¡PONEOS EN CAMINO!

 

    El Evangelio de este domingo recoge la tradicional súplica del Señor que nunca recordaremos bastante ni con la suficiente insistencia: La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. Emociona leer estas palabras: “Los mandó por delante a todos los pueblos y lugares donde pensaba ir él”. No puedo dejar de recordar a lo largo de mi vida todos los pueblos donde he estado. La conversación con Don Miguel León, en la puerta de la cocina del Seminario Mater Dei de Castellón, donde estudié Teología, la recuerdo como si fuera hoy.

    ¿Por qué no te vienes conmigo a Nules? Allí empecé mi labor con el sacerdote que trató de enseñame a ser párroco. Allí conocí a Maite y Jose, a la familia de Pedro y Encarna, a Miguel Ángel Martínez Montes y la familia Arnau, a tantas personas queridas con las que todavía conservo trato y muy buena amistad. Recuerdo las palabras del párroco al llegar. Sal a la calle y empieza por donde quieras. En el más puro estilo jesuita y misionero. ¡Qué bien predicaba aquel hombre! Y predica, que seguro que sigue igual. Las camareras de la Verge de la Soletat, los universitarios, los chicos de confirmación (más de doscientos entre los tres años) Son números que dan miedo todavía.

    En Garaballa y Henarejos descansó sobre todos la paz al celebrar el jubileo por el centenario de las apariciones de la Virgen de Tejeda. Estando allí supe la enfermedad que se llevaría a mamá y la llegada de nuestro señor obispo. Quizás una de las peores cosas que he vivido (porque mamá empezaba a morirse ya y lo sabíamos todos) y una de las mejores porque empezaba a tener en Don José María un padre más. Y sin tiempo para pensarlo tuve que ir a Almodóvar del Pinar, a los institutos como profesor y a los tribunales, pero a trabajar, no se asusten. Quedarían atrás Solera de Gabaldón, Monteagudo de las Salinas y más atrás Aliaguilla. Nueve meses supliendo al bueno de Josete. ¡Qué recuerdos más hermosos! El coro, la Semana Santa, el viaje a Valencia con el Papa…

   Después Uclés, Alcázar del Rey, donde volví hace poco, porque se había muerto la madre de las cuatro hermanas. ¡Grandes mujeres las cuatro que con su vida hablan de su madre! Moncho e Inés, la boda de la hija de Rafi y Julián, y las tardes con mis padres… De esta época también la familia de don Andrés, los chicos del seminario. En aquellas casas había gente de paz, y pude marchar diciendo: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”.

     Y llegué donde estoy. Sinceramente creo que es el lugar donde iba. Es cierto que tenemos que estar contentos porque nuestros nombres están escritos en el Cielo, pero también es verdad que conforme va pasando el tiempo, cuando los horarios han cuadrado en lo que ha sido un esfuerzo por parte de todos, los viajes a Cuenca se han colocado donde tocaba, las gentes se han puesto codo con codo a trabajar en lo mismo, la paciencia de muchos ha soportado los errores de unos y otros, pero sobre todo los míos, la armonía, la ilusión y, quizás también, la constancia de cada uno, han hecho posible que la vida en estos pueblos de ahora, aunque sean cuatro, sea un remanso lleno de alegría y trabajo, donde es difícil distinguir cuando se está trabajando y cuando se está con amigos, cuando se reza pidiendo, y cuando se alaba al Señor por todos.

     Quisiera terminar como empezó Jesús: pidamos con Fe al Señor que vengan más vocaciones, que los sacerdotes seamos más santos, y si no puede ser, al menos, trabajadores de su viña sin miedo ni cansancio. Pidamos por los chicos que están en Uclés estos días en el campamento vocacional. Recemos por el equipo de formadores, por las nuevas incorporaciones. Ayer se me acercó un muchacho muy feliz a saludarme. Estaba contento porque el año que viene entraba en el Seminario. Se me pone la piel de gallina al recordar que a aquél chico, hace muchos años, lo había bautizado yo. Me hice amigo de su padre y de su mamá. Aún nos vemos de vez en cuando. Aquellos encuentros que él recuerda, también su madre y seguro que mucho más Dios, son hoy solamente un paso en nuestras vidas, pero que, como a Ignacio, mi hermano, nos dejaron huella. Enhorabuena por tus hijos. Rezaré por ellos y por todos.

    Gracias a Dios, nunca ha sido necesario sacudirse la sandalias del polvo del camino en la puerta de ningún lugar. Allá donde he ido me han recibido bien. Pido al Señor que no sea en ningún sitio causa de estorbo para su gracia, como también le pido seguir aquí muchos años. Pedídselo a Dios conmigo.

    Y termino: sólo les digo algo, mientras esperamos que el Señor nos envíe sacerdotes, ¿no podemos ser nosotros todos, obreros de su mies? PONEOS EN CAMINO. Glorificad a Dios con vuestras vidas.

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