El Testamento de Jesús

Hace ya algunos meses, en una meditación que le oí al Padre Iglesias, S.I. citó el libro de Van Thuan titulado El gozo de la esperanza, que contiene el último retiro que este gran cardenal de la Iglesia católica predicó. Allí cita algo parecido al Testamento de Jesús, es decir, lo que Jesús nos deja al morir. Él lo nombra para hablar de la necesaria unidad de la Iglesia, pero el Padre Iglesias desarrolla todo lo que Jesús nos dio al morir. Aplicado a la Semana Santa, repartiendo cada cosa para el día que le corresponde, los pueblos escuchan cuatro homilías de Pasión con una atención, respeto y silencio edificantes. Hay que decir que omito las citas evangélicas y bíblicas para no entorpecer la lectura o meditación de lo que sigue.           

            DOMINGO DE RAMOS: La sangre, sus palabras y sus milagros. 

            Tras la lectura de la Pasión del Señor, puede hacernos bien, meditar que en ella, Jesús nos dio su sangre, y no solamente eso, sino que nos la dio toda. No se guardó nada. El agua que sale del costado, cuando el soldado le clava la lanza, esa lanza que ya no tenía ningún sentido clavar en el pecho de un muerto, pero que le abrió los ojos para que confesara verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios, esa agua, digo, demuestra que ya no le quedaba más sangre. ¿Y por qué quiso derramarla? Para manifestarnos su amor y mostrarnos la malicia del pecado.

La sangre adquiere importancia desde el principio de la Sagrada Escritura, con el sacrificio de Isaac, cuando Abraham mata al corderillo en lugar de a Isaac, y con los demás sacrificios pero, sobre todo, cuando el día que pasa el Ángel exterminador hiriendo a los primogénitos de Egipto, y salva a aquellos que tienen rociadas con sangre de cordero las dos jambas y el dintel de las casa donde están reunidos. Ése es el primer paso del Señor, es la Pascua. De la misma manera que aquella sangre liberó a los israelitas de la muerte sobre Egipto, la sangre del Cordero Pascual, Cristo, nos libra de la muerte eterna provocada por el pecado. Por eso decimos en la Santa Misa: Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La sangre de Cristo no tapa nuestros pecados como con una manta al decir de Lutero, sino que la sangre nos hace santos, por eso a la gracia se le llama santificante. Eso significa que podemos llegar al Cielo y decirle a San Pedro que acabamos de morir en Cruz para ganarnos la Gloria, porque Jesús murió por nosotros, hace nuestra su Pasión, Muerte y Resurrección.

Claro está, que Él respeta nuestra libertad: si no queremos salvar el alma, nadie nos obligará a ello. Hay en la Catedral de Valencia, en la tercera capilla de la derecha, dedicada a San Francisco de Borja, que después de ser Virrey de Cataluña, Marqués de Bombay y Duque de Gandía, entró en la Compañía de Jesús, un cuadro dedicado a un moribundo. La pintura evoca el momento en que el santo, avisado por los familiares que el enfermo moría sin los sacramentos, le presenta el santo Cristo, tras varios intentos de hablarle con delicadeza y recordarle la importancia del momento de la muerte. Al rechazar el hombre girando la cara a Cristo, la imagen desclavó una de las manos del maderito y lanzándole sangre a la cara, se oyó una voz que clamaba: La sangre que no quieres para tu salvación, te sirva para tu condenación. Pidamos en esta Santa Misa que la Sangre de la Pasión del Señor, no sea por nosotros derramada en balde.

También nos dejó Cristo sus milagros. Aquellas gentes lo aclamaban con cánticos, no solamente por lo que les había enseñado, sino, sobre todo, porque les había dado de comer en el desierto, porque había conseguido pesca donde no había, porque había dado la vista a los ciegos, hecho andar a los cojos y resucitado muertos. Quizás aquellos que curó no gritaban ¡Crucifícale! Ni tampoco, ¡A Barrabás! Pero quizás también prefirieron callarse, por cobardía o respeto humano, prefirieron lamentarse sin hacer nada por el que les había salvado. ¡Cuántas veces nos pasa lo mismo! Es triste darnos cuenta de que sus milagros nos acompañan todos los días, de que tenemos luz, algo que comer, familia y Fe; de que podríamos haber nacido en países donde no le conocen y, sin embargo, no nos atrevemos a dar la cara por Él, a decir que somos cristianos católicos convencidos, que le amamos, que le seguimos. Aquellos milagros nos sirven para darnos cuenta de que Jesús era Dios, pero deberían también servirnos para saber que, si nosotros callamos, deberán gritar las piedras, como dijo Jesús a los doctores y fariseos cuando rabiaban por los gritos de Hosanna al Hijo de David. Que como los niños hebreos sepamos dar gloria, alabanza y honor al paso del Redentor, en los acontecimientos de nuestra vida diaria.

Por último, nos dejó sus palabras. Las Bienaventuranzas, todo el sermón de la montaña, las parábolas, y aquellas palabritas que fue diciendo a sus apóstoles: No temáis, soy Yo. Les dijo cuando caminaba sobre las aguas. En las penas de este valle de lágrimas, no debe extrañarnos lo que nos pasa, porque es Él que nos visita con el dolor, con la soledad, con la incomprensión; de hecho, está bien claro que, si a Mí me persiguieron, también a vosotros os perseguirán. No tengáis miedo, nos dice también. Vivimos en un tiempo en el que, ante tanta libertad, hay también mucho miedo. La gente está atemorizada de manifestar lo que cree, cómo vive, cuando reza. Pero las palabras de Jesús son claras: Venid a Mí, todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré. Que hagamos realidad estas palabras, que no nos dé miedo acercarnos a descansar en el costado abierto de su corazón, como hizo el Apóstol San Juan. Nuestro tiempo trae consigo muchos agobios, nerviosismo, stress y debemos tener en cuenta el consejo del Obispo Manuel González: No os canséis de descansar junto al Sagrario.

 

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