Apóstol de los Apóstoles

 

    Nos encontramos con un fin de semana entre dos momentos importantes de la Liturgia. La Solemnidad de Santiago Apóstol, Patrón de España; y la elevación a “Fiesta” de la Memoria de Santa María Magdalena.

      Las celebraciones de los santos en el calendario litúrgico tienen cuatro categorías. Pueden ser MEMORIA LIBRE, en la que se puede decir la Misa en honor del santo o no hacerlo, de ahí su nombre. También tenemos MEMORIAS OBLIGATORIAS, como el día 3 de diciembre San Francisco Javier o el 13 de junio San Antonio de Padua. Tienen oraciones propias de la Misa y se celebran en todo el mundo. Esta era la categoría de la celebración litúrgica de Santa María Magdalena, hasta este año, que ha pasado a ser FIESTA. Fiestas son también la mayoría de los apóstoles y evangelistas, el día de la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel (31 de mayo) y algunas más como la Transfiguración y otros misterios de la vida de Jesús. Por último, celebramos las SOLEMNIDADES, como los días de Santa María, Madre de Dios, San José, la Inmaculada, Santiago Apóstol, que suelen ser la mayoría fiestas de guardar, por lo que hemos de asistir a Misa y abstenernos de trabajos corporales. Aunque, últimamente, sobre todo San José y Santiago, han sido dispensadas en algunas diócesis al ser día de labor.

   Pues bien, el motivo principal de este cambio de Santa María Magdalena, es que Jesús quiso que ella fuera apóstol de los apóstoles al anunciarles la Resurrección del Señor. Esa tarea tan privilegiada de anunciar el triunfo de la Vida sobre la muerte, de Cristo sobre el diablo, ese momento central de la historia, fue anunciado por primera vez por una mujer, en una sociedad que no tenía en cuenta a las mujeres. Por eso no es cierto que a la mujer se le haya dado dignidad en el siglo XX. Muchos siglos antes, Jesucristo se encargó de recalcarlo no sólo de palabra, sino también de obra. La mujer, desde entonces es el vehículo más certero de la evangelización, como imagen de la Madre de Jesús, o como mamá a sus hijos al transmitirles la Fe.

     Para esta fiesta se ha rezado en toda la Iglesia universal un Prefacio nuevo que es digno, como todos ellos, de ser meditado. El Prefacio es la oración que precede al momento principal de la Misa: la Consagración, cuando Cristo viene al Altar. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, aclamarte siempre, Padre todopoderoso, de quien la misericordia no es menor que el poder, por Cristo, Señor nuestro. El cual se apareció visiblemente en el huerto a María Magdalena, pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo. Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo: Santo, Santo, Santo. 

    Es de destacar la unión en la misma oración de la misericordia que tuvo Jesús con ella, del amor con que le correspondió, y de la transmisión del mensaje, de la buena nueva de la Resurrección; y quizás podríamos decir que no pueden darse una sin las otras dos.

   Por el apostolado entendemos, en sentido amplio, toda la obra de Evangelización, desde la que empezara Santiago a orillas del Ebro después de la bendita hora en que la Virgen María vino en carne mortal a Zaragoza, hasta nuestros pequeños granos de arena al hablar de Dios con cualquiera. En sentido estricto lo definían los jesuitas como “Contemplata aliis tradere” (transmitir a los demás aquellas cosas observadas en la contemplación) y quién mejor que María Magdalena, no sólo para decirnos que Jesús había resucitado sino también para comunicar cómo es el amor de Jesús, tan importante y necesario en estos tiempos en que las gentes no saben amar, ni tan siquiera dar, sin nada a cambio.

    El Apóstol Santiago, Solemnidad que celebramos este lunes, es el Patrono de España por habernos traído la Fe, por haber combatido junto a nuestros cruzados en la Reconquista, a lomos de su caballo blanco, con la única misión de defender la Fe cristiana de aquellos que venían, como ahora, a arrancarla desde sus raíces. A él agradezco especialmente los primeros pasos de mi andadura como seminarista, debido a que, en el Año Santo Jacobeo de 1993, ofrecí la peregrinación a través del Camino de Santiago, para pedirle al Apóstol que intercediera para que pudiera ingresar aquél mes de septiembre en el noviciado de la Sociedad Misionera de Cristo Rey. Años después le agradezco no solamente eso, sino la misma Ordenación Sacerdotal.

    Al Santo le pedimos por nuestra Patria, para que vuelva a ser la nación de eterna cruzada, relicario de santidad y sublime escuela de Tradiciones; que no se pierda en nuestra tierra el amor a la Santísima Virgen, el coraje en la defensa de la Fe, y la misión apostólica de llevar a Cristo a todas las almas. Unamos nuestras intenciones en la Santa Misa de este lunes a las de tantos apóstoles por toda la tierra que ofreceremos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, como hiciera el primer mártir entre los apóstoles, para que seamos capaces de dar la vida por Él, bien de una vez, o cada día, poco a poco, dando la vida por los amigos, e incluso, por los enemigos.

    APÓSTOL SANTIAGO, RUEGA POR NOSOTROS

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