¡Francisco, hermano, ya eres Mexicano!

No sé qué es más importante. Que Andrea Tornielli haya publicado ya “El nombre de Dios es #misericordia”; que se hayan abrazado, mil años después el Patriarca de Moscú, Kiril y el Papa; o todo lo que puedan darse mutuamente el ferviente pueblo mexicano, semilla de mártires y de cristianos fervientes. No sé si ustedes conocen muchos de aquellas tierras. Yo sí. Todos tienen algo especial.  Quizás es el amor a la Virgen de Guadalupe, a la que le pido no irme al Cielo sin visitar, no sé si es que tengo suerte, o si los peligros ciertos de las calles, hacen que el resto se enfervorice. Sea lo que fuere, quiero empezar diciendo: ¡Viva México!.

La Virgen dijo en Fátima, “Rusia se convertirá”. Desde que soy chico rezo en el Rosario “por la conversión de Rusia”. Así me lo enseñaron mis padres, porque ya lo hacían mis abuelos. Aquello parecía imposible, era como pedir un milagro cada día. Cuando Juan Pablo II empezó a hablar de esas cosas, nadie le hacía caso. Eso sí, muchas personas de la Iglesia, con una especia de acedia extraña, que no puede llamarse envidia, porque si alguien tiene envidia al Papa, lo que le pasa es que es tonto; desprestigiaban cualquier paso que se diera en ese sentido. Ahora ya no se ve tan lejano. Como me decía hace años una buena amiga: “Tu Iglesia y la mía son la misma”. Ella era ortodoxa. Algunos dirán: “¡Qué confianzas!”, pero lo importante no era el “tú” sino la “Iglesia”. La Iglesia es universal, llegará a todos, y al final, seremos parte de un sólo rebaño con un sólo pastor, como quería Jesús. Rezo para que llegue ese día, que muchos veremos.

El libro del Papa sobre la misericordia me ha entusiasmado. Lo compré el jueves y creo que hoy lo termino, si me dejan tiempo los entierros, obra de misericordia, ésta de enterrar a los muertos, que practico asiduamente, en estas tierras conquenses. Lo curioso del tema es que nos impacte a los sacerdotes un libro del Papa que habla de la misericordia cuando la liturgia de la Santa Misa está plagada de oraciones que nombran la misericordia. Quizá no la vivíamos lo suficiente, quizás habíamos resaltado otras cosas, o qué sé yo. El caso es que de este libro destaco dos cosas. La primera el profundo espíritu jesuita de este Pontífice. Y la segunda la necesidad que tenemos de vivir lo que dice.

Empezaré por la segunda. Para muchos este libro no supone nada porque bien seguro que piensan que lo que dice “ya lo sabemos”. Y ni siquiera lo van leer. ¡Qué triste! Son los que más lo necesitan. Es cierto. Hay muchos que piensan que este Papa no es para ellos. Es cierto que es, sobre todo, el Papa de los que no tienen Fe, porque pocas veces nos atrevemos a llegar a las periferias de la Fe, no solamente referidas a la pobreza, sino al mismo intelecto. No nos atrevemos a dialogar con los que tienen lejos su mente de la nuestra o su corazón. Él nos da ejemplo en esto. Llegamos al extremo de hablar mal de lo que hace o dice. Toda la vida explicando en seminarios y congresos que el Papa es el Vicario de Cristo, que es infalible, que el que obedece nunca se equivoca, que si “Roma locuta, causa finita”, y ahora, ahora resulta que éste en concreto no nos gusta. Que si esto no hacía falta, que si el lavatorio de pies ha perdido el sentido… Pero vamos a ver: “¿Usted sabía el sentido del lavatorio de pies?, ¿Usted sabe lo que significa: amaos unos a otros como yo os he amado?”. Me he cansado de explicar lo evidente. Parece que los que más saben menos te entienden. Atentos al “de los que son como ellos es el Reino de los Cielos” porque resulta que en los pueblos te entienden, y los catedráticos titubean cuando te escuchan. O nos ponemos a seguir al Papa, que es Cristo en la tierra, a hacer lo que hace y a decir lo que dice, o han sido inútiles quinientos años de historia de la Iglesia. Me parece que lo que les pasa es que pertenecen al grupo de los que “están acostumbrados a juzgar a los demás desde arriba, sintiéndose cómodos, quienes por o general se consideran justos, buenos y legales, no advierten la necesidad de ser abrazados y perdonados”.

Sí que es cierto que este hombre te sorprende, como cuando prepara un viaje a España por Santa Teresa y se va a República Centroafricana pero, ¿de verdad que no lo sabíais? Cuando me decían: “Vamos a ir a Ávila con el Papa”. Yo les decía, lo de Ávila puede que sí, pero lo del Papa, creo que no vendrá. “Pero si lo ha confirmado la Santa Sede”. “¡Ah, bueno!” Lo malo es que luego, cuando se suspende el viaje, no puedes ir diciendo a los que te hablaban, “lo ves”, “ya te lo dije”. Quizás sea porque viví muchos años cerca del Padre José María Alba, y me acuerdo de tantas cosas que he escrito un libro, junto con otro sacerdote misionero de Cristo Rey, sobre sus enseñanzas. Un día se lo resumo por aquí. Pero ese conocimiento me hace saber hasta lo que va a hacer o decir el Papa. Es jesuita hasta la médula. Ese gesto de llevarse la mano al pecho cuando le sobreviene un mal pensamiento sobre alguien y tocar la cruz (página 36 “el nombre de Dios”) se lo veía hacer al Padre Alba muchas veces. Viene del examen particular de San Ignacio, explicado en el libro de los Ejercicios. Decirle a otro si “tiene deseos de tener deseos”, que San Ignacio decía a un hermano preguntándole si quería ser santo, y el Papa lo refiere a un pecador de arrepentirse, son rasgos tan jesuitas como nombrar a Royo Marín, aunque a algunos les disguste. Es un Papa jesuita. Si no lo entiendes, estudia y ama. Te hace falta.

Y ahora, que acaba de llegar a México, vamos a disfrutar de su viaje, de lo que explica, de lo que hace y dice. De lo que se queda México de él y de lo que vamos a rezar por él. El espíritu de Francisco, del Santo de Asís y de este Papa, nos empape a todos. Que su ejemplo cunda, y que todos, más conservadores o menos, más apostólicos o más monásticos, los que se dejan llevar por la teoría del espejo siendo tan rigoristas con los demás como laxos con ellos mismos, todos, de una vez por todas, vivamos el apostolado diario, como una tarea entusiasmante que, sin hacer mucho ruido, cala en las gentes que tenemos encomendadas, hasta el punto de volver la mirada a Cristo, recibir los Sacramentos y llenar el corazón de Dios, y si puede ser “llenar la Iglesia” porque el bien cuanto más universal es más divino. Y si a alguien no se le llena, que rece, que espere, y si se atreve, que se plantee por qué.

¡Viva el Papa! ¡Viva México!

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