Perdonar las injurias

    Tiene que ser grande el amor para que sea grande el perdón, o tiene que ser grande el perdón para que sea grande el amor, porque a quien más se le perdona más ama. Hoy nos toca la obra de misericordia de perdonar las injurias.

   Yo crecí rezando el padrenuestro sin saber lo que significaba aquello de “perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden”, que entonces decíamos a nuestros deudores. A mí no me debía nadie nada y creo que a mí nunca me había ofendido nadie. Cuando alguien atacó mi sacerdocio directamente, me fue fácil entender qué supone perdonar, porque supe lo que eso supone.

     Había un padre misionero, de esos de antes que la gente venía a la misión a oír dos horas de sermón, que decía: No te pide Dios que le invites a comer, solo te pide que no le desees lo malo, que no le pase nada malo, Señor; con eso basta. Y si ya puedes rezar por él, pues mucho mejor. Se ama mucho más fácil a aquella persona por la que rezas, aunque no te quiera, aunque no lo sepa.

      Pero yo les dije el primer día que íbamos a pensar en la Virgen Santísima y en sus obras de misericordia. En cómo practicaba el perdón. Y, ¿ustedes piensan que la Virgen María tenía que perdonar a alguien? Pues miren cada vez que dudaban de Jesús. Cada vez que le insultaban o planeaban a su muerte, aquel corazón de Madre lloraba perdón.

   Y ¿cómo podemos perdonar nosotros la burla y el escarnio público que hoy día con la inapetencia y la ignorancia de las autoridades legítimas y menos legales toleran y fomentan la blasfemia pública y el escarnio en calles y plazas en las fiestas, en carteles publicitarios, en programas de televisión y en entrevistas de personajes que ya no tienen miedo a blasfemar, porque se quitaron los cartelitos de los autobuses metropolitanos donde se decía “Prohibido hablar con el conductor, escupir y blasfemar”. Hoy España ya no escupe, pero sigue blasfemando y quizás más que antes. Seguro.

    Y los cristianos nos movemos en una especie de complejo por la que en virtud de la libertad de expresión nadie se atreve a plantar cara, no digo en el Congreso, sino ni siquiera en la barra de un bar. De forma que hoy vale todo contra Nuestra Madre del Amparo, contra Dios, lo más grave, sin que pongamos la cara para que nos den en la otra mejilla, cuando ya está herida la cara de Dios, la mejilla sonrosada de nuestra Patrona. ¿Y qué se hace, Padre? ¿Qué se hace ante eso? Se pueden hacer tres cosas: penitencia, se puede hacer alabanza y se debe tener esperanza.

     Penitencia, no solamente para venir a la iglesia con espíritu de reparación, que también cuenta. Toda la vida ha sido así, venimos a reparar. En reparación de las blasfemias: bendito sea Dios, bendito sea su santo Nombre, bendita sea la excelsa Madre de Dios María santísima. Reparación. Si no que yo les invito a coger un espíritu de reparación que ilumine sus vidas. Recuerdo la recogida de una casa de un familiar cercano muy querido, y que dirigido por mi madre, íbamos guardando lo que ya no servía. Y al mirar los zapatos, en cada uno había una china. No era cura, no era fraile. Pero en sus pasos, como aquellos de antes, hoy le ofrecía a Dios en reparación de sus pecados, de los míos y de los de tantos, en reparación de las blasfemias, con sus chinas, con sus piedras.

    Cuando algo les haga sufrir, cuando el corazón llore, levantad el alma a Dios y si no queréis ayunar o daros los latigazos de la Edad Media, ofrecedle el día a día a Nuestra Madre, repito, en reparación de las blasfemias.

    Y también alabanza. Tengo una amiga que recién casada tuvo un tumor, operación, Navarra, urgencias… se fue a adoptar a Rusia y tiene un rusito muy majo que se llama Miguel. Tres años, cuatro, no lo recuerdo bien. Y coge la madre al niño en brazos, se va a los pies de la Virgen y empieza Virgen María hoy te pedimos por Miguel, para que sea bueno, obediente. Para que su padre tenga trabajo, para que esté siempre contento, para que le guste jugar con los primos. Por todo eso, por todo Miguel, te lo pedimos, Virgen María. Y se gira el niño y le dice a su madre: Mamá, ¿no pides nada más? ¿Ya no le vas a decir nada más? Y la madre, que no sabía por dónde iba a salir, le dice: No, hijo mío, ya está bien. ¿Qué quieres decirle más? Y le dice como gritando: Guapa, preciosa, te quiero. Alabanza, porque las voces de los ángeles callan las bocas de los lobos. Y ustedes son los ángeles que acompañan a su Patrona cuando otros se burlen de Ella, aquí o a donde quiera que sea, alaben a la Virgen, díganle guapa. ¡Viva la Virgen de Amparo! Pero cada día con su vida.

