Aunque camine por cañadas oscuras

                                                     Hace ya muchos años, una carmelita descalza me preguntó si caminando-por-valles-oscurosme gustaba leer. Inmediatamente le dije que no. Quizás porque eso pensaba desde chico,  o porque lo comparaba con otras cosas que me gustaban más. Ahora, no creo que sea por los libros escogidos, o porque lo demás me guste menos, aunque quizás sí porque me hago mayor, al mismo ritmo que todos vosotros, puedo decir que cada día me gusta más leer. Eso no sé si al mismo ritmo.

    ¿Para qué leemos? Creo que, fundamentalmente, por tres cosas. Para acercarnos a Dios con la lectura, en lo que se llama “lectura espiritual”, para aprender cosas: en algunas ocasiones por gusto y otras, por obligación; y también para descansar de otras ocupaciones. Así podemos escoger libros piadosos o vidas de santos para lo primero, libros de texto, enciclopedias u otros textos para lo segundo y quizás novelas, cómics y varios para lo segundo.

     Desde el día 26 de junio en que me regalaron el libro de Walter J. Ciszek: Caminando por Valles oscuros hasta el día primero de septiembre, no tuve ocasión de leerlo. Ahora, al llegar a su fin, pueden creerse que he estado inquieto hasta decidir algo sencillo pero que no me había pasado nunca tan de sopetón y en una fecha cercana a la de haber comenzado algo. “Voy a volver a leermelo” -me dije a mí mismo, como si fuera una azaña o una idea única-.

     ¿Qué había pasado? En la página 2 del libro tengo el primer subrayado, en la 17 apunto en el margen que voy a escribir un artículo, cuando voy por el capítulo tercero le digo a la persona que me lo regaló que hay que subrayar un libro así… me contestó solamente: pues tendremos que subrayarlo todo. ¿A qué grupo de libros pertenece? ¿Cuando leo me acerca a Dios, descanso o aprendo cosas? Está claro que las tres cosas a la vez.

    No se puede decir que enseñe sobre historia actual, en temas tan oscuros como la poca aceptación del sacerdocio en el mundo de hoy, con una claridad que hace, casi, daño a los ojos; como muestra estas líneas: En medio de todo aquello, la Iglesia se convirtió en blanco privilegiado de sus ataques. Se organizó una campaña de propaganda contra ella y contra los sacerdotes: realizábamos nuestra labor bajo un acoso constante e incidentes de mayor o menor envergadura. Y fue una campaña eficaz. Hasta los más leales se mostraban cautos a la hora de acudir a la iglesia o de ver a un sacerdote. Los jóvenes desaparecieron enseguida. Nuestras actividades como sacerdotes se limitaron estrictamente a la iglesia: no podíamos acercarnos a la gente a no ser que ella acudiera a nosotros. ¿Les suena de algo todo esto? Bien parece escrito en nuestro tiempo y no lejos de nosotros. El autor narra lo sucedido justo después de la invasión de los soviets en Polonia, recién empezada la segunda guerra mundial. Es cierto que ahora hacen menos ruido, pero también es eficaz la campaña.

     Sin embargo, el objeto principal de este libro, dicho por el mismo autor, no es histórico. El fin, podríamos decir, único; es demostrar que la Providencia Divina actúa de una manera eficaz en nuestras vidas, aunque nosotros no lo veamos. Mientras escribo estas líneas, hace ya algunos años, estaban operando a mi madre del fémur y yo estaba de Ejercicios, con el alma en vilo, la operación iba mal. En esta no pude estar, pero cuando fuimos todos a la primera, quizás la que nos impresionó más, por empezar un proceso que se sigue casi inevitable al “mamá tiene cáncer”, en los sótanos del hospital de San Pablo de Barcelona, lo más parecido a un búnker de la guerra; al oír el golpe de la puerta ignífuga que se cerraba detrás de mamá, en ese momento en lo que lo único que se espera ya es el tan deseado: familiares de Ángela Guillén acudan a la sala de reanimación, en ese momento mi hermano José María dijo: “Esto es lo mejor que podía pasarnos”. Convencerse de eso, convencernos de eso, vivirlo de tal manera, es el fin de este libro que tengo entre manos.

     Por otra parte, –dice el Padre jesuita- como toda verdad divina, no es fácil ponerla por obra. Su misma simplicidad hace que nos resulte imposible no solo creer en ella, sino ponerla humanamente en práctica, porque nuestra pobre naturaleza se distrae fácilmente. Las propias circunstancias de nuestras vidas -tan constantes, tan monótonas y rutinarias y, al mismo tiempo, las que Dios quiere para nosotros cada día- son también las que nos llevan a distraernos tanto -justamente porque nos vemos tan inmersos en ellas- y hacen que perdamos de vista, aunque sea momentáneamente, esta gran verdad. Y, sin embargo, entender esta verdad divina, pos simple que parezca, y esforzarse por ponerla en práctica; afrontar cada momento del día a la luz de su inspiración; intentar en la medida de lo posible recordarla en toda situación y en toda circunstancia de nuestra vida diaria; luchar un día tras otro por convertirla en el único principio que rija cada una de nuestras acciones y al que aspiremos: todo eso significa llegar a conocer la verdadera alegría y la paz del corazón, seguros de estar intentando cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios, el fin último por el que existimos, el único fin  para el que hemos sido creados. No hay mayor seguridad que pueda pedir el hombre ni mayor paz interior que pueda conocer. 

    Sé que la cita ha sido larga pero creo que merece la pena. Los entresijos de los trabajos forzados de Siberia, los interrogatorios de la policía secreta rusa así como otros vericuetos trazados en el día a día aunque sólo fuera por poder decir Misa, se los dejo para la lectura.

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