Madre del buen consejo

Hoy decimos la Misa de la Virgen María, Madre del Buen Consejo. Pedirle a Ella saber practicar dos obras de misericordia muy hermosas a la vez que difíciles es la intención de la Misa de hoy por mí y por ustedes.

Sin embargo, hoy día, no sé si por egoísmo, o por soberbia, o por una autosuficiencia mal entendida, es más difícil recibir una obra de misericordia que ponerla en práctica. Para recibir de los demás se necesita dejarse querer, se necesita aceptar nuestras limitaciones y la ayuda de otros.

Por eso decía hace unos meses una de las personas a las que yo agradezco mi sacerdocio, que se llama Jesús: “no hay peor consejo que el que nadie te ha pedido”. Dar buen consejo al que lo necesita y corregir al que va errado son bellas palabras pero de difícil práctida,

Hoy quisiera que diéramos las gracias a la Virgen del Amparo por tantos consejos que hemos recibido en la vida, sobre todo las veces que nos pensábamos que lo hacíamos todo bien pero no era así.

Hay un momento en el Evangelio que María consuela y aconseja, aunque no se recojan las palabras, pero se deja entrever. Cuando “Pedro lloró amargamente”. Había negado a Jesús cuando más falta hacía dar la cara por Él. Seguro que acudió a pedir auxilio a la Madre en el desespero del no saber actuar. ¿Qué palabras utilizaría? ¿Cómo se lo diría? Esa es la parte de nuestra meditación hoy.

¿Cómo me habla hoy a mí en esta circunstancia concreta la Madre de Dios y madre nuestra? Cuando venís aquí tantas veces a pedir consejo: ¿qué disposiciones traemos? ¿cómo nos hemos ido preparando para ese diálogo que es también oración? Para aconsejar a otro, debemos esperar que tenga esa disposición.

Hoy pedimos a la Virgen Santísima la justa medida en el corregir y el aconsejar. ¿A quién aconsejar? ¿cuándo? Y ¿cómo? Sin miedo a la verdad, pero sin hacer daño. Es más fácil no hacerlo. Quedarme cómodamente sin decir nada, pero hay que saber decir las cosas, y mucho más a quien las acepta. En algunas ocasiones, esos consejos o correcciones debemos darlos por obligación: los padres, los maestros…

Pero además de esto también pedimos a la Virgen la disposición de escuchar los consejos que nos den. Saber agradecerlos, saber ponerlos en práctica. Y cuando los demos pero no los sigan, no debemos disgustarnos. Un consejo por definición es algo que puede o no seguirse. De lo contrario sería una orden, una imposición. Que sepamos Madre recibir las correcciones y consejos con humildad y agradecer a quien nos los dan.

Quisiera terminar estas palabras con la oración final de la novena a la Virgen del Amparo para que puedan rezarla aquellos que están lejos: Excelsa patrona, Madre nuestra del Amparo, tú que conoces nuestros hogares, nuestros nombres, nuestros problemas, la alegría y el dolor de cada uno de tus hijos, de los que tienen la suerte inmensa de estar junto a Ti, y de los que ausentes te añoran y te rezan. Ampáreles, ampáranos. Guíanos por la senda de la vida y acógelos en tus dulces brazos de madre. Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

 

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