La Alegría del Amor II

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Boda de José María y María Pilar

    Decíamos ayer, como dejó para la historia Fray Luis de León al volver de la cárcel de su silencio, que la Exhortación Apostólica era difícil de resumir. Si dejamos para otro momento los primeros capítulos que nos hablan de la familia en la Sagrada Escritura y de la Familia de Nazaret como modelo, podemos encontrarnos con tres partes fundamentales, sin contar las dos ya explicadas en La Alegría del Amor.

       Es muy hermoso y clarificador lo que nos dice sobre la educación de los hijos (capítulo séptimo), la forma en la que plantea los problemas como las crisis, las situaciones irregulares, la realidad que nos toca vivir a nuestro alrededor (que están repartidas entre los capítulos sexto y octavo) y las formas de actuar de los pastores (a lo largo de toda la Exhortación). Si les soy sincero pensaba que todo el mundo actuaba así y que no hacía falta decirlo, pero si se dicen las cosas, es porque pasan. Así que sería bueno que estas palabras nos sirvieran a algunos de examen de conciencia y, quizás por eso, había tanto pre-juicio sobre lo que iba a decir el Papa, y tanto miedo sobre su aplicación; pero no he leído nada que no me hubieran explicado ya hace más de diez años, y con lo que no esté plenamente de acuerdo. En ocasiones ocurre que lo último que pasa (como el cambio de Papa) nos parece que es la causa de todo. Eso deja claro que hay ignorancia o miedos en el ambiente.

    La misma dignidad humana, dice el Papa, exige que cada uno actúe según su elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro. Esto ya lo dijo el Concilio Vaticano II, pero hay personas que les cuesta asumir que los demás son libres; por ejemplo. a los padres. La educación entraña la tarea de promover libertades responsables, que opten en las encrucijadas con sentido e inteligencia; personas que comprendan sin recortes que su vida y la de su comunidad está en sus manos y que esa libertad es un don inmenso. Iluminativas palabras que hay que hacer propias y con carácter urgente. Si no enseñamos a nuestros hijos a decidir, no serán capaces de vivir. Serán simplemente sombras de nuestro actuar ajadas por el paso del tiempo sin plasmar en sí mismos ni la radicalidad del Evangelio ni nada.

    La obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo. Control y obsesión, dos enfermedades comunes y nefastas. Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, solo buscará dominar su espacio. Lo importante es que le enseñe por qué quiere hacer eso y no lo otro, para qué o para quién se está esforzando, a qué le llevarán sus decisiones; pero el niño debe aprender a ser libre y a serlo bien. En el centro de la libertad de cada uno se desarrollan correctamente la sensatez, el buen juicio y la prudencia. El que no sea libre no podrá ser ni sensato, ni justo, ni prudente.

    Como situaciones difíciles a solucionar o, mejor dicho, a acompañar nos propone el Papa tres: la gradualidad, la misericordia y la espiritualidad. Empezaremos por la última. La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos los sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. La espiritualidad del amor familiar está hecha de miles de gestos reales y concretos. En esa variedad de dones y de encuentros que maduran la comunión Dios tiene su morada. Y lo que viene ahora es muy importante, incluso para la vida religiosa de nuestro tiempo, como ha venido haciendo y diciendo la iglesia por sus decretos y actuaciones: Quienes tienen hondos deseos espirituales no deben sentir que la familia los aleja del crecimiento en la vida del Espíritu, sino que es un camino que el Señor utiliza para llevarles a las cumbres de la unión místicaAlgo así aprendí del Padre Alba y de muchos de mis hermanos de comunidad, misioneros hoy en América.

      Como misericordia, en este punto, entiende el Papa la imposibilidad que tenemos todos de juzgar el actuar de cada uno, así como las circunstancias que disminuyen la gravedad de los actos. Es decir, que no podemos decir de nadie que haya cometido un pecado mortal. Eso siempre lo han explicado muy bien los jesuitas. Influyen muchas cosas y en muchos casos, no podemos llegar a conocerlos ni nosotros mismos, por eso el juicio pertenece a Dios (cf. 301). Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. 

     Y la gradualidad es un término acuñado por San Juan Pablo II según la cual se propone que el ser humano conoce, ama y realiza el bien según diversas etapas de crecimiento. Veo fundamental para toda tarea pastoral saber lo que de pequeñito enseñaban en mi colegio cuando decían que no nos pedirá Dios lo mismo a todos. En las dificultades de la vida, no se puede hacer ley del caso particular; de este modo, cuanto más particular, menos legislable. Pero tampoco se deben añadir más leyes de las que hay, para intentar de esa manera, legislar sobre todo. Los fieles tienen derechos que han de ser respetados, también tenemos deberes, pero no hagamos deber lo que es voluntario, como el Rosario en familia o la Misa diaria; ni tampoco quitemos del horizonte el ejemplo de la Sagrada Familia, porque a eso somos llamados, a ser santos. Quizás sin prisa, pero también sin pausa. Lo que no puede perderse es el fin para el que hemos sido creados: salvar el alma, y ayudar a salvar a todos aquellos de mi familia, según los medios de cada uno, pero también, a su tiempo. No tengáis miedo a ser santos.

    No nos queda espacio para las situaciones complejas pero creo que está claro que cada uno debe saber transmitir, como cristiano, el rostro de Cristo. Ayudarles a estar cerca de Él, en cada caso, debe ser el Camino, la Verdad y la Vida de nuestro actuar cotidiano. Eso se refleja en las palabras, en los gestos, en el corazón, al fin y al cabo.

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