“Se llenaron de inmensa alegría”

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Cuando empecé este blog, a finales de septiembre pasado, tenía claro que el título sería “se llenaron de inmensa alegría”. Es la frase que el Evangelio utiliza para narrar el inmenso gozo que tuvieron los Reyes Magos al ver la estrella al salir del palacio de Herodes: “Gaudium Magnum Valde”. Es la única expresión de toda la Biblia que utiliza un adjetivo de forma repetida. Magno y Valde sirven para intensificar la importancia de ese gozo recibido.

Estoy cierto de que nuestro tiempo necesita urgentemente una inyección de alegría en todos los aspectos. Las personas solamente resaltamos lo malo de cada uno, de cada  situación. Solamente se dan noticias tristes, los telediarios son crónicas de sucesos negativos como si no pasara nada bueno; como si nos hubiéramos acostumbrado a que haya buena cosecha de cebada, a recibir el cariño de los nuestros, a vivir años de paz en nuestra tierra y eso no fuese noticia, pero sí todo lo contrario.

Dentro de la misma gente con Fe, incluso en los pequeños pueblos, muchas personas tienen de todo menos alegría. Televisiones de plasma en varias habitaciones, comida a discreción, educación gratuita, familias longevas con todos llenos de salud, zapatos que ponernos… pero sin alegría. Recuerdo que cuando llegué al pueblo donde vivo la gente se admiraba porque cantaba por la calle. Lo que hacía antes casi todo el mundo, cuando las casas estaban abiertas y nadie se llevaba nada, o por honrados, o porque no había nada que llevarse.

Creo que hoy es el día para expresar, como decía el próximamente canonizado, beato Manuel González, que se puede hacer mucho por los pueblos siendo un sacerdote con celo por las almas. Que en muchas almas se encierra la semilla del creer, rebrotando a flor de tierra con ansia de florecer, pero que si enterramos el talento por miedo, por comodidad, por qué dirán los demás, sin alegría; está claro que nuestra tarea se queda sin vida. Así en cada cosa. Cuando alguien que trabaja cara al público, transmite alegría, a la gente le nace ir a compartir esa alegría, participar de su negocio, de sus ventas. No podemos pensarnos, mucho menos los ministros del Señor, que la Fe es algo trasnochado y oscuro. Cristo da alegría.

En la catequesis de hoy en la Plaza de San Pedro de Roma, el Papa ha comentado el pasaje del profeta Jeremías que dice: Escuchad pueblos la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas: “El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño; porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte”. Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor; hacia el trigo y el vino y el aceite, y los rebaños de ovejas y de vacas; su alma será como un huerto regado, y no volverán a desfallecer. Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas. 

Muchas veces, decía el Papa, el sufrimiento, la soledad, la muerte de los seres queridos nos puede hacer pensar que Dios se ha olvidado de nosotros. Los que viven una situación de exilio porque están lejos de su tierra natal, los niños inocentes a los que se les está cerrando las puertas, aquellos que sufren la falta temprana de sus familiares, inmigrantes que no sienten la acogida… están pidiendo que les abramos nuestro corazón. Es necesario que el pueblo pueda experimentar la misericordia de Dios, como el pueblo de Israel cuando regresa a su tierra tras tantos años de exilio. El bien vence al mal, el Señor limpiará las lágrimas y nos librará de todo miedo. Dios nos ama con un amor sin fin, que nos llena de gozo y consolación. Los capítulos 30 y 31 de Jeremías se conocen como el “Libro de la Consolación”, meditemoslo detenidamente.

Consolado el pueblo por Dios se alegra de las cosechas, de la vuelta a su tierra; disfruta de la fertilidad de sus cosechas regadas por una fuente que no se acaba. Los consolaré y haré que sean felices; como cuando le dice a la Samaritana: “el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed”. Como el salmo podremos decir: “La boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”. Sursum Corda, decimos en la Santa Misa, levantemos el corazón. Si no lo tenemos levantado hacia el Señor es que nos falta estar cerca de ÉL.

Necesitamos vivir un verdadero retorno a la Fe, en la cercanía de Cristo. Una vuelta del exilio de la crisis de Fe, que nos hace olvidar,  incluso a los hombres de Iglesia que la Pascua nos lleva hacia la verdadera alegría, hacia la vida eterna. Esa vuelta a la Fe, en un espíritu de conversión de la vida en un reflejo de la de Cristo debe ser diariamente el gran símbolo de consolación que se exprese, con misericordia renovada y renovante, en cada palabra, en cada sonrisa, en cada obra de caridad, en un signo de esperanza para el mundo.

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, VEN SEÑOR JESÚS. Si no vives eso y lo transmites, si no tienes esperanza, pueden estar fallando la verdadera Fe o la Caridad. Será cuestión de revisarlas, porque las tres virtudes las da Dios, por eso se llaman teologales, y no suele darlas por separado. Estad alegres en el Señor, os lo repito -dice el Apóstol- estad alegres.

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