Todo lo estimo basura

pecadora

“Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús”.

Con estas palabras nos recuerda San Pablo que todos los bienes de la tierra no son nada, comparados con lo que vale el conocimiento de Jesús. Ese conocimiento, si se lleva a cabo con profundidad, nos lleva a la imitación; de la misma forma que un hijo imita a su padre, en los gestos, en las palabras, incluso en el pensamiento.

Pero que el apóstol diga que “todo” lo estima en nada, significa que tampoco está dando vueltas a sí mismo, ni a su obrar, ni a lo que hace bien, ni a lo que hace mal. Sucede a menudo que como los mismos fariseos, vamos detrás de nosotros buscando recovecos en los que autoconvencernos de que lo hacemos todo bien, justificando nuestras maldades, o también, sucede más de lo que pensamos, buscando cosas que hacemos mal, sin recordar que el que nos salva es Cristo; sin manías ni agobios, que más encogen la conciencia que agrandan el corazón. Puede ser tan malo lo uno como lo otro.

No juzguéis y no seréis juzgados, dice Jesús en el Evangelio. Pero a nosotros mismos tampoco. Es más importante preocuparnos en el bien que dejamos de hacer en un momento, que pensar en lo que hemos hecho mal. Mirarse el ombligo no trae ningún beneficio. Podemos estar perdiendo la ocasión de hacer el bien a los demás; y si a nosotros no es necesario que nos juzguemos porque ya habrá quién lo haga, mucho menos a los demás. Cuando San Pablo se refiere a la pérdida que es todo, también piensa en los pecados. Ellos no deben hacernos olvidar la importancia del conocimiento de Cristo. Ni siquiera a la mujer sorprendida en adulterio, pecado castigado en la ley mosaica con la lapidación. Es decir, que los que la perseguían pensaban que daban gloria a Dios, matándola a pedradas, como los soldados nazis pensaban que obraban bien obedeciendo a sus mandos militares. No podemos juzgar el obrar de los otros, porque no es nuestro cometido. Hoy hay más medios que las piedras para hacer daño a los demás con nuestros juicios farisaicos. Dejemos en paz a los demás.

Tampoco importa la opinión que tengan de mí. Cuánto más público, más juicios. La gente no sabe vivir sin opinar de todo. Opinamos del vecino, de una noticia, parece que sepamos todos de todo. Creo que tenemos demasiado tiempo desocupado. Si los fariseos hubieran estado en el campo trabajando, o limpiando el templo, no habrían perseguido a esta señora. Pero, bien seguro, querían poner a Jesús en un aprieto. Muchas veces nos cargamos de razones, como si estuviéramos seguros de que Jesús piensa como nosotros. Como si nuestro pensamiento fuese igual que el de Cristo en nuestra misma situación. Creemos que Dios quiere lo que yo quiero. Casi que lo colocamos como pretexto para que se haga nuestra voluntad o para darnos la razón. Cuidado con esto. Le puede pasar a cualquiera.

Por eso hay que meditar mucho en los pensamientos de Jesús, en sus palabras, en sus obras, pero a la luz de la Iglesia, a la luz de lo que nos enseña el Papa, no a la luz de uno mismo, porque para eso está el criterio pontificio, las enseñanzas de nuestros pastores. Sabemos lo que hacía, pero no sabemos por qué lo hacía. Aquí Jesús tampoco condena a esta mujer. Le dice que no peque más, la levanta del suelo, la acompaña con su mirada y le da la fuerza para emprender una nueva vida. El que ayuda de verdad es el que indica el camino a seguir dando la fuerza para seguir adelante. No basta advertir, hace falta acompañar en el camino. Nunca nos faltará la fuerza para nuestro arrepentimiento, si es sincero. Si me doy cuenta de que no lo hago todo bien, de que no siempre llevo razón.

Por el contrario, en muchas ocasiones, en lugar de advertir, juzgamos; en lugar de acompañar, empujamos, sin darnos cuenta de que Jesús, ha dejado de mirarnos. Jesús no nos mira cuando condenamos a los demás. Amenazamos para que nos hagan caso, y si no es así, armamos el brazo como aquellos cuatro viejos que, aunque estaban cargados de razones, tuvieron que oír del Señor: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Quizás nos pensamos, oyendo este evangelio, que somos la pecadora, como puede parecer, a primera vista; o alguien que pasaba por allí, y entonces, que esto no va con nosotros. Quizás creemos que somos Jesús, defendiendo a los débiles; y lo que puede pasar es que seamos los viejos. Los viejos fariseos que tenemos que soltar las piedras de nuestras condenas y volvernos a casa, pero a la casa de Dios, a pedir luz, para ver lo que Jesús ve, para vernos como Él nos ve, y para que nos enseñe a mirar con misericordia a los demás, a hablar con misericordia; a ver a los demás como los ve el Corazón del Señor. A destacar en ellos sus buenas obras, su cercanía con Jesús, que solamente sabe Él. Que así sea siempre.

 

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