Santo, tardón, ignorante o cabezón

     Tengo un buen amigo que me ha recomendado escribir más despacio. Es decir, sintetizar menos: utilizar más palabras para decir menos ideas, porque algunas se pueden interpretar mal. Sin embargo tengo otros que dicen que cuanto más diga en menos palabras mejor. Dicen también que hoy la gente no lee ni Harry Potter, que no hay tiempo al ritmo que lleva la vida. También dicen que estas cosas a nadie le importan porque nadie quiere ser santo. Que la gente tiene otros problemas.

     Esto puede ser debido a la multiplicidad de noticias. Digamos que el Papa dice algo en el avión y nos pasamos toda la semana dando vueltas a lo mismo. Ignorando casi totalmente el resto de discursos de toda la visita a México. Eso puede ser porque somos simplistas o porque nos hemos hecho periodistas de la religión (con minúscula). Este artículo ni es para un santo ni para los que no tienen Fe o la tuvieron y la han perdido. Es para los cristianos de a pie. Los de toda la vida y los de “de vez en cuando”.

     Se me ocurre que, dado que estamos en Cuaresma, podríamos preparar ustedes y yo, una buena confesión. En realidad, cuando acabe este artículo, me sentaré a confesar en la Parroquia, aunque comprendo que a algunos les queda lejos. También puede ser el domingo o el viernes que viene, o el jueves en el pueblo vecino.

     Bromas aparte, creo que hay cuatro tipos de personas que no confiesan. Los santos, porque no tienen pecados, ni hacen nada malo, ni tienen tiempo para pensar que puede ser posible que quizás, algo de lo que ellos están seguros en su actuar diario, está haciendo daño a otras personas. No tienen tiempo de examinar su conciencia. Se trata de un santo “encantado de conocerse”, de esos que todo lo hacen bien, como los doctores de la ley de los tiempos de Jesús. Quitamos a la Virgen de su peana y los ponemos a ellos. Les rezamos una novena y los sacamos en procesión para la fiesta.

     Algunos dicen que no confiesan porque siempre dicen lo mismo; esto puede ocurrir porque no nos examinamos bien, o porque no nos damos cuenta de que Dios va trabajando nuestras vidas, casi sin que se note. Es decir, que siempre es el mismo pecado, pero no de la misma manera. Es cosa que debe juzgar Dios. Podríamos decir que quien dice eso es porque no es santo, pero sí santitos. Porque como siempre son los mismos pecados, o no hace falta repasarlos, ni corregirlos, ni mirar si tenemos algún otro.

     Un segundo tipo son los tardones. Los que llevan años sin confesar. La solución es bien sencilla. Cuesta lo mismo volver que marcharse. Son los que dicen que se confiesan con Dios (algo que yo también hago) porque cuando el sacerdote da la absolución, es Cristo quien perdona; los que les da vergüenza, lo cual es bueno, porque más vale avergonzarse que ufanarse… Son comodones, porque como para confesarse a veces hay que dejar lo que estás haciendo, desplazarse, arrodillarse y reconocerse pecador… pues es más cómodo no hacerlo o dejarlo para mañana.

     Hay un tercer tipo. Los que dicen que no sabían que era pecado, como la pobre señora Maestre que no sabía lo que era un Altar. Hay que explicárselo a la mujer. Quizás nadie lo ha hecho nunca. Es cierto que hay personas que no saben lo que es pecado y lo que no. La formación cristiana ya no está en las familias, pero es fácil preguntar lo que se duda, y asunto solucionado. Otros dicen que no saben confesar. Yo les digo que no pasa nada. Que yo sí que sé y que les ayudo. También pueden decir que el sacerdote no se pone a confesar, que está muy lejos… Esto ya son excusas que para la Cuaresma y el año de la Misericordia no sirven.

     Los últimos son los cabezones. “Yo no me confieso porque no me da la gana”. -Vale, señor. Tranquilo. Solamente se lo estaba ofreciendo. Como hace todo el mundo que ofrece de todo.  “No tengo oro ni plata, yo le ofrezco lo que tengo: el perdón de Dios”. A estos es mejor que pase el tiempo, porque hacen como un pulso y se dedican a meterse con los que confiesan y a desprestigiar. Hay muy poca gente que no confiese y que, en cambio, no se ponga a hablar de la confesión o de sus pecados cuando se encuentra contigo en un bar.

     Es curioso constatar que la presencia de un sacerdote en cualquier sitio no deja indiferente a nadie. Todo el mundo se gira, opina, habla, te insulta o te pregunta, aunque sea carnaval y la sotana sea lo más normal del centro comercial y solamente estés comprando leche. Algo tienen que decir. Me hacen hasta fotos comprando. Indiferentes no se han quedado. Por algo será.

     Si alguien se lo está planteando, y no es de ninguno de esos grupos, sea por lo que sea, que aproveche la ocasión para hacer una buena confesión. Ya no nos da tiempo de prepararla. El sacerdote os echará un cable. Sursum Corda, el alma se llena de gracia, se alegra el corazón. Santa Cuaresma. Dios les bendiga+.

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