Sin palabras

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    Dicen que, tal como está el patio, ser sacerdote hoy es difícil; quizás llevan razón, pero a mí me resulta más difícil que ser párroco de cuatro pueblos, subir a decir la Misa y decirles algo, una vez más, sobre la muerte y sobre nuestra gente querida.

    No había pasado Madrid, poco después de salir de Valladolid, y me llamaba Ana, porque tenía que volverle a hacer llorar a la campana. Sin descolgar, sabía, Anita querida que pasaba algo, que se me moría un ser querido, porque tú, a