“Yo soy” me envía a vosotros

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Moisés replicó a Dios: “Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan. “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?. Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros. 

Como en hebreo el segundo mandamiento de la Ley de Dios, que el mismo Moisés recibió en el Sinaí, podría traducirse como “no hablarás de Dios como de las demás cosas”, en una aplicación más concreta de lo que nosotros decimos: “No tomarás el nombre de Dios en vano”, no se pronuncia, para evitar usarlo en vano, el nombre de Dios para nada. Es decir, las palabras “yo soy” nunca se escriben juntas.

Por este motivo, cuando los soldados, que van a apresar al Señor en el momento de los olivos, responden al “¿A quién buscáis?” diciendo: “A Jesús nazareno”, y escuchan: “Yo soy” caen hacia atrás. Quizás muchos nunca lo habían oído nombrar de ese modo. No era un simple “dejad marchar a estos porque soy yo”, sino también un testimonio claro de que quien lo dice es el único que puede decir esas palabras sin pronunciarlas en vano.

Delante del Sumo Sacerdote volvió a decirlo, pero esta vez más concretamente, a la pregunta directa: “¿tú eres el Hijo de Dios?”, Él vuelve a decir: “Yo lo soy”.

Pero no solamente en su pasión habla así. Hay muchas escenas en el evangelio en las que dice “Yo soy”. “Cuando levantéis al Hijo del hombre sabréis que yo soy”, cuando camina sobre las aguas también dice “Ánimo, soy yo”. También entre sus muchas enseñanzas a los discípulos les va diciendo: yo soy el pan de la vida, la luz del mundo, la puerta, el buen pastor, la resurrección y la vida, el camino, la verdad y la vida, la vid verdadera.

La enseñanza que nos dan estas palabras de Jesús es que la única manera de SER de verdad es en unión con Cristo, porque es el único que ES de verdad. Todas las demás cosas participan de su ser. Todos aquellos que creen como cierto el “pienso, luego existo” de Descartes, no es que existan porque piensen, sino que pueden pensar porque existen. El obrar sigue al ser. Uno de los problemas más graves de nuestro tiempo es que no entendemos lo que va primero.

En muchas realidades de la vida se puede aplicar esto. Uno apaga fuegos porque es bombero, no lo hacen bombero por ir apagando fuegos. El párroco administra sacramentos porque es sacerdote, no al revés. En la medida en que seamos como Jesús, en la medida en que nuestro ser esté unido al suyo, podemos hacer las obras que Él hacía. No podemos pretender hacer obras buenas sin ser como Jesús. Y el ser incluye, una vez se es, el pensamiento, el deseo, las obras.

El Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros pudiéramos SER hijos de Dios. La única manera es siendo como Él: con-figuran-donos con Él. Cogiendo su figura, a través de la gracia, de sus enseñanzas y de sus obras; pero es la gracia, que recibimos a través de la oración y los Sacramentos, la que nos hace como Él. Por ese motivo, la imitación de Cristo, es una tarea de todo cristiano. No solamente es una imitación de las obras, sino de los sentimientos, de las palabras. Si el corazón de Jesús pudiera ocupar el lugar del nuestro, nuestros amores serían todos ordenados. El caos reinante en la sociedad es por falta de orden. De escala de valores. Se desordena el amor y se desordena la vida.

Una sola cosa es necesaria. Jesucristo. Los apóstoles la tenían pero unos se durmieron teniéndola tan cerca, otros se escaparon, por miedo. Cuando uno tiene un tesoro lo cuida, lo vigila, y si es alguien tiene una persona a la que quiere mucho, incluso la imita, por ese motivo imitamos a nuestros padres. Aquello que no se corresponda con mi SER cristiano, con mi SER como Cristo, puede rápidamente retirarse de nuestra vida. El misterio del momento del prendimiento es que muchos lo apresan por envidia de lo que es, en lugar de imitarlo, porque no reconocen que lo sea; y aquellos que sí lo reconocemos, muchas veces lo negamos para no correr su misma suerte.

La historia se repite, unos impiden el bien, y otros huyen antes que dar la cara por él. Los fundamentalistas islámicos, las radicales feministas, los enemigos de Jesús, en general, no solamente se conforman con ignorarlo, lo persiguen. Lo buscan a Él, como Herodes y los suyos. Persiguen la Cruz. No molesta ni otra religión, ni pretenden defender a la mujer. Sencillamente, van contra Cristo. Por eso cortan la cabeza a los que son como Cristo, por eso asaltan capillas e iglesias, porque han cerrado su corazón a Jesús, pero tampoco quieren que entre en los corazones de los demás. En nombre de la libertad, la arrebatan.

En estos días de Pasión, pidamos al Señor, camino del Calvario, que nos haga llevar la Cruz como Él, ayudar a los demás a llevarla como el Cirineo, ser valientes para pedir la justicia de Dios, practicando la caridad, como la Verónica. Huyamos de la mediocridad de los cobardes, y sin cortar orejas, como San Pedro, pidamos al Señor el coraje de imitarle en los grandes acontecimientos de nuestra vida, como en lo ordinario de cada día. En la Pasión y en el trabajo diario, en las palabras y en la oración. Pidamos con toda la Iglesia: “Haced mi corazón semejante al vuestro”. Sólo Dios basta. Quien ponga a Cristo lo primero tendrá la verdadera vida, la verdadera felicidad: y el que no, no.

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