Enfermos, presos y tristes

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    Admiro la paciencia de algunas personas que sabiendo que vuelve a predicar el mismo de siempre, vuelven. Quizás podríamos hacer como en otros pueblos, que traen sacerdotes a predicar, pero me da la impresión de que no sabría estar allí sentado.

    Recuerdo hace muchos años, en la Facultad de Derecho Canónico de Valencia, que nos advirtieron de que no se podía utilizar el móvil en las clases. Yo me levanté e hice ademán de irme. -¿Qué pasa? ¿Dónde vas? – A mi casa. Mire, esto es Derecho Canónico, la mayoría somos párrocos. A mí, si me necesitan me voy. Sin móvil no puedo estar aquí, soy párroco y puedo hacerle falta a alguien. -Bueno mira, espera. Mañana lo hablamos.

    Y mañana ya se pudo usar el móvil. Y gracias a ese móvil, me llaman un día diciendo que un feligrés de mi Parroquia se ha rociado de gasolina y se ha pegado fuego a lo bonzo. Está en la unidad de quemados de la Fe de toda la vida de Valencia. Salgo de clase dejando los libros de Derecho Eclesiástico del Estado sobre la mesa y cojo un taxi. “A  la unidad de quemados de la Fe”. Llego, sale una enfermera. -¿Qué quiere? -Vengo a ver a un señor de mi Parroquia que está aquí. – No se puede pasar, la hora de visita es a las cuatro. – No se preocupe, me siento aquí, no tengo nada más que hacer hasta el domingo (y era martes y la una). – Bueno, espere. Salió el jefe médico de la unidad y me dejaron pasar. Tenemos derecho en nuestro país a tener atención religiosa en centros médicos por el acuerdo jurídico de 1979 de España con el Estado Vaticano. Dicho sea de paso.

    ¿Por qué digo todo esto? Porque ustedes cuando se pongan enfermos, o un vecino, o un amigo, avisen. “Es que pensaba que ya lo sabía”. – Oiga, no será mejor que nos enteremos dos veces que ninguna. “Es que igual se asusta”. – Se asustará como no vaya si se muere sin pedir perdón a Dios. No será un consuelo para el enfermo que le visite su sacerdote. Sobre todo si lo ha visitado varias veces. ¡Claro! Si no lo ha visto nunca. Pero si le ha ido a ver, sabe quién es, y sabe que le trae a Jesús en la Comunión, quizás lo agradece su alma, al menos. Si se presenta tu padre delante de Dios Padre y le pregunta: ¿Cómo has vivido hijo mío? Pues mira, regular. ¿Y cómo has muerto? Pues mal, porque el sacerdote quería venir a traerme los santos óleos pero mi hija no me dejó, por si me asustaba. Eso sí que es un susto. ¿O no hay otra vida? ¿O no hemos recibido la Fe de nuestros mayores la Fe? Pues tendremos que devolverles el favor aunque no nos quede nada.

    Tenemos cierto miedo, cierto complejo de defender lo nuestro, hasta que nos lo quiten y nos pase como aquél “llora como mujer lo que no supiste defender como un hombre”. Hoy nos toca la obra de misericordia de visitar a los enfermos. Y la primera visita, la más importante es la del sacerdote. Esta mañana he estado en Madrid, visitando una enferma que conozco hace muchos años, y en Cuenca, una señora de Villar de la Encina que se ha roto la cadera. Y han quedado tan contentos. A veces pasa que te dicen: “He estado enfermo y no ha venido”. – Pues avíseme. Junto a los enfermos está “visitar a los presos”. El acceso a las cárceles está muy difícil.

    Pero también hay enfermos y presos del alma. Y una visita les consuela mucho, les da fuerza para seguir adelante. Cuando tú te creas que tu visita no sirve para nada, es una excusa tonta. Usted va, está poquito y si ve que molesta se marcha. Pero ha ido a visitar a Cristo, porque estuve enfermo y en la cárcel y vinisteis a visitarme.

    Contaba un misionero que iba a ver un señor en el hospital que no tenía a nadie. Iba siempre a la misma hora. Y un día le dijo: – Mira , yo cuando me voy, en esa silla vieja que tienes ahí al lado, te dejo a Jesús, porque yo te lo intento traer cada día pero no me lo llevo. Al día siguiente no pudo ir, y por la noche lo llamaron. Padre, Padre, el enfermo que usted visitaba ha muerto. La chica que se lo encontró le dijo: “Se murió de una forma rara, me han dicho que se lo cuente”. “Ve usted esa silla, ha muerto abrazado a ella”. El misionero se fue contento, porque había salvado a un hombre de morir solo. La Madre Teresa decía, yo trabajo en Calcuta para que nadie muera sola. En segundo lugar, le había dado a aquel hombre la misma compañía que José María Sánchez Silva a Marcelino Pan y Vino, que hizo bajar al Cristo de la Cruz para acoger al niño en su regazo que se quería ir con su madre.

     Y ¿cómo visitaba a los enfermos y a los presos la Virgen María? Hay una escena de la película de la Pasión de Mel Gibson donde se ve a la Madre que se acerca por el piso superior de los calabozos de la casa de Caifás. No se juzgaba a nadie de noche, para que no se oscureciera la justicia, pero aquél día, los sanedritas y sumos sacerdotes se las arreglaron para que no se retrasara.Se apresuraron en condenar al justo. Atado allí nota la presencia de su Madre. La cámara se aleja, y se les ve sufrir juntos. Porque para consolar al triste hace falta COMPADECERSE: Padecer con. “Para sufrir con el dolor ajeno hay que tener imaginación, y tú no la tienes”. Dice Alejandro Casona en “La Barca sin pescador”. Nos falta un poco de ilusión del corazón para consolar. No discurrimos para intentar ayudar al que sufre. Ahora se dice: “Gracias por estar ahí”, y estar ahí significa acompañar en el sufrimiento. No vale con una palmadita en la espalda.

     Algunos me preguntan: “¿Usted por qué va al hospital?” Y yo me pregunto: “¿Y usted por qué no va?” No hace falta ser el hermano de la que se está muriendo para ir a verla no hace falta que se esté muriendo, ni tampoco hace falta ser su hermana.

    Yo les invito, a ponerse bajo el manto de la Virgen del Amparo a preguntarse en su entorno quién está preso, quién está enfermo, quién está en triste. No sé quién será, pero háganlo, puede ser su madre, un vecino, no lo sé. Lo sabe cada uno. Si no actuamos así estamos perdiendo el principal cometido del Evangelio, saber acompañar a los preferidos del Señor: los pobres, los que sufren, los presos. Que nos enseñe la Virgen, no sólo a la visita, sino también al acompañamiento. Da mucho gozo cuando vuelven a casa o vuelan al Cielo que le llamen a cualquiera y le digan: “Padre, ya está el camino hecho. Gracias por la compañía”. Si te piden para andar una milla, acompáñale dos. Que así sea.

Días anteriores de la Novena: Novena a la Virgen del AmparoMadre del buen consejo

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4 comentarios sobre “Enfermos, presos y tristes

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