Martí, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del E.S.

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En los bautizos de Juan Pablo, de Bosco, en el de Paloma y en el de Gemma prediqué sobre el Ritual del Sacramento. El número de sobrinos, nos obliga a meditar hoy sobre el Prefacio del Bautismo. Como todo en las ciencias de Dios es inacabable, pero me parece que todo lo dicho, forma parte de lo que un cristiano debe saber y vivir.

Aquellos de “sacerdote, profeta y rey” que nos hace hablar con Dios, hablar de Dios y servir a los demás, siempre que queramos y podamos por nuestra condición de bautizados, o el significado del agua o de la luz… O los compromisos de padres y padrinos deben mediatarse como los compromisos matrimoniales cuando acudimos a una boda o pensar en la muerte cuando falta un ser querido, pero en la nuestra también; no solamente en la suya.

Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por el sacramento del nuevo nacimiento -empieza el prefacio-. Cristo, al resucitar, hace nuevas todas las cosas. Es importante saber que no sólo vence a la muerte, sino también al mal y al pecado. Por eso en el bautismo se moja tres veces al niño, para recordar los tres días que estuvo esperando Jesús a resucitar. La Pascua nos libera de la esclavitud del pecado. Nos hace libres para poder así dedicar nuestras personas a Dios, de forma consciente y libre. Hoy en nombre de nuestro Hijo, mañana por una decisión nueva cada día de Martín, por un convencimiento propio que se hará don y tarea. Ayer me dijo Bosco tan contento: “¡Mañana es el nacimiento de Martí!”: el prefacio dice también: inicio de la vida en el Espíritu. Es cierto. Es así. Con el mismo soplo que empezó la vida de Jesús en el seno de María, empieza hoy la vida cristiana, la vida en Cristo, de Martí.

Del corazón abierto del Hijo brota el don nupcial del Bautismo. ¿Por qué es un don nupcial? Porque toda la historia de la salvación es una alianza. Un intercambio entre el Hijo Dios que se hace hombre para que los hombres podamos ser hijos de Dios. Solamente necesita que nosotros respondamos a esa invitación de Dios, que nos dejemos amar por Él. El Reino de Cristo no se conquista, se recibe.

Por eso es un don que inicia la vida del Espíritu en nosotros. Comienza el Cielo en la tierra, por eso es puerta. Puerta de los Sacramentos para el niño y para sus familiares. A través de este Bautismo, muchas veces, muchas personas pasarán a recibir otros más manados de ese costado abierto del Señor para todos. En este año de la Misericordia, mediremos sobre la gran misericordia que suponen los sacramentos. Cada uno de ellos, especialmente en Pascua, el Bautismo, como hemos rezado en las oraciones finales de la Santa Misa en esta octava de Pascua.

A través del agua, que es “fuente de vida”, porque donde hay agua hay vida, y si no, no puede haberla; y junto con la acción del Espíritu, es decir, tomando parte activa Dios mismo, siendo nosotros no actores sino receptores (y esto es muy importante) porque los Sacramentos no nos los damos nosotros sino que por ellos Cristo actúa en nosotros; y en el seno de la Iglesia, virgen y madre. No fuera de ella. No podemos hacer nuestra personal visión de Iglesia. Lo que a mí me parece que es la salvación, la perfección o la doctrina, no importa para nada. Sólo puede haber unidad y amor, sólo puede haber familia que “adora y canta” en el seno de esa Iglesia madre.

Voy a explicarles algo que seguro que saben sobre el seno de la Iglesia pero hay que recordarlo. En la Iglesia de occidente (uno de los dos pulmones de ésta) nuestra pertenencia es territorial. Es decir, pertenecemos a la iglesia del lugar donde estamos, porque Cristo se encarnó en un lugar concreto y vivió en un territorio. Por eso la división de la Iglesia en diócesis y parroquias es de derecho divino. No es una invención de tres papas y seis amigos.

Nosotros pertenecemos a la Iglesia de Barcelona y es hermoso que hayáis bautizado a vuestro hijo en vuestra parroquia de la Verge del Roser, bajo cuyo amparo pondremos a Martí al terminar la Santa Misa. Cuando se consagra un obispo, se le consagra para una diócesis concreta. No existe obispo sin territorio. Cuando San Antonio María Claret dejó de ser obispo de Cuba, para ser confesor de la reina Isabel, fue nombrado obispo de Trajanopolis. Porque todos tienen su lugar, porque Cristo se encarnó. Porque no somos ángeles. Es importante el lugar. No lo olvidemos.

Otras personas tienen una pertenencia personal. Es decir, su obispo les sigue donde vayan, como los miembros del Opus Dei (aunque compartan esa pertenencia con cada diócesis donde residan) o los militares, o los miembros de las iglesias orientales. Sin embargo, ustedes son de la iglesia de su diócesis, a cuyo pastor deben obedecer, y yo a la de Cuenca, a quien debo más por mi Ordenación Sacerdotal. No existe ningún sacerdote que no obedezca a ningún obispo. No puede existir porque el ministerio es una colaboración con los sucesores de los apóstoles. Ese es el seno de la Iglesia. Así se comprende que Santa Teresa dijera antes de morir: “muero hija de la Iglesia”, no dijo ni del Carmelo, ni de San Elías. Hijos de la Iglesia Católica nos hace el Bautismo, y padres y padrinos deben velar para que lo sea siempre Martín.

Por último, cantemos y adoremos. Señal de fiesta y alegría porque un cristiano más entra con ángeles y santos a dar gloria al único que debe recibirla, por los siglos de los siglos. La misión como bautizado será en su vida dar gloria a Dios en la manera que pueda y cuando pueda. A tiempo y a destiempo, aunque estos últimos tiempos dificulten esa sagrada misión, intentando que enterremos el talento que Dios nos ha dado, martirizándonos o silenciándonos, con el mismo modo de proceder de siempre, esa táctica que hizo decir al Señor: “si ellos callan, gritarán las piedras”: Santo, santo, santo es el Señor. Hosanna en el Cielo. Hosanna. Hosanna. ¡Ven Señor Jesús!

 

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5 comentarios sobre “Martí, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del E.S.

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