La Sotana y sus cosas

A lo largo de mis años de vida sacerdotal, quizás desde el diaconado, muchas personas me han preguntado por qué llevo sotana. Que si es algo de antes, que si no te da miedo (a lo que suelo responder: más que miedo, da calor), que es algo innecesario. Me parece realmente curioso constatar que en una sociedad en que todo el mundo se viste y se desviste como le parece, se atrevan a cuestionar, unos y otros, por qué sí o por qué no, he de llevar sotana o dejar de hacerlo.

La primera respuesta que siempre me viene a la cabeza es que llevo sotana porque soy sacerdote y puedo llevarla. La sotana no es mi hábito religioso, solamente, que también. La sotana es el traje talar de los sacerdotes españoles desde hace siglos. El distintivo de religioso, en mi caso, es el fajín a la derecha, como llevaban los sacerdotes de la Compañía de Jesús, ya que jesuita fue el fundador de nuestra Sociedad Misionera de Cristo Rey. Como tales, como misioneros, vestimos como lo hace el Papa. Otra respuesta que suelo dar. Llevo sotana porque el Papa la lleva. Nacimos para la misión, no para el claustro. Y en la misión, la sotana es un medio que, “lejos de alejar” a las almas de Dios, las acerca a Él y mucho.

Por último, la otra respuesta que muchas veces me aguanto es que visto sotana porque “me da la gana”. Porque me la han regalado y lo han hecho para que me la ponga. Así que, si alguien le molesta, que me regale algo que no sea ropa, o que no me regale nada. Pero sí que sería interesante que respete. Dicho esto, que muchos de los que conviven o viajan conmigo han oído en muchas ocasiones, ya que parece el tema de moda allá donde vayas, quiero compartir con ustedes algo que me ocurrió hace unos años y que fue publicado en varios medios. Es interesante añadir que el fin de lo explicado es para dar gloria a Dios, que por sus medios, nos acerca a Él. Si alguien ve en estas líneas otro motivo de cualquier tipo, aparte de la consabida catequesis que todos, como bautizados, debemos llevar a cabo, se ha equivocado al leerme y se conoce así que no me conoce.

Desde hace poco más de dos años dedico los lunes y los martes a asistir a las clases de Derecho Canónico que se imparten en Valencia en un instituto afiliado a la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

La tarde del pasado día 30 de octubre conversaba con un matrimonio, que he conocido gracias a los estudios, en la segunda planta de un bloque de pisos de una de las calles más populosas de la ciudad del Turia.

            Cuando la conversación entraba en la parte más interesante sonó el teléfono. “Es mi abuela -dijo la señora de la casa- que vive en el cuarto piso y dice que salgamos al balcón”.

            Sólo salir, pudimos ver un par de coches de bomberos, una ambulancia, mucha policía nacional y acordonada una zona en cuyo centro, pegado a la pared del bloque contiguo había un enorme colchón, más grande que una piscina…

– Parece que va a haber un suicidio.

– No puede ser (dándome cuenta de lo que eso suponía).

– Sí, (dijo la señora), hace dos años vi algo parecido y era eso.

– Pues debería bajar. Aunque… no sé qué puedo hacer.

– Baja, si no, no te quedarás tranquilo.

            Ya decidido me puse la chaqueta, bajé las escaleras y fui a preguntarle a uno de los bomberos…

– ¿Qué pasa?

– Que ese hombre se quiere tirar abajo. (Junto a la cornisa más alta del edificio de 12 plantas había un muchacho de pie preparado para tirarse)

– ¿Puedo ayudar en algo?. (No me hizo falta decir que era sacerdote porque si no hubiera llevado sotana no hubiera podido ni atravesar el cordón que impedía el paso).

– No lo sé, hable con la policía.

La policía me dijo que debía ser el Jefe de Bomberos el que me diera la autorización.

– Voy a llamar arriba, a ver qué dicen -me dijo el Jefe de Bomberos: Aquí hay un párroco que dice si puede hacer algo… ¡Un párroco, un cura, un sacerdote!.

– Dicen mis compañeros que suba y que ya verá usted si puede hacer algo o no.

            Me acompañó un bombero y una psicóloga. Llegamos a la terraza pero era imposible llegar hasta donde estaba el chico, más que por una escalera que estaba ocupada por los bomberos. No había contestado a nada ni a nadie de todos los que estaban en la terraza: cinco bomberos, tres policías y dos mujeres médicos.

           Una de las médicos dijo: “Qué pena, la policía americana tiene psicólogos al menos”; a lo que le contesté: “Sí, pero no tiene curas”.

            Me acerqué, por fin al muchacho y le dije: “Soy sacerdote, escúchame. No hagas eso. Dios te ama, hijo”. Nada, ni palabra. Aunque me miró.

            Quince minutos después pareció que iba a dejarse caer pues solamente se aguantaba con las manos y volví a intentarlo:

– Dios te va a ayudar desde el Cielo.

– Dios no existe.

            La policía se alarmó satisfactoriamente. Eran las primeras palabras que decía en mucho rato. Le pregunté si había hecho la Primera Comunión. Me dijo que sí. Me dijo también que estaba confirmado y que le confirmó un sacerdote, no el obispo.

            Ya entablada la conversación le dije: “Ven hacia aquí hombre. Siéntate y seguimos charlando”. Se alejó del precipicio y ante el asombro de todos bajó las escaleras donde estaban los bomberos por su propio pie y se montó e el ascensor.

            Me despedí de él. Quedamos para la semana siguiente. Le di gracias a Dios y me despedí de policías y bomberos, después de decirle a las doctoras: “Se lo dije, en la policía americana no tienen sacerdotes”.

Recen por mí y porque nunca deje de vivir conforme a lo que soy: Apóstol de Cristo por su infinita misericordia.

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