¿Cómo ayudo a mi párroco?

 

            En los últimos días se ha difundido la noticia de un sacerdote que ha consumido cocaína en una fiesta. En torno a eso mismo, muchas veces, he comentado con compañeros y con feligreses que los sacerdotes son como los aviones: cuando vuelan bien nadie habla de ellos, pero cuando caen son noticia.

¿Quién ayuda a los sacerdotes, no ya cuando caen, sino cuando empiezan a perder altura? Recuerdo una anécdota personal que puede ser iluminativa. Cierto día, a causa de una intoxicación tuve que llegar en ambulancia al hospital de Cuenca. Al cabo de un rato el médico me preguntó: ¿Tiene usted familia? Y le dije: No. ¿Usted ve la ropa que llevo? Ya, hombre -contestó- Me refiero a sus padres. Sí, claro. Mi madre muriéndose y mi padre bastante lejos. -Pues llámeles. Está usted muy grave. -Lo que hay que hacer es llamar a un sacerdote, entonces. Total, que vinieron unos feligreses porque no podía quedarme solo por el riesgo de ahogo. Luego volveré sobre esto.

También ocurre que cuando un sacerdote tiene problemas lo retiran de la pastoral. Pienso, personalmente, que lo que hay que hacer es ayudarle a llevarla a cabo, no quitársela. Salvando casos excepcionales.

Por último, es común pensar que todo se debe a una falta de vida interior. Eso puede ser cierto, pero no se puede separar la vida interior de la vida pastoral. Estaríamos dejándonos influenciar por el racionalismo. Cuando Cristo nuestro Señor actuaba lo hacía como Dios y hombre a la vez. Cuando uno reza encomienda acciones concretas, no cosas vaporosas. Por eso, es cierto que tiene que rezar el sacerdote cuando empieza a tener problemas, y cuando no los tiene, también. Es cierto que hay que rezar por el párroco, por supuesto. Pero estas líneas quieren aportar algunas ideas para apoyar al sacerdote, no sólo cuando tenga problemas, sino también para que no llegue a tenerlos. No sólo en su dimensión sobrenatural, sino en su actividad diaria: porque cuando trabaja, también reza; así como cuando reza, trabaja.

Quizás lo primero sería decirle a todos los sacerdotes que sepan escuchar a los fieles. El consejo de los que viven en el lugar años y años, que conocen a las personas y sus costumbres no debe ser un condicionante, pero sí que es muy bueno escucharlo, y poder aplicarlo, en la medida de lo posible. También es bueno dejarse ayudar. Por aquello de que las obras de misericordia no solamente hay que querer hacerlas, sino saber recibirlas.

Lo primero que puede hacer un feligrés o cualquier persona para ayudar a un sacerdote es facilitarle que administre los Sacramentos. Si un sacerdote no bautiza más que una vez al año, apenas confiesa, no tiene la posibilidad de asistir a la celebración del Matrimonio y nunca entierra, se convierte en una especie de persona sin sentido que, o bien parece un miembro de la ONU, o bien se va convirtiendo en un fraile camaldulense con pocas posibilidades de tratar a los demás en el contexto cultual para el que ha sido ordenado. Resumiendo, que pedirle confesión puede ayudarle a descubrir en él la gracia de Dios, como hizo San Juan Pablo II con aquél mendigo que había sido sacerdote y pedía limosna en el Vaticano. Le invitó a comer y se confesó con él.

En segundo lugar, y no lo digo para mi pueblo, que lo hace a menudo, invitarle a comer o cenar, puede ser un bonito momento para conocer a su feligresía. Algunos dicen que tiene el peligro de ir sólo a las buenas mesas, pero se puede compartir un puchero en la casa de un enfermo de sida, o sentarse en la mesa del Nuncio Apostólico de su Santidad porque se casa su sobrina. Creo que hay que saber estar en los dos sitios. No somos solamente párrocos de los ricos, ni tampoco sólo de los pobres. Se puede cenar con las chicas del coro y almorzar con los trabajadores. La soledad del sacerdote es un problema para el sacerdote que está solo. Lo cual no suele ser común cuando uno puede dedicarse al ministerio.

En tercer lugar, participar en los actos que organiza. La pertenencia a movimientos bendecidos por la Iglesia puede sacarnos de las parroquias, como ha sido advertido el Camino neocatecumenal recientemente. La presencia en la Parroquia, independientemente del carácter, la personalidad, la espiritualidad y el color de la piel o de la ropa del párroco, no solamente es una manera de ayudar sino una obligación a tener en cuenta, dentro de la porción del pueblo de Dios en la que vivimos. Suele ocurrir que criticamos aquello en lo que no participamos. Formamos capillitas que tienen más de sectarismo que de comunión. La catolicidad de la iglesia debe vivirse “ad extra” y “ad intra”. Es decir, para llevar la Fe a los demás, y para enriquecernos de aquello que hacen los demás.

Cooperar de forma activa en las tareas parroquiales como la limpieza, la catequesis, las reparaciones o, sencillamente, aquello que sé hacer, es una forma, más allá que la económica, que también hace sentirse confortado al párroco en algo tan humano, como el simple trabajo que tiene que hacer. Cuando una persona se ve desbordada, no necesita rezar más, aunque eso sea cierto, como decía San Francisco de Borja; cuando una persona tiene más trabajo del que puede hacer, como decía mi madre, hay que ayudarle a hacerlo; y por eso se vino, ya enferma, tres meses a vivir a mi casa parroquial. Enriquece el espíritu ver a los parroquianos tomando parte activa en las decisiones y en las tareas de lo que es la vida parroquial de todos, el día a día de la acción de Dios en cada uno a través de los actos de culto, o de la piedad popular.

Por último, acompañar al sacerdote si está enfermo, como decíamos al principio, o cosas más concretas como aconsejarlo, charlar con él, llamarlo por teléfono, cooperan a que el sacerdote, ser humano, sociable por naturaleza (aunque algunos lo seamos poco), pueda sentirse feliz como vecino, igual que puede serlo cualquier persona del pueblo. Pretender que se encierre en la sacristía, que no participe de las fiestas del pueblo, no ayuda a que viva lo que quiere el Papa con esta iglesia en salida que no se cansa de predicar.

Si algún sacerdote que conocéis tiene problemas, no hagamos leña del árbol caído, no lo critiquemos. Veamos primero si en alguna cosa de las que hemos dicho, o en cualquier otra, podemos ayudarle. O preguntemos a quien puede conocerlo o entender más, cómo echarle una mano amiga, que tanto bien puede hacerle. Eso repercutirá en bien de todos e, incluso, puede ser un deber de caridad.

Artículos relacionados: OREMOS POR NUESTROS SACERDOTES¿De dónde ha salido este cura?“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”

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Un comentario sobre “¿Cómo ayudo a mi párroco?

  1. Reblogueó esto en Se llenaron de inmensa alegríay comentado:

    Estas líneas pueden servir a aquellos que, como mis feligreses de estos pueblos de la Mancha conquense, quieran colaborar ayudando a la Iglesia en la persona que debe ponerlos más cerca de Dios o, al menos, no ser un impedimento para su obra: el párroco. Agradecido por el ejemplo, consejo y ayuda de tantos, les recuerdo en mi oración.

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