El sepulcro vacío, la luz y su Madre

IMG_20160310_085213            Las últimas cosas del Testamento de Jesús que nos dejó al morir, y en este caso, al resucitar son el Sepulcro vacío, su luz y la última, dejaremos que sea sorpresa. Que el sepulcro estuviera vacío cuando fueron las mujeres a buscarlo, mientras pensaban quien movería la gran piedra, lo más parecido a una rueda de molino, de las que habría por estas tierras no hace muchos años, es algo fundamental y muy importante. Es la base de nuestra Fe. Porque como Cristo resucitó también nosotros resucitaremos. Igual que el sepulcro de Cristo quedó vacío, también quedará vacío el nuestro, y el que no cree esto no es cristiano. El Camino Neocatecumenal cuando canta el Credo, grita con entusiasmo al decir: Creo en la resurrección de los muertos. Recuerdo que, muy al principio de ser sacerdote enterré a una niña pequeña que había muerto en unas horas con meningitis en sangre. Le dije a aquella madre que podría volver a abrazar a su hija en el Cielo. Esa es nuestra Fe, esa es la Fe de la Iglesia.

Que nuestro sepulcro esté vacío, quiere decir también que no tenemos que empezar a llenarlo desde ahora, ni con propiedades y dineros, como hacen los gitanos. Mirad, la raza gitana, en algunos lugares, hace un hoyo grande y allí pone la cama, la mesita de noche, un perchero, la colcha, alguna foto… del difunto, y después lo coloca allí con cuidado. Nada de todo ello llevaremos al otro mundo. Así que tampoco llenemos el sepulcro con opiniones, como hacen tantas personas que quieren dar su opinión en todo sin que nadie la haya pedido; en el trabajo, en la vida religiosa. Hoy todo el mundo habla mucho, pero poca gente obra en consecuencia, todo el mundo tiene ideas, pero pocos las llevan a la práctica. Tampoco debemos llenar el sepulcro con inquietudes, tristezas sin remedios, debemos confiarnos más en la misericordia de Dios. Él que todo lo sabe y todo lo puede, nos dará lo que más convenga para nuestra salvación. Por último, es común que llevemos una mochila cargada con nuestros pecados toda la vida. Hay que tener en cuenta que los pecados que ya hemos confesado, no solamente están perdonados, sino que no existen. Nuestra alma es como la de un niño recién bautizado. En el Bautizo, padres y padrinos sostienen una vela mientras dicen: Sí, creo; sí, creo; sí creo. Esa luz es la que debemos tener siempre presente, para confiar que es la Luz de Cristo que con su muerte ha vencido a la muerte y al pecado. Que con la luz de su resurrección nos orienta, nos ilumina y nos deslumbra.

La luz deslumbró a los soldados que estaban vigilando. Muchas veces la luz deslumbra a los demás, pero no por ello debemos dejar de ser luz en el candelero, porque no se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino que se pone en el candelero para que alumbre a todos los de la casa. Debemos ser ejemplo de vida, sin miedo a envidias o rencores. Hay momentos en que a las personas les puede saber mal que obremos de una o de otra manera, pero solamente tendremos que dar cuentas en el día del Juicio a nuestro Dios, que murió por nosotros y nos ama infinitamente, y esto debe llenarnos de consuelo. Hay otras veces que la luz orienta sin saberlo, como ocurre con los faros en los puertos. El faro no sabe si hay barcos o no, pero no por ello deja de orientar. Si llevamos una vida cristiana ejemplar, podemos orientar a muchas personas, solamente porque nos vean, sin necesidad, ni siquiera que nosotros seamos conscientes, y Dios que ve en lo escondido nos lo pagará. Además, debemos dejarnos iluminar por Cristo. El Cirio Pascual representa la luz de Cristo resucitado. Que ella nos ilumine en los momentos de duda y vacilación. Hoy sin luz no se hace nada. Muchas veces ni se calienta, ni se cocina, necesitamos para todo, la luz. Que la llama que arde sobre el Corazón de Jesús ilumine como el Cirio Pascual y dé también calor a todos aquellos que se han enfriado en su Fe, o que han perdido el camino.

Por último, nos dejó a su Madre. En aquel momento en que todos tenían miedo, en aquel instante de huída en que se escondieron por miedo a los judíos, nadie se acordaba de que había dicho que iba a resucitar. Solamente la Virgen Santísima, desde el rincón de la humilde casa de Juan, miraría al Cielo, esperando el momento en que su Hijo saliera a su encuentro para mostrarle el cuerpo glorioso recién resucitado.

Como la Virgen, y como aquellas mujeres, deberíamos ser todos testigos de la Resurrección. Hay que destacar, que el Señor también contó con ellas para ser testigos del hecho más importante de la historia, cuando nadie pensaba que el testimonio de una mujer fuese válido para nada. El Evangelio es el primer documento en que algo es avalado por una mujer. Mujeres que me escucháis, no es verdad que la dignidad de la mujer ha empezado en el siglo XX. Cristo fue el primero en considerarlas. Sed fieles en esa misión de hablar de Jesús a vuestros hijos, de ser testigos de la Resurrección del Señor ante este mundo que os esclaviza y utiliza hoy más que nunca. A Ella, a la Bendita entre todas las mujeres, tenemos que acudir, si algún día, como a los Apóstoles, nos parece como que hemos perdido a Jesús, nos parece que no hay nada que hacer en nuestra vida, que estamos desorientados. Que la patrona de nuestro pueblo, la Virgen de las Nieves nos dé entonces el consuelo de la esperanza y que nos mantenga siempre en el convencimiento de que la misma resurrección de Cristo, será para nosotros prenda de Luz eterna.

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