Hijos queridos de José Ángel

Virgen del Carmen    Querido hijos de José Ángel, queridos hermanos todos, querida Dari:

Permitidme que hoy hable a los hijos llegados de lejos. Cuando se pierde tan pronto a un padre, cuando además se le pierde tan rápido, cuesta levantar los ojos al Cielo y darle las gracias a Dios por el padre que nos ha dado. En un padre se encuentra siempre la mirada de quien nos cuida y nos cuidará así en la tierra como en el Cielo. Por eso llamamos “Padre” a Dios. En muchos casos puede ser difícil entenderlo, pero en el caso de vuestro padre creo que será sencillo, porque José Ángel era un hombre bueno.

Como su santo patrón, creo que hablaba poco, lo justo, y os puedo decir que me he quedado con el regalo de quedarme para siempre sus últimas palabras: “LE ESTOY MUY AGRADECIDO”. Algo me llamaba a ir al hospital. Me enteré el día anterior y volé a Villarrobledo porque a papá lo he descubierto tarde y quería verlo. Esa calle de vecinos tan entrañable, donde lo vi por primera vez, lo echará en falta, casi como vosotros, al menos en una cosa: que será cada vez más. Cuando faltan, en lugar de acostumbrarnos, en lugar de hacernos a la idea, si se ha vivido de verdad, unido a ellos, aunque sea en la distancia, en el querer y el sentir, el hueco no disminuye, se agranda. De la misma manera se agranda la esperanza de encontrarnos con él en la otra vida, en el Paraíso: motivo por el cual estamos ofreciendo la Santa Misa.

Aquellos que quieren quitarnos de en medio en los hospitales han hablado con pocos enfermos, han paseado por pocos pasillos, se han puesto pocas batas verdes de quirófanos para, aunque sea, dar la mano a una persona que está sola, que van a operar, que acaba de salir de cualquier intervención o que, simplemente, está enferma. La cara de papá, tus palabras, Dari, hicieron de mi visita una mañana que me impactó profundamente. Tuve que parar el coche al oír la llamada que me decía que José Ángel se había marchado.

La Virgen del Carmen, rodeada de ángeles se apareció en 1251 al general de los Carmelitas para decirle que aquél que muriera con él no conocería el fuego eterno. Es lo último que tuvo, lo último que agradeció. En su muñeca al morir y ahora puesto sobre su cuerpo, la promesa de la Virgen Santísima nos hace pedirle que también nosotros tengamos uno. Que lo llevemos como distintivo de su amor a ella. Aquél que no tenga, que no dude en pedirlo. He podido imponer muchos miles de ellos, y he visto grandes favores de la Virgen a quien los lleva, además de acudir a nuestro encuentro en el último momento.

Por último, quiero deciros algo que le he oído explicar a mi padre muchas veces y que ya he dicho en otras ocasiones. Cuando mi abuelo estaba enfermo, mi padre le dijo: “¿Papà, com vols que et pagui tot el que has fet per mí? ¿Cómo quieres que te pague todo lo que has hecho por mí?” A lo cuál contestó enseguida: “Haz por tus hijos todo aquello que yo he hecho por ti”. Creo que es una buena manera de recordar a vuestro padre. Creo que es una obligación de ser agradecido, y que bien seguro, podéis aplicar también en el cuidado de vuestra madre. Cuidad de mamá. No hace falta que os lo diga, pero es muy pronto y ha sido todo muy rápido. Dari, Santa María te va a echar en falta. No nos olvides cuando le reces a nuestra Virgen del Amparo, que también nosotros querremos recordarte junto a ella. La vida de los que se van, como sabéis vosotros, el desgarro de la separación, acompaña a vivos y muertos, hasta el momento final en que veremos a Dios, veremos y amaremos.

Que así sea.

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