¡TRANSFIGURANOS SEÑOR!

El Evangelio de hoy fue el primer fragmento de la Sagrada Escritura que prediqué. Hace ahora unos quince años, en el seminario Mater Dei de Castellón. Recuerdo con cariño aquellas clases, aquellos compañeros (Reinel, Helter, Jordi, César, Jaime, Enrique, Tomás, Juan Francisco), ¡qué bien lo pasamos! ¡cuánto estudiábamos! (menos la semana que te tocaba de chófer, que podías hacer de todo menos estudiar).

Sin embargo, entonces no me di cuenta que las lecturas del oficio divino de hoy, sábado, y de mañana domingo, narran la salida del pueblo judío de Egipto. La esclavitud de aquellos tiempos en Egipto se ha tomado como un ejemplo de la esclavitud del pecado. El texto sagrado narra que Dios tenía miedo de que el pueblo quisiera volver a Egipto. La vida fácil de trabajar sin libertad, de comer cebollas y tener agua y sombra, la preferían a la libertad.

Aquellos que se murieron en el desierto fueron castigados por Dios porque soñaron con Egipto. La tierra prometida, que es imagen del Paraíso, viene después del desierto. Hay un tiempo de renuncias, de sacrificios, de trabajos diarios, que constituyen este valle de lágrimas, pero que tienen la recompensa del Cielo.

De igual manera, la Transfiguración, es también una antesala de la Resurrección. Muchos buenos cristianos no creen en la resurrección, y este relato puede ayudarles a entender que no todo en la vida es explicable, si no es considerando también la otra. Cuando quitamos algunas verdades de Fe, no podemos entender el resto. La resurrección es una de ellas. Mientras tanto, mientras no llega el momento de rendir cuentas ante Dios, debemos ir transformándonos con la ayuda de Jesús.

Poco o poco, sin agobios, sin prisas, pero sin pausas. Si cada año desarraigásemos un vicio, presto seríamos perfectos, dice el libro de “La imitación de Cristo”. Por ese motivo, es un buen momento en la Santa Misa del día, pedirle al Señor que transfigure aquello de nuestro corazón, nuestra alma o nuestra vida, que no sea conforme a la voluntad de Dios para nosotros. “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Quizás no convenga cambiar todo, pero sí algunas cosas. Quizás solamente una. Porque puede ocurrir que nos demos cuenta de lo que hacemos mal, pero nos falte fuerza para levantarnos. Lo importante es seguir luchando, como ha dicho el Papa: no permanecer caídos. El problema de la vida cristiana es tirar la toalla. No hay que rendirse. Como el camino de los judíos por el desierto fue largo, larga también puede ser la lucha contra cualquiera de nuestros vicios. Sin embargo, el día que dejas de luchar, el diablo te ha vencido.

Moisés aparece con le ley en el monte de la Transfiguración, pero junto a Jesús, que es quien nos ayuda a cumplir esa ley. Puede parecernos difícil cumplirla, o muy amplia, o muy ambigua en según que circunstancias, pero con la gracia de Dios, no sólo es posible sino fácil.

San Pedro se quería quedar en el monte, y aunque dicen que “no sabía lo que decía”, bien seguro que sabía que estaba bien, junto a Jesús glorioso. Es cierto que se está bien con Jesús cuando van las cosas bien, pero hay que saber seguirlo en la Cruz para poderlo seguir en la gloria. Pidamos luz en esta Cuaresma para ver aquello en lo que tenemos que ser transfigurados, y hasta que no le dejemos obrar a Jesús, quedémonos junto a Él, hasta que sea posible el cambio. Feliz domingo. Y si no tienen nada que corregir, recen por mí, cuando estén con Jesús.

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