares

Lluvia fría de invierno destemplado. Ni nieve ni grano. En el cementerio de familiares un puñado, paraguas, viento y el rostro helado. Lágrimas, dolor y llanto por otra vida que se marcha a presentarse ante Dios. Solo, sin nada, su corazón, sus obras y quizás, sí también, su memoria.

Gracias al Cielo sean dadas por dos cosas. Tener una familia tan larga, y una vida de más de un siglo. De aquellos, todavía, que lo pasaron tan mal, y que nadie sabe hasta cuánto porque no quisieron contarlo. Nos metimos en algo de lo que en salir tardamos harto. Y yo me pregunto: “¿Después de tanto? ¿qué importa? ¿qué queda?”. Hay tres cosas importantes ahora. Ante el cuerpo presente de padre, ante la caja y unas pocas flores importa realmente y, solamente, si hay vida después de la muerte. Algunos piensan que sí, otros que no, otros dicen que no lo saben, pero los cristianos rezamos: Creo que la resurrección de los muertos. Desde niños, desde el colegio.

Hoy,  también importa, si somos capaces de reconocer que no todo lo hacemos bien, que tenemos algo que perdonar. Que estamos diciendo la Misa por Él, para que Cristo tenga misericordia de nosotros, y porque también nosotros nos equivocamos, hacemos pecados. Por eso pedimos misericordia para todos.

Y, por último, para un hijo de Santa María importa si su amor a la Virgen del Amparo, ha sido sólo folclore, o tradición heredada, o Fe que arraiga. Porque si es solamente lo primero nos da igual una jota que una sevillana, una copa,  la guitarra y alguna copla. La fiesta, la charanga, el salir a la calle y tomar algo, el baile y a casa. Si es tradición heredada con la muerte se acaba y que lo siga mi hija, o a quien le caiga, sacamos a la Virgen porque siempre se ha hecho, le gritamos vivas porque lo hacía mi abuelo, pero ¿sólo eso? ¿de verdad? y no es poco, es cierto. Pero falta algo. Si es Fe arraigada, entonces nuestra vida responde a la enseñanza. Su ejemplo, el de María, la Madre de Cristo, empuja y engancha. Es Fe arraigada en el corazón y en el alma, y hoy, fruto de una larga charla, de esa oración de la abuela que canta y a la ermita baja. La que le cuenta su vida, le pregunta, le reza… sencillamente le habla. ¿Es nuestra vida ejemplo de amor a la Madre de Cristo cuando salimos del pueblo? ¿Influye su cariño en nuestro hablar, nuestras decisiones, nuestras luchas diarias? Hablemos durante el día con la Virgen del Amparo.

Sí, pídele por tu abuelo, por tu suegro, por tus cuñadas, tías, hermanas. Por tantos que necesitan esa Fe y su Esperanza. Que nunca pensemos que se queda el amor en esta tierra de una Madre que en la Cruz nos da su consuelo. La misericordia, el perdón, y sobre todo, la Gloria. Pidamos por Amador, por los suyos, por su alma. Pidamos por este pueblo, su tradición y fervor. Que no pueda decir nadie que venimos por costumbre, porque lo dice tu madre, o por que sí ¿quién lo sabe? Que vengamos a ofrecer, a Cristo que en pajas yace, o a los pies de la Cruz, o en los brazos de su Madre.

Adiós familia grande, gracias por vuestro viaje. Recuerdos dad a mi tierra cuando volváis esta tarde. Nosotros nos quedaremos con los vuestros, los vivos y los muertos. En el pueblo de siempre, con la Fe de nuestros padres, hasta que Cristo vuelva, hasta la resurrección de la carne.

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