    Y, en tercer lugar, ante la blasfemia sólo nos hace falta esperanza. Porque la Reina vive, porque está en el cielo en cuerpo y alma, y porque volverá con su Hijo. Y como dijo en Fátima: “Mi Corazón Inmaculado triunfará”. Cuando les duela en el alma que España ya no puede llamarse, aunque lo sea, tierra de María de verdad, sepan que la Virgen vive, que la Reina vuelve, y eso a España, a la fe cristiana, y a los hijos de tan Santa Madre, les tiene que dar esperanza.

    Pero hay otro perdón. Un perdón distinto a aquel de los que le agravian a Ella. Los que me agravian a mí y a ti, los de la familia, de lejos y de cerca. Otro misionero en el tren ve un sitio libre: Muchacho, ¿me puedo sentar contigo? De esos curas de antes, con su sotana, algo sucia por los pies, de esos de los que ya no hay ahora. Y le dice el muchacho: “Siéntese, Padre. Y no pasa nada, si da igual, todo da igual”. ¿Todo da igual? ¿Qué te pasa, hijo? “Mire, mi padre murió cuando era chico. Yo me hice con mi madre una sola cosa. Todos los días cuando terminaba el día le escribía una carta y se la ponía en la mesilla porque papá no estaba, para que leyera mientras dormía. Me fui al servicio militar, me tocó en África y cada día sólo quería salir del cuartel para correr los novecientos veinte pasos que me separaban del buzón de correos metropolitano de Melilla, porque yo no quería el sello militar, si no el de correos de toda la vida. Y mamá leía mis letras, y mamá salía a esperar el cartero que venía en bicicleta. Bueno, hijo mío, eso es bueno. “Sí, Padre. Pero empecé a beber, me costaba hacerlo, y como perdía la hora de salir del cuartel un día sí, un día, dejaba de escribir, luego una semana, luego un mes… Y por los amigos que no lo son acabé en la cárcel”. “Mi madre ya no podía, mi padre supongo que le ayudaba, y aquel corazón que no quiso casarse para estar conmigo, los dos siempre se había quedado solo con mi ofensa, con mi desgracia”. Aquel misionero, quizás era joven o no estaba preparado para oír aquello, y le dijo: Y hoy, ¿qué pasa? “Hoy, Padre, hoy he salido de la cárcel y hoy le he pedido a mi madre que me perdone el dinero que le pedí para beber, las cartas que no le he escrito, el dolor que le he hecho…” Bueno, hijo mío, pero te habrá perdonado… “No lo sé, Padre, no me ha contestado. En la curva de la estación de mi pueblo hay un árbol grande, un olivo de muchos años. Todo el mundo lo conoce. Yo le he dicho que si me ha perdonado de la rama más alta cuelgue un pañuelo blanco, porque si no quiere, yo seguiré de largo. Yo me pasaré la estación y empezaré otra vida, buscaré un trabajo. Padre, ¿usted me puede hacer un favor?” Sí, hijo mío. “Cuando se acerque, yo le avisaré, usted mire el árbol y si está el pañuelo me avisa y si no seguimos charlando que yo no quiero verlo”. Los minutos se hacían horas y las curvas parecían rectas y aquella estación no llegaba nunca. Por fin, le dijo: “Padre queda un minuto”. Se asomó a la ventana, de las de antes, que se abrían, y podía uno sacar la cabeza del tren. Y cuando el misionero vio el árbol le dijo: Ven. Se asomó por la ventana. La madre había hecho jirones las sábanas y el olivo era un mar de pañuelos blancos, porque no sólo le perdonaba si no que llevaba días colgando telas blancas para que no tuviera el corazón del hijo ninguna duda del perdón de la madre. Así perdona mamá. Así perdona la Virgen. Y si algún día ofendemos a nuestra madre, acordemonos siempre del olivo y de los pañuelos. Nunca dejéis de volver a la Madre del Amparo a pedirle perdón o a darle gracias.

    Pero falta un paso más. ¿Cómo perdona María? ¿Cómo le pedimos perdón? Y, ¿cómo perdonamos nosotros? En Lourdes, antes de ser sacerdote, del voluntario en una especie de hospedaje de pobres, llevado por Cáritas francesa, me pusieron de guía, de guía de italianos porque se pensaban que sabía. Y había una frase bonita que decía: Preghiamo la Madonna da parte di chi è più lontano dai nostri cuori, por aquella persona que esté más lejos de nuestro corazón. Yo no les pido que vayan a buscarla y le inviten a comer, yo sólo les pido que en esta noche les salga del corazón la palabra perdón por si hay alguien, que pueda ser considerado, si no enemigo, un poco alejado para que podamos rezar con el corazón grande: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos. Que así sea.

Otras homilías de la novena: Enfermos, presos y tristesComer, beber y vestir

Anuncios

3 comentarios sobre “Perdonar las injurias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s