Aprender a parar… ¿Tiempo para Dios?

   Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies de Jesús escuchaba su palabra. “María ha escogido la mejor parte y no se la quitarán”. 

    Hay que tener en cuenta varias cosas para hablar sobre esta página del Evangelio. La casa de Marta, María y Lázaro era como un remanso de paz para Jesús. Los tres hermanos disfrutaban de su compañía y la de los Apóstoles. Como ahora, todo el mundo estaría pendiente de si Jesús iba a un sitio o a otro. Si hablaba con una mujer, como cuando se sentó junto al pozo con la samaritana, o si hablaba con diez. Actualmente, cuando alguien teme ser juzgado por algo, aunque sea bueno, deja de hacerlo; y, en cambio, si está mal, pero no está juzgado, ya se atreve. Le damos más importancia a la opinión de la gente que a la bondad y a la verdad. Es más determinante la opinión que la justicia; y así está el patio.

    Y uno se pregunta. Esa mujer concreta con ese problema concreto, puede ser digna de ayuda, de tiempo, se le puede escuchar… O hay que despacharla muy rápido porque sea joven, mayor, guapa, simpática o torpe. Creo que la dignidad de las personas está por encima de su condición personal. El día que entendamos que se puede hacer el bien, solamente por el hecho de pasar un rato charlando, como hacía Jesús, ese día habremos dado un paso más grande que la aceptación de las costumbres depravadas o la ayuda solidaria al extranjero. ¡Cómo vamos a recibir a un inmigrante como si fuera Jesús, si recibimos a Jesús como inmigrante!

    Deberíamos recibirnos más unos a otros, como hizo Marta. En segundo lugar, atender al trabajo es bueno. Si Marta no diera de comer a los Apóstoles, Jesús no iría a su casa. Lo único que pasa es que no sólo hay que preocuparse de los cuerpos, sino mucho más de las almas. Alimentar el alma acaba siendo una tarea urgente en nuestro mundo de hoy y de siempre. Hay que saber ayudar al que trabaja. Muchos se acomodan sin hacer nada llegando a echar la culpa a los que trabajan de que lo hacen porque quieren. Sin embargo, trabajar de más tiene graves consecuencias. Tengo amigos, muchos amigos, que el exceso de trabajo ha roto su familia, su consagración a Dios, o al menos, su paz del alma. Ni debemos ser gandules, ni perder lo bueno que tenemos por trabajar de más.

    La familia te necesita a ti más que tu dinero. Tu esposa quiere estar contigo, no sólo quiere que traigas dinero a casa. Los hijos quieren estar con sus padres, no que les compren la UI enseguida, o tener tablet y móvil. ¿Para qué quiere comunicarse si nunca está con su padre? Igual pasa con aquellos que nos dedicamos a Dios. Hay muchas personas que pueden haber convertido su vida consagrada al Señor en una dedicación exclusiva a trabajar. Pero si Dios no está presente en el sosiego del alma, puede ser que ese trabajo se convierta en dedicación vacía que puede acabar como el San Manuel, bueno y mártir de Unamuno, que se llegó a olvidar de por qué y por quién trabajaba.

     El tiempo dedicado a la familia, el tiempo dedicado a hablar con Jesús y con la Virgen; aunque no seas sacerdote, aunque vivas en el bullicio de la ciudad acelerada, es una inversión para ti y para los tuyos, que nadie tiene derecho a arrebatarte. Tomemos en serio saber sosegarnos, saber frenar el ritmo de nuestra vida, para que no lo tenga que hacer la enfermedad, el genio o la falta de paz de espíritu. Jesús lo dice sin rodeos: esa es la mejor parte. Nadie te la puede quitar. Lo que sí que es cierto es lo que les digo muchas veces. El Señor es muy respetuoso. Llama a la puerta unas cuantas veces y si no le abres, se marcha.

   Le pido este fin de semana al Señor por todos los matrimonios que conozco. Que sepan dedicar, en este tiempo de vacaciones (los que las tengan), y cada semana, al menos un día, a hablar entre ellos, a explicarse lo que les puede angustiar el corazón, a valorar el sentido del descanso y el dejar hueco a Dios en sus vidas. Quien nunca está con Jesús, es difícil que transmita eso que Jesús enseñaba a María. Su manera de vivir, de pensar, sobre todo, su manera de AMAR. Hoy las personas no se aman de verdad. Parecemos todos compañeros de piso universitarios, que dan más importancia a partir que a compartir, a sentir que a amar, a trabajar que conversar. Cuidado con el estrés del cada día… Con el pan nuestro basta. Quien busca a Dios, nada le falta.

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