El Amor, la Eucaristía y el Sacerdocio

En la Liturgia del día de hoy, Jesús se arrodilla a lavar los pies a los Apóstoles. Hay que tener en cuenta que, en aquellos tiempos, en el pueblo judío, lavar los pies era una tarea de esclavos. El mundo de entonces consideraba a los esclavos como cosas, no podían casarse sin permiso, la esclavitud se heredaba de padres a hijos, se podían comprar y vender y algunos, ni tenían nombre. Jesús se pone a mostrarnos su amor, sirviéndonos.

El Amor tiene un triple escalón por encima de aquél: Ojo por ojo, diente por diente. Se puede amar al prójimo, y prójimo significa aquél que tengo a mi lado, aquél que es vecino, familiar, aquél que me encuentro por la calle, o incluso aquél que vive en mi casa; no hace falta pensar en el prójimo chinito o en los pobres de África; decía que ese amor puede manifestarse no haciendo a otro lo que a ti no te agrada. Esa es la base de la convivencia. Sin embargo, Cristo nos enseña que hay que amar al otro, como si de Cristo se tratara. Dice el Evangelio: cada vez que lo hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis. En realidad, si queremos ganar el premio de la Gloria, hemos de amar a nuestros semejantes como si estuviéramos amando a Jesús; así lo hacía santa Teresa de Calcuta, y tantos otros. Pero todavía hay más. Se puede amar a los demás, como nos a Cristo. Hasta dar su vida. Y hay muchas maneras de dar la vida. Se puede dar poco a poco, día a día… siendo esto, quizás más meritorio, que un sacrificio puntual que pide la vida. Lo que sí que sabemos es que aquél que no la puede dar poco a poco, no estará dispuesto a darla toda del todo y de golpe. Así nos lo enseñó Jesús aquel día al decirnos: Un Mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como Yo os he amado. Y en otro lugar, la Escritura nos dice: En esto conocerán que sois mis discípulos. Es decir, que si no amamos a los demás como nos ama Jesús no somos verdaderos cristianos.

También nos dio el Señor el manjar de la Eucaristía. Ese Jueves Santo se quedó para nosotros real y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Ocurre con la Eucaristía algo así como lo que ocurriría con vuestro párroco, si se organizase una paella para todo el pueblo en las fiestas. El párroco fuera allí a acompañaros y no quisiera comer. Todos le diríais. Pero Padre, ¿no quiere comer? ¿no está a gusto con nosotros? Y él podría decir, – sí, sí, claro que estoy contento, pero no como. Nadie lo entendería y podría parecer como un desprecio. Así ocurre cuando acudimos a la Iglesia y no comulgamos. Es bueno que vengamos, claro que sí, es bueno salir en las procesiones: por supuesto. Pero nos falta, a veces, el valor necesario para confesar mis pecados y poder decir como San Pedro: Maestro, no me laves sólo los pies sino también las manos y la cabeza. Quizás a algunos les parece que no lo necesitan, pero, al menos una vez al año, deberíamos confesar y comulgar. No nos olvidemos de aprovechar el inmenso regalo de un Dios que ha querido ser un habitante más entre nosotros.

Por último, y quizás, en este Año de la Misericordia, especialmente importante, el Señor nos dio el regalo del Sacerdocio. Los sacerdotes tienen que ser como los puentes que nos llevan a Dios. Mirad, en el Camino de Santiago todos los peregrinos pasan por muchos puentes. Hay puentes grandes, pequeños, bonitos y feos. Todo el mundo pasa por ellos, y casi nadie se acuerda después de los puentes, pero han cumplido su función. A lo más, te queda alguna foto en la que sale un puente, pero no sabes ni cuál es. Sin embargo, sin puentes no se hace el Camino. Te quedas a mitad. Para nosotros los sacerdotes deben ser como los puentes que nos llevan al Cielo. Si el sacerdote me sirve de puente, ¡de maravilla!, y si no me sirve, busco otro puente y nada más. No me dedico a criticarlo. Cuando en un puente hay retención o peligro de derrumbe, no es normal quedarse mirando, o criticando dicho puente. La clave está en buscar otro rápidamente. Recemos por nuestros sacerdotes. Para que con los Sacramentos y con su oración nos acerquen a Dios. Recemos por el Papa, tan perseguido en estos días, por nuestro obispo y por todos los obispos del mundo.

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