Hice de mi vida un CAMPAMENTO, como mi MADRE

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Mamá junto al trabajo o el trabajo junto a mamá

 

    Llega el tiempo de partir hacia los campamentos. Jóvenes y mayores organizan lo que puede ser el momento de más intensidad apostólica con sus grupos, sus parroquias, sus amigos… Este año la Jornada Mundial de la Juventud centra el mayor número de peregrinaciones y proyectos. Es inevitable pensar, antes de salir hacia allí, aquellos que puedan hacerlo, si lo tienen todo preparado. El equipo imprescindible, los papeles legales correspondientes, las medicinas si están enfermos por cualquier causa.

    Sin embargo, decía mi obispo D. José María Yanguas, hace muchos años, que si una obra apostólica no cubre sus propios gastos es que está mal organizada. De la misma manera, aunque en un prisma distinto al económico, si el provecho espiritual sacado no es superior a los esfuerzos que ha supuesto, algo ha salido mal. Podemos decir que el fruto no depende de nosotros, que no es momento de analizarlo, que la semilla queda y dará fruto; pero me parecen malas excusas si al volver de este tiempo de verano, todos, responsables y jóvenes, e incluso el Papa, no volvemos más cerca de Dios y con más ánimo para entregar el corazón al Señor.

    Es inevitable saber qué ha quedado en nosotros al volver, o qué queremos traernos de estos días; además, por supuesto de entablar nuevas amistades y pasarlo bien. ¿Qué me traje de tantos campamentos con el Padre Alba? ¿qué llevo dentro después de haber compartido con mis padres decenas de veranos al servicio del Señor y de los demás? Voy a tratar de resumirlo.

TRABAJO: De mi madre recuerdo la preparación del campamento del que fue jefa desde que yo era pequeño. En una de las fotos, hay un niño con sotana y roquete. Soy yo una de las primeras veces que ayudé a Misa. Si tenía que levantarse a las cuatro de la mañana para poner lavadoras lo hacía, sola o acompañada. Los demás nos turnábamos. Ella siempre al pie del cañón. De mi padre, levantarse cada noche varias veces si se paraba el generador de corriente para que no se descongelaran los congeladores de cocina y hubiera luz en los baños. ¿Cuánto dormía al día en campamentos? Nunca lo supe. Mamá, una noche antes de ir a uno de los campamentos, me llamó por teléfono: “no tenemos furgoneta. No sé qué hacer”. “Mamá, no te preocupes, te consigo una”. Al final conseguimos dos. No era capaz de dormir si quedaba algo por preparar. Ese sello me lo dejó puesto.

AMOR A DIOS: En los campamentos lo primero era Dios. Rezar por la mañana, la Santa Misa, el Rosario con los instructores y todas las dudas que nos planteaban los muchachos. Se llamaba paseo. Siempre fue para mí el mejor momento. De niño, de jovencito escuchando a mi padre y de mayor hablando a la juventud. Ahora puedo escaparme algún día, pero no puedo organizarlos porque no se puede faltar de los pueblos mucho tiempo seguido, o yo no sé hacerlo. En días sueltos queda todo. La ilusión por pasar un rato en la capilla se quedó también después del ejemplo de mi madre, que lo dejó siempre todo por Jesús. No sé cómo lo hacía, muchas veces no sé ni cuando. Pero rezaba y velaba porque rezáramos.

AMOR A ESPAÑA: Ella nació en Cataluña, y lo escribo con “ñ” porque siempre se escribió así. Era otra tierra, la de la devoción a la Virgen y la Adoración Nocturna. La que se sentía parte de España. Besábamos la bandera como los militares muchos años antes de que se les ocurriera organizarlo en los cuarteles catalanes como hacen ahora, que por cierto, me parece muy bien. Ella sabía que es más importante o tanto al menos, como el amor a los padres. Ella explicaba historias de amigas que habían perdido familia o dinero, o tierras, por los valores del amor al solar patrio, que siempre nos han enseñado. Los nacionalismos enfermizos son recientes y falsos. Nunca ni abuelos, ni gentes de antaño tuvieron ningún problema en hablar catalán, aprenderlo o enseñarlo. Nunca fue en casa un obstáculo mezclar los dos idiomas, y tenerlos los dos como lenguas maternas. Hacer un problema de lo que no lo es, es una lacra de nuestro tiempo. También esto lo aprendí en los campamentos.

AUSTERIDAD Y SACRIFICIO: Siempre fue mamá un ejemplo en las dos cosas. El último año en ese campamento de Los Arces, llevaba la boca torcida por un herpes, una pierna dolorida porque se había roto el fémur, y el tornillo que lo sujetaba se le partió poco antes de ir, suspendiendo un viaje a Fátima por ese motivo.

    Vivir en la montaña, lejos de los baños, desplazándose para comer, asistiendo a Misa de pie, son si cabe cosas muy complicadas cuando uno tiene la edad que tenía ella, pero con los huesos con cáncer, y la cara  dañada, llega a ser impracticable. Pero aguantó, verla nos daba fuerza, en la vida como en la muerte. Cuando algo se complicaba la llamaba por teléfono, sus palabras de ánimo, sus consejos, su valor y su entereza aún se escuchan en mi coche cuando algo se complica. ¡Adelante Madre! ¡Gracias hijo! Y viceversa.

 CONSTANCIA: La sociedad enseña a la juventud a no superar obstáculos, a buscar pokémons en lugar de soluciones, a rendirse a la primera contrariedad. Mamá vivió siempre igual. Embarazada o enferma, sana, joven o mayor, siempre igual. El mismo ánimo, la misma fuerza. Y creo, sinceramente, que la clave de todas estas cosas y quizás de todas, era la ilusión. La habilidad por ilusionarse porque una joven pasara unos días algo mejor que otros momentos de su vida, la ilusión por las confesiones de todos, acompañado todo ello por el sentido común de saber pedirle a cada uno, no sólo a sus hijos, sino a todos, aquello que puede dar, y no más, pero sí todo lo que podíamos dar, de una forma firme, constante y cariñosa, es lo que hacían de ella: La jefa del Campamento, la jefa de mi vida. No me dejes MADRE. Hazme siempre constante.

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