El terreno que pisas

En la primera lectura leemos el relato de la zarza que arde sin consumirse. Moisés se acerca, como deberíamos nosotros acercarnos cada día a quien es Luz de luz, para acertar lo que quiere para cada nueva jornada. Sin embargo, de repente, la zarza le habla. “Descálzate: el terreno que pisas es terreno sagrado”. La importancia de lo sagrado, de la infinita distancia entre nosotros y Dios, se está olvidando.

Ante tantas afrentas a la Fe, a Dios, a los santos, a las procesiones, al Santo Padre, debe aclararse un término. Hay veces que te dicen: “Imbécil, ¿no tenéis que poner la otra mejilla? Se sabe de sobras que nada le importa a esta persona el mensaje evangélico. Sin embargo, con toda la educación del mundo, debemos contestar que nosotros hemos de poner la otra mejilla, cuando el insulto es personal. Es decir, “Antonio María es tonto”, y si Antonio María se calla (cosa que no pasa siempre aunque sí a veces) y espera que le llamen “sinvergüenza” (cosa que también ha pasado) está poniendo la otra mejilla, pero si Antonio María responde “quizás el tonto eres tú” no se está comportando como un cristiano. Sin embargo, si el insulto es al sacerdocio, a la sotana, a la iglesia o al Papa, la callada por respuesta puede ser lo más inteligente por aquello de “no echar margaritas a los cerdos” pero no por poner la otra mejilla, porque no podemos poner la otra mejilla de Cristo, ni debemos poner la otra mejilla de la Iglesia. El pueblo espera que el sacerdote defienda la Fe. El pueblo debe saber que lo hará. De lo contrario, ¿quién habría de hacerlo? El silencio puede ser pecado de omisión, de comodidad, y si hay alguien que por carnaval se disfraza de la Patrona, o insulta al Padrenuestro, o cualquier cosa semejante, debe ser defendido Dios y su santa Madre, porque no solamente se está atacando a “los católicos”, sino también a Dios mismo. La libertad de expresión termina donde empieza el respeto a los demás. Si ofenden a tu hermana delante de ti, debes salir en su defensa y no poner la otra mejilla; mucho más si es a la Virgen Santísima o a las procesiones de tu pueblo. Espero haberlo explicado claramente.

Pero no pisar lo sagrado no implica alejarse, sino permanecer allí, con actitud humilde, que ese es el sentido de descalzarse, diciéndole al Señor que escucho lo que va a decirme, que estoy dispuesto a servirle en lo ordinario de cada día. Pidiéndole que llegue también a los que le desprecian y añadiendo la súplica de que sus ministros no seamos estorbo sino camino hacia Él.

Muy hermoso y significativo es el relato de la samaritana, junto al pozo. Es una demostración de que todos podemos estar cerca de Jesús; que Él se manifiesta incluso a los que no tienen Fe  (como eran considerados los samaritanos), a los que llevan una vida irregular, por el motivo que sea (como también le pasaba esta buena mujer). Los apóstoles se extrañaron que hablar con ella, porque no se estilaba hablar con mujeres.

Algo parecido a lo que ocurre ahora. Época en la que vamos de modernos, sin caer en la cuenta que vivimos en nuestra propia casa un machismo arcaico, más propio de Atapuerca que de nuestro adelantado siglo. ¿Le preguntas a tu esposa qué le parecen tus decisiones? No. Machista. ¿La dejas asistir a los actos de culto, o de su descanso merecido? No. Machista. ¿Le ayudas en las tareas de casa? ¿Qué te has creído? Gandul. Tengamos cuidado porque estamos criticando a la Iglesia de antigua y Cristo fue el primero en darnos ejemplo del respeto a la dignidad de la mujer, muchas veces tratada peor que los animales. Quizás también en tu casa, aunque te sea más cómodo mirar para otro lado. No siempre que cualquiera hable con una mujer es para tener relación con ella más allá de la sana amistad. O limpiamos la mirada, o nuestra cabeza refleja con nuestra crítica lo que lleva nuestro corazón, en el fisgoneo más rastrero y común de la telenovela barata. Tengamos cuidado con esto.

Dentro de esa dignidad, heredada en toda mujer, desde la santidad y pureza de María Santísima, ellas están mucho más cerca de Dios; son la base de la piedad y de la Fe de la familia, además de muchas otras cosas. Mujer que lees o escuchas. Aprovecha la disposición a lo sagrado de tu naturaleza. Escucha las palabras que hoy te dice Jesús: “si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber”. Él conoce nuestras debilidades, Él puede limpiar nuestras almas y nuestros corazones.

Por último, hay que tener en cuenta que la samaritana se paró en el pozo. Dejó el cántaro y se puso a hablar con Jesús. ¿Estamos dispuestos a pararnos a hablar con Él? ¿Estáis dispuestas vosotras? en el sin fin de tareas de casa, trabajo, familia. Cuánto más rico tengas tu interior, más puedes aportar a la formación de tus hijos. No tengas miedo. Eres la mejor madre que tus hijos pueden tener, pero pon manos a la obra. Recoge el agua que Jesús quiere darte y ves dándosela a los tuyo, pequeños o mayores, con esa ternura, paciencia y gracia que sólo las mujeres sabéis aplicar cuando más falta hace.

Si tus hijos no quieren a Dios ahora, ten paciencia. El terreno de su libertad es sagrado. Aprende a respetar sus decisiones, pero no dejes de decirles tu opinión. No dejes de sembrar la palabra de lo que les diría la Madre del Cielo. Ellos esperan lo que les digan. Aunque reaccionen mal, allí dentro queda, y cuando vuelvan, allá donde estén, solos, con Jesús, miran al Cielo y por ti, le dan las gracias. No lo olvides, sé santa MUJER. De tu santidad recibimos en la Iglesia el agua que no se acaba. Feliz fin de semana.

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