¿Por qué sufren los niños?

niños

Hace pocos días que el Santo Padre decía lo que más le costaba entender del mundo de hoy era el sufrimiento de los niños. Es incomprensible verlos con el agua por la cintura intentando sobrevivir entre sollozos, mientras pegan a sus padres los policías o el ejército para que se agrupen en líneas imaginarias junto a la frontera. Es espeluznante verlos recoger los juguetes rotos después de un bombardeo en Siria, Irak, o en cualquier guerra.

Los niños tienen un sentido natural de la justicia que, en muchas ocasiones, les hace llorar como grito impotente de lo que no entienden. Hoy, nuestra sociedad los ignora. Les molestan a todos los niños, muchas veces hasta a sus padres, a la sociedad, molestan en los bares, en el vientre de sus madres, en los hospitales y hasta en las iglesias. ¡Qué pena! ¡Qué vergüenza!. Pero, una vez más, con Jesús, como el salmo, podemos decir: Padre, ¿por qué me has abandonado?

El sufrimiento humano es causado por pecado original, si lo tratamos en general, y muchas veces, es a causa del pecado concreto. Dios nos ha hecho libres, y de nuestra libertad mal empleada, acabamos, bien como individuos, bien como sociedad, provocando los desastres que provocan el llanto de nuestros hijos, de nuestros niños. Un niño llora porque su padre no le dedica tiempo, un niño llora porque su mamá no está en casa, un niño llora por muchas cosas que no tienen solución, pero también por otras que podríamos arreglar. Y si no llora, puede que sea peor.

En el huerto de los olivos Jesús dijo: Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Es fácil pensar que Jesús está hablando del terrorífico dolor físico de látigos, espinas y clavos que ve venir. También podemos intuir el dolor psíquico del desprecio, del verse de tantos ignorado, despreciado, de tanto desagradecimiento, de la misma gente, de su gente, de su tierra, de su pueblo. Pero no solamente está pidiendo que pasen esos dolores, ese cáliz.

Jesús también se refiere en esa oración al Padre, a todo lo que significaba y era la causa de la Pasión. Jesucristo quiso sufrir tanto en la Pasión y en la Cruz para manifestarnos su amor y mostrarnos la malicia del pecado. Llega el amor hasta tal punto, que no solamente está diciendo que pase de Él el cáliz de los dolores, sino también de los sufrimientos de los niños que lloran, de los matrimonios que riñen, de los que no tienen trabajo. En tantas ocasiones Jesús quiere que ese sufrimiento pase, pero no puede porque hemos usado mal la libertad, porque seguimos anclados en el pecado de la soberbia, de la avaricia, de la lujuria… No puede evitar que los niños sufran por culpa nuestra, por culpa del egoísmo de la sociedad y de nuestro mundo de mentira.

Es cierto que no puede decirse, como pretenden algunos, que la Iglesia diga que los padres tienen hijos enfermos por sus propios pecados; pero sí que es cierto que muchos sufrimientos de niños y mayores podrían evitarse si siguiéramos los Mandamientos como nos dijo Dios ya en el Sinaí. No son un código ético adaptable al capricho de cada uno, sino que son el camino para ser feliz, no sólo en el Cielo, sino también aquí en la tierra. En la medida que esta sociedad, que cualquier sociedad, se va olvidando de Dios, acaba como está la nuestra. Jesús pide que pase el cáliz de dolor de cada niño, pero no puede quitarnos la libertad que les hace daño. Jesús no quiere el daño del que muere en un atentado, pero los asesinos, como nosotros, son libres.

La voluntad de Dios de hacernos libres, con esa libertad que nos distingue de los animales, debería ser un acicate para seguir cada día el “hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”, debería ser la espoleta de nuestro obrar cotidiano con la mirada puesta en la gloria. Pero muchas veces no es así. No queremos aceptar el plan que tiene Dios con cada uno. Sin embargo, aunque en general no se acepte al Señor, nosotros debemos permitirle estar en nuestra vida. Tomar parte en nuestras decisiones y proyectos.

Nosotros, como hizo Él, debemos rebajarnos al servicio de los demás, al menos de los nuestros; debemos tomar ejemplo para que el dolor de cada día, si no sirve de alivio a quien cuidamos o amamos, si no sirve para que éste o el otro cáliz pase sin derramarse sobre nuestra familia o amigos; sirva para que el sacrificio y el dolor de Jesús en su Pasión y muerte, enseñen el camino del Cielo a aquellos que no lo conocen, sirva también de perdón a los que lo ignoran o desprecian, y nos ayude a todos a recibir con agradecimiento la sangre de cada paso, de cada llaga, de cada herida.

Que nuestro pueblo no solamente viva la Semana Santa como un eslabón de su historia, sino como el momento perenne que le recuerde: “Por tu dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros, y del pueblo entero. Por tu dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros, y del mundo entero”.

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2 comentarios sobre “¿Por qué sufren los niños?

  1. Tanta verdad en tus palabras y tanta sabiduría que, hasta yo mismo,un hombre perdido y descreido, lloro conmovido. Tenemos lo que nos buscamos y no sé si Dios tiene que ver en todo esto…pero en algo estoy de acuerdo contigo..no podemos mostrar indiferencia al mundo de horror actual…los niños,los ancianos,los enfermos..los que sufren,casi son un problema para esta sociedad utilitarista,ciega…y algo tenemos que hacer…Ojalá encontremos el camino..

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  2. Reblogueó esto en Se llenaron de inmensa alegríay comentado:

    Siempre ha sido doloroso el sufrimiento de los niños. Dentro de las consecuencias de nuestros actos, deberíamos tener muy en cuenta los que hacen sufrir a aquellos de quien el Señor decía: “Dejad que se acerquen a mí”. Tengamos siempre eso presente.

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