Un mensaje a García

Mensaje a García, Padre Domenech

    En ocasiones muchas personas me han hablado de la necesidad de trabajar al ritmo de las personas que están conmigo. Mi hermana, el verano pasado, dedicó mucho tiempo a hacerme entender que no sirve para nada coger una moto y marchar a toda velocidad si los que deben seguir por la carretera se quedan atrás. No quiero decir con esto que sea más rápido que nadie, sino que debo tratar de adaptarme a los demás, sobre todo, siendo párroco y tratando con las almas. Me he arrepentido a veces de imponer antes que proponer, de hacer trabajar de más, de no tener un punto medio.

    Sin embargo, creo que nuestra sociedad necesita cambiar de marcha, al menos en España, si queremos competir con otras economías. Sirva de ejemplo que la juventud estadounidense construía un barco al día cuando se incorporó a la Segunda Guerra Mundial, SIN COBRAR NADA. Hoy no creo que eso fuera posible pero, al menos, debemos cumplir con nuestra obligación. “Soy más amigo del viento que de la brisa, hay que hacer el bien deprisa, que el mal no pierde momento”, dice Pemán, en boca de San Francisco Javier en el Divino Impaciente.

     Hay personas que tienen exceso de responsabilidad en el trabajo, con el peligro de sentirse imprescindibles, mal pagadas, quejarse de todo; pero hay otras que no hacen ni las horas que les tocan, que pierden más tiempo del que emplean, que se quejan de sus patronos por lo que les exigen sin darse cuenta que están haciendo perder dinero a quien los contrato, además de defraudar a su propia familia, por su gandulería. Otros, en cambio, no son efectivos, echando las culpas a los demás.

    Estos días me está ayudando en la Parroquia un buen amigo, debido a la acumulación de tarea con la fiscalía, las obras, Corpus en los cuatro pueblos, Primeras Comuniones, Bodas, cuentas del primer semestre; en alguna ocasión me pide algo más de sosiego. Tras un encuentro de opiniones enfrentadas he recordado un texto que mi padre me hizo leer de chico y que quiero compartir con ustedes. No se trata del “mensaje a García” tradicional historia de un soldado que atravesó todas las líneas enemigas para entregar una carta a un oficial llamado García, sin preguntar ni quién era, ni donde estaba, ni si había muchos Garcías. A continuación estaba escrito en aquellas hojas que tenía papá. Quería compartirlo aquí:

Entre los empleados de cierta casa comercial de Manila causó sensación la noticia que al último, al que sólo llevaba dos años trabajando en la empresa, lo habían ascendido nada menos que a apoderado, saltándose a los diez o doce compañeros más antiguos que él y entre los cuales había alguno que contaba más de veinte años de servicios a la firma. 

Una comisión formada por los que se consideraban más venerables puntales de la casa, acudió en queja respetuosa al director. Expusieron su extrañeza, y cuando terminaban su alegato el jefe los interrumpió con además que pedía silencio a la vez que se escuchaba un ruido que procedía de la calle. 

– ¿Quiere usted hacerme el favor de enterarse a qué obedece ese barullo? -rogó a uno de los comisionados- 

Éste se asomó a la ventana y se volvió diciendo: – Son unos camiones que pasan por la calle. (Se acababa de callar y se oyó el ruido)

– ¿Tiene la bondad de enterarse de la causa de este ruido? -le dijo a otro-. 

Bajó a la calle y subió con los informes: – Son unos camiones que pasan cargados. Al seguir el estrépito el director llamó al nuevo encargado cuyo ascenso era la causa de la entrevista. 

– Mr. Bold, ¿quiere usted enterarse de la causa de este ruido? 

Al poco rato volvió Mr. Bold. – Son unos camiones que llevan al muelle 16 las cuatro mil balas de algodón que la casa Smithson envía por le vapor “Red Start” a la fábrica Healy de Dublín. Por cierto, que han conseguido hacer la venta con dos peniques de ventaja sobre el precio de la bolsa de ayer, debido a…

-Basta, interrumpió el jefe, y dirigiéndose a los vegetativos reclamantes les dijo: 

– ¿Lo ven ustedes, señores? Mr. Bold es sencillamente, un hombre capaz de llevar un mensaje a García. Nada más. 

    Por eso, me parece que todos, especialmente la juventud actual, debe esforzarse en superar obstáculos, en rendir en su trabajo, en llegar puntual, en cumplir con la palabra dada, sencillamente, en lo que cada jefe espera de su trabajador. Porque, en realidad, es la obligación de cada uno, desde hace seis mil años: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Demos gracias a Dios por el trabajo, pero estemos en lo que estamos, o nadie podrá confiar en nuestra persona, en nuestro tiempo, ni tan siquiera en nuestra amistad, porque podrá más en nuestras vidas, el descanso del no haberse cansado, que el pensar que la empresa es mía para que pueda seguir adelante y me sigan pagando.

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