Dónde está tu tesoro, allí está tu corazón

culto-al-dinero_tio-gilito_01  Dijo Jesús a sus discípulos: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, a donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. “Estad preparados porque a la hora que menos penséis se acerca el Hijo del hombre”. 

    La carta a los Hebreos que leemos en la segunda lectura de este domingo comienza diciendo: “La Fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve”. Aquellos que vivimos en la Fe de nuestros padres y abuelos, es decir, casi la mayoría en los pueblos y casi nadie en las ciudades, corremos el peligro de que “asegurados” en lo que siempre hemos creído, o decíamos creer, vayamos sustituyendo a Cristo por otras cosas, casi sin darnos cuenta. Otro gran número de personas ha dejado de creer absolutamente en lo que no se ve, por este motivo no espera nada más allá de este mundo.

    Es muy difícil para personas con Fe, meterse dentro de las ideas de los que no la tienen. El que vive como si no hubiera nada más allá de la muerte, va forjándose un corazón avaro y egoísta que trasciende a todos sus pensamientos y llega a condicionar su actitud, incluso con los que más quiere. Esto puede ocurrir de golpe, pero suele llegar paulatinamente. Aquél que no cree en el más allá, sólo piensa en San Paramí y nada para los demás. La filantropía y el querer hacer bien, si no está fundado en Cristo, que dio su vida por nosotros, se acaba, porque no somos infinitos. Hemos dejado de llenar el corazón de la VIDA que es ÉL. Por este motivo, en familias cristianas, aumentan actitudes egoístas cuando llega el momento de las herencias, o de renunciar a algo por los demás.

    Tres días de vacaciones para estar con los abuelos, renunciar a un día de descanso por llevar a los hijos al zoo, o cualquier cosa de las que llenan el corazón, porque hay más alegría en dar que en recibir. Sin embargo, quien no tiene a Cristo, poco a poco se va cansando de dar. Y después de no dar, deja de esperar en nadie, deja de esperar nada. Y quien no espera nada se desespera. También quien se apoya sólo en la diversión o en su fama, en el qué dirán. Acaba en amargura. Se vacía poco a poco.

    La única manera de que seamos felices aquí es compartir aquello que hemos recibido, pero no solamente la Fe o el dinero (que también) sino el tiempo, la amistad, el consejo, el alimento, el trabajo… El fin de cada día sería parecerse al final de la jornada un poco más al que debemos llegar a ver cara a cara: a Jesús mismo.

    También debemos tener en cuenta que no a todos nos van a pedir lo mismo el día del juicio final. Lo dice el Señor bien claro en este evangelio: Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. Dios no quiere de cada uno la misma cantidad de Fe ni tampoco de Caridad. Ni siquiera pretende las mismas en cada época de la vida.

    Cuando rezamos el “hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo” le estamos pidiendo a Dios que se cumpla lo que quiera Él en nosotros en cada momento. Las circunstancias de la vida van indicando el camino que debemos tomar. Las circunstancias no pueden determinar nuestra conducta porque el bien y el mal, van más allá de las circunstancias. Sin embargo, no podemos ignorarlas ni permanecer ajenas a ellas.

   Pongamos un ejemplo. No podemos actuar de la misma manera si tenemos un enfermo en casa que no se puede valer por sí mismo, a cómo actuaríamos si estuviera en el hospital. No es necesario que un estudiante actúe igual en las semanas de los exámenes finales que cuando empieza el curso. Mantenidas las obligaciones de preparar los exámenes y de cuidar a los enfermos, nos afectan de maneras diferentes. Tampoco está igual de obligado con un enfermo, el hijo que el vecino, aunque los dos tengan que practicar la caridad.

    Nuestra condición de cristianos no es una circunstancia que se puede quitar y poner. Si queremos que nuestro corazón esté en Cristo en el momento que nos llegue la hora, debemos vivir como buenos cristianos en cada momento. Si Dios nos ha dado la formación, el trabajo, las virtudes necesarias para seguirle, sin que nos angustie la situación de nuestra vida, nos pedirá más frutos a la hora de nuestra muerte, que a aquellos que viven evacuados de sus casas a causa de la guerra.

    Me gustaría que al salir de aquí o en un rato de silencio en casa, dedicáramos unos minutos a pensar si estamos viviendo como le gustaría a nuestro Padre del Cielo. Si estamos dando lo que esperan de nosotros nuestros seres queridos. Si estamos dando más importancia a las personas que a las cosas. No podemos poner a nuestro perro por encima de un hermano. Ni a nuestro dinero darle más importancia que a nuestra madre. Recuerdo un profesor que decía cada día al entrar en el aula: “La persona es más importante que la cosa”. Se me quedó grabado aunque solamente fuera de escuchar cómo lo repetía. Si alguno piensa que estas palabras no le hacen falta, examínese bien, porque le puede pasar sin darse cuenta en cuanto se diga “a mí no me pasará”.

    Si alguno muere con su corazón puesto en sus riquezas, o en sí mismo, o si alguno piensa que eso le hará feliz, habrá perdido miserablemente las ocasiones de esta vida para morir con el alma preparada, poniendo su esperanza en la vida eterna con Dios. ¡Qué diferente la agonía, el velatorio y el cementerio de aquellos que mueren con Cristo, de tantos como mueren cada día apartados de Dios! Si tienes Fe, cuídala. Si no te queda mucha, pídela. Y si nunca has tenido, busca a Cristo y ábrele tu corazón. Estás a tiempo.

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