¡A sus órdenes, mi Teniente!

IMG_20160423_133526    Querido Pedro:

    Perdona que empiece por lo que debería ser el final: ¡A SUS ÓRDENES, MI TENIENTE!

    A sus órdenes caballero que fuiste legionario paracaidista González. Muy querida Julia. Espero que nunca os haga falta, pero acaba de escribir el Papa Francisco un libro que titula “La Alegría del Amor” donde dice a los sacerdotes que deberíamos saber ayudar a las personas que tienen problemas a lo largo de su Matrimonio, en las penas, en la enfermedad, en esos momentos que no se ve la luz. Contad con ello siempre. Y, en realidad, con ello deberían contar de todos nosotros que también para eso estamos aquí. Suele ocurrir que cuando alguien tiene un problema, los que vinieron a comer y a bailar no están. Por un misterioso efecto de la vida o la comodidad todos se esfuman. Espero que no pase nunca, pero que sepáis que podéis contar siempre con el párroco que presidió vuestra boda.

    Pensaba esta semana por qué estaba tan ilusionado. Mi madre me decía que me ilusionaba por todo, pero a mí me gusta saber por qué. Quizás porque se casa la hija pequeña de una de las familias que mejor me ha tratado desde que me conocieron. Sin ir más lejos, Marcos me ha invitado a su Comunión en el grupo de “amigos del niño”. No os digo más. Pero no debe ser por eso. Quizás porque hay pocas bodas en el pueblo. Tampoco, porque estoy en muchas al cabo del año. Creo que me ilusiona especialmente que se casan dos militares. Cuando estudiaba en el convento la carrera de Filosofía, vinieron a pedirnos un sacerdote para la Legión de Málaga, y me tuve que agarrar a la silla para no levantarme de un salto, pero aún no era sacerdote. Se casan dos militares y aquí, a los pies de la Virgen del Amparo se os entrega una misión.

    La misión es clara y concreta: tiene que durar toda la vida, debemos procurar compartirla con algún hijo y Dios quiere estar siempre presente haciendo felices a los vuestros a través de vosotros mismos. Si conseguís el objetivo podréis decir al final de la vida: MISIÓN CUMPLIDA. Para ello, además de la gracia especial del Sacramento del Matrimonio podéis contar con tres virtudes militares y con otras tres que sólo se aprenden en familia, en cada hogar; y que debéis enseñar de nuevo a los hijos porque nadie da lo que no tiene, pero a todo se aprende.

    Las virtudes que se aprenden en la milicia son tres: la generosidad, el coraje y la responsabilidad. Vivimos en un mundo en que esas tres palabras se utilizan poco y se viven menos. O no es generosidad dar cada día lo mejor de uno a aquella que Dios te da como compañera. Es generosidad estar pendiente de lo que le pasa a tu teniente,  aunque no te lo diga, aunque ni siquiera se acierte. Pero él sabrá que lo estás. Es coraje, como está el mundo, coger el sobre que da Dios, con esa misión, y contestarle, con humildad pero también con arrojo, voluntad y valor, con honor, que cuente con cada uno para todo ello. Y la responsabilidad, en las cosas más pequeñas, en las dificultades mayores, en la salud y en la enfermedad, no es poesía; muchas veces: es necesidad.

    En segundo lugar, hay otras virtudes que son del hogar. De esas que se aprenden del papá y de la mamá, de la compañía de hermanos, cuñados y sobrinos. Del puro convivir que no es rutina, de la fiesta y de la pena. En primer lugar, el trabajo. Habéis aprendido por estas tierras lo que es el campo. Muchas veces un castigo diario, pero otras, una bendición. Enseñad a vuestros hijos que las cosas cuestan. Más vale que lo aprendan de vosotros que de los palos. En segundo lugar, la confianza. Cuando el escorpión de la duda entra en el corazón y lo pincha. Cuando uno se da cuenta que quien más lo quería, tampoco se fía, se empieza a romper algo que cuesta mucho recuperar. La confianza no se compra ni se vende, se gana y se tiene. Esa confianza que, en familia, nunca debe perderse, id haciendo que crezca. La del uno en el otro, la de la verdadera amistad, la de aquél que sabe que si hay algo importante, el otro me lo dirá. No dejéis que una sociedad desconfiada entre en vuestras casas. Nunca. Jamás. Y, por último, la ternura y el cariño. Quizás, lo he dicho muchas veces, aquí nos cuesta decir “Te quiero”, pero no dejéis espacio a la duda, no impidáis las manifestaciones de cariño que van labrando el corazón, grande el vuestro, y pequeño el de los chicos, para ser capaces después de renunciar a cosas y a personas por el bien de vosotros mismos. Capaces de Amar de verdad, dando, poco a poco, la propia vida por aquellos que os quieren. Sin olvidar nunca que nadie tiene amor más grande que aquél que se da.

    Por último, y por lo largo que puede llegar a ser, por si os toca compartir lo imprevisible, para todo lo que hemos dicho, y mucho más, le pedimos a Dios, como capitán general, como Rey de nuestras vida, como parte de esta misión que se nos encomienda para siempre, a los pies de nuestra Madre del Cielo, junto a los nuestros, familiares y amigos, junto a los que no están pero deberían haber venido, y junto a los que ya no pueden estar, nos dé la constancia diaria de hacer de cada día, un nuevo paso en la ilusión de ilusionar con alegría.

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3 comentarios sobre “¡A sus órdenes, mi Teniente!

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