Amaos unos a otros como Yo os he amado

    Queridos hermanos:

    En el día de ayer los sacerdotes de la zona con algunos jóvenes del arciprestazgo y también de nuestro pueblo fueron juntos a la Ermita de la Virgen de Rus para ganar el Jubileo de los jóvenes; allí celebraron que Cristo vive y pidieron perdón a Dios por sus pecados. También ayer, en la plaza de San Pedro, el Papa cogió una silla y se puso a confesar juventud. E incluso, les digo más, ayer mismo, unos jóvenes de Barcelona, Eduardo, que viene aquí a ayudarnos, mi cuñado, Marcos Vera y otros amigos, cogieron un buen grupo de pobres que viven por las calles, se fueron a un hospital de enfermos que se conoce, en Barcelona con el nombre de El Cottolengo del Padre Alegre, donde unas monjitas cuidan a enfermos que nadie puede cuidar y, junto con algunas hermanas, se los llevaron a celebrar un día de familia con Misa, comida y convivencia en el Oasis de Jesús Sacerdote.

    Todo ellos, el Papa, los sacerdotes, Jóvenes de San José, esta mañana le explicaban al mundo el bien que el Señor había hecho. Ese es el espíritu del Papa y los Apóstoles que nos explica la primera lectura de hoy. Quien no va en ese espíritu, no va bien. Algunos dicen que es vanagloria, populismo, propaganda. Cuidado con la #envidia y el corazón pequeño que nos puede hacer actuar de forma diferente a lo que debe de ser. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la Fe. Quien no se alegre de estas cosas, quien ve vicio en lo bueno, puede pasarle lo que dice el profeta Isaías: ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!, se les puede estar poniendo una escama en los ojos que los haga ciegos que guían a otros ciegos. Alegrarse por los bienes que nos da el Señor es un gozo inmenso que forma parte de nuestra obligación de cristiano. El que no lo vive así, se le encoge el corazón y se le nota en la cara, que es el espejo del alma. De la abundancia del corazón habla la boca. 

    Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles. Explicando tus hazañas a los hombres. 

   El Señor borrará la envidia, el pecado, la tristeza: en Él fue demolida nuestra antigua miseria, reconstruido cuanto estaba derrumbado y renovada en plenitud la salvación. Él hace nuevas todas las cosas para que sea realidad aquello que nos dice en el Evangelio de hoy: Amaos unos a otros como Yo os he amado. No solamente superando el ojo por ojo, diente por diente de la ley mosaica, sino dando un gran paso. Cada vez que disteis de comer, disteis de beber, visitasteis, vestisteis a uno de estos mis humildes hermanos, también lo hicisteis conmigo. Tengo un amigo que se llama Israel, que tiene una hermana en las Carmelitas de la plaza del Carmen en San Clemente, que estaba en el seminario, pero se casó y me regaló su sotana, que aún la tengo. Cuando íbamos en el coche y veía un coche parado me decía: “para que a Jesús se le ha pinchado una rueda”. Y había que parar. Después de decía: “Vamos a ver a éste o el otro,  que Jesús está en el hospital”, y teníamos que ir. ¡Qué espíritu más hermoso! Como César que, cuando llego a su casa, sube las escaleras gritando: “¡Papá, papá, ha venido Jesús!” y al niño no lo sacas de ahí. Deberíamos ver en los demás a Jesús.

    Pero eso no es todo, es un paso más, como os digo: Como Él nos ha amado, es hasta la Cruz. Es el amor máximo, el que da la vida, el día a día. Si nuestros ojos, en el hablar, en el escuchar, en el perdonar y nunca juzgar, o al analizar las acciones de los demás, si en todo ello reflejáramos la mirada y la palabra de Jesús, la comprensión de Jesús, conocerán todos que somos discípulos suyos, y si no, no; podría decir San Juan.

    Cuando veáis que alguien juzga, condena, criminaliza el actuar de los demás, habla criticando, piensa y juzga de forma diferente a Jesús, no está con él, el buen espíritu. Hablamos poco del Cielo porque lo vivimos poco en la tierra. Amémonos unos a otros, mucho más los que venimos a la Iglesia. Deberíamos ser ejemplo para todos. Ése sería el primer paso para poder decir a los demás que su Reinado es un Reinado perpetuo. Para explicar a los hombres la gloria y majestad de su Reinado, debemos amarnos unos a otros.

    Él hará nuevas todas las cosas, en esa esperanza debemos vivir, en esa ilusión debemos evangelizar. Haciéndonos el bien unos a otros, rezando por los que están en guerra, en Ucrania y en tantos sitios, colaborando con los que lo pasan mal, y también, rezando y ayudando a los que están bien. ¿O sólo debemos amar a los que sufren cuando nos damos cuenta que sufren? No. Debemos amar a todos. El amor no tiene envidia, no es egoísta, disculpa sin límites. Demos gracias a Dios por tantos beneficios como nos ha dado en la vida. Hablemos de sus hazañas. Dios sea siempre bendito. A Él la gloria por los siglos de los siglos.

 

 

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