Envy is worse than the others sins

En los últimos meses, mi hermano Ignacio me ha insistido en que debo escribir cosas en el blog en inglés, sobre todo por la cantidad de personas que lo abren en el extranjero y podrían compartirlo con otros a los que haría bien. I think this is true but, generally speaking, I think all people can translate more words in word w. weebs´aplications.

Sin embargo, y queriendo aplicar los consejos de quien ha ayudado desde niño al apostolado de mi entorno, quisiera poner de relieve algo que vengo meditando en los últimos meses, y que, en estos momentos, acaba de ensalzar el prelado del Opus Dei, cuyas cartas han sido de mucho fruto para mi tesis doctoral. Con el supuesto permiso de dicha institución quiero compartir sus palabras:

How much harm words do when they are motivated by feelings of jealosuly and #envy! To speak ill of others puts them in a bad light, undermines their reputation and leaves them prey to the whims of gossip. To refrain trom judgement and condemnation means, in a positive sense, to know how to accept the good in every person and to spare him any suffering that might be caused by our partial judgement, our presumption to know everything about him. Be carefull with this #sin.

Sin embargo, creo que esto no es suficiente (aunque es sólo un fragmento de la carta de abril). Hay que añadir que cuando la fama del prójimo se ha visto dañada, hay que restituirla. Es importante saber que ocurre como los pecados de robo. Hasta que no se ha devuelto lo robado, el pecado no se perdona. Lo aprendí en el colegio cuando me enseñaron la doctrina necesaria suficiente para hacer la Primera Comunión. When we attack the ohers, we must be carefull if these words are true. If it isn´t so, we are sons of lie´s father.

¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme. No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo. Por otra parte, es mucho más grave que la envidia, aunque puede ser consecuencia de ésta, entristecernos por el bien que hacen los demás. Llamar al bien, mal. Ya pasaba con Jesucristo y sigue pasando ahora.

Los fariseos del pueblo, los religiosos, los que todos tenían como santos, se enfadaban porque estaban con Jesús los pobres, los enfermos; y muchas veces no hacían nada porque temían a la gente. ¿Qué podemos hacer al respecto? Entender que la Iglesia es católica, que somos una pequeña pieza de la cadena, que solamente tenemos que ayudar a que Jesucristo pueda hacer su función. Da igual si vienen a Misa a mi parroquia o a la de al lado, no importa si se confiesan conmigo o con otro, lo importante es que estén cerca de Dios. Lo importante es que reciban los sacramentos y puedan practicar las obras de misericordia.

Sin llegar a alegrarnos del mal ajeno, podemos entristecernos de su bien. La envidia, el peor de los pecados, arraiga en el corazón como las patatas. Cuando pasan los años, aunque se hayan sembrado pipas, seguimos teniendo patatas en el subsuelo. No dejemos nunca que entre. Es cierto que la verdad siempre triunfa, pero para eso no hay que tenerle miedo.

En los pueblos, en los círculos pequeños, es más importante hablar sobre lo que los demás hacen bien, que pensar que todo el mundo nos persigue o hace las cosas mal. No hay que quejarse en la obra de Dios, que bastante se quejan los enemigos. Hay que defender a Cristo y a su Iglesia, a sus ministros, colaborar codo con codo, como en estos pueblecitos donde vivo, donde tantas personas doblan el espinazo por enviar a sus chicos a catequesis, por levantar los santos que bendigan nuestras calles, por asistir a la Iglesia los domingos o pagar una campana. Eso es motivo de gozo del alma, motivo de alegría apostólica, que puede esperanzar muchos corazones y que hace bien a los demás y a uno mismo.

Recuerdo al Padre Alba, fundador de la asociación pública a la que pertenezco, diciendo, como dijo Benedicto XVI al Camino Neocatecumenal, que asistiéramos siempre a nuestras parroquias a todas las actividades posibles; sobre todo, a las Misas los días de precepto. La Iglesia se construye en Diócesis y Parrroquias; los movimientos, deben ayudar en la construcción de la vida parroquial. Por eso, catequistas, ministros extraordinarios de la Eucaristía, Hermandades y Cofradías, deben ir a una con todas las actividades que nos acercan a Dios.

La misión está al lado de cada uno, en su trabajo, en su familia, en su propia vida, en su pueblo y parroquia. Own life is own work. God is with us… Quien no está contra nosotros está con nosotros. Hemos encontrado a algunos que hacían milagros en tu nombre y se lo hemos prohibido -le dijeron los apóstoles a Jesús-. No se lo impidáis. Ese debe ser el espíritu de nuestra iglesia. Sumar, no juzgar, ayudar a los que escalan penosamente el sendero, como decía San Juan de la Cruz. Cada uno según sus medios y posibilidades. Está claro que el Señor no le pide lo mismo a unos que a otros; está claro que la catequesis es progresiva y es una labor de toda una vida; pero cuidado con las palabras del Señor: Los publicanos y las prostitutas nos llevan la delantera en el Reino de los Cielos. Que nadie se piense por encima de los demás porque le pasará como el que decía: Te doy gracias, Señor, porque no soy como ese pecador. 

Os animo, desde este pequeño blog, a pedirle al Señor para mí y para todos un espíritu cristiano que detecte la crítica y se atreva a pararla. Porque para condenar a Cristo bastó un traidor y once silencios. Hay veces que callar es omisión. A la verdad no hay que tenerle miedo. No lo olvidéis nunca. True wins always.

 

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2 comentarios sobre “Envy is worse than the others sins

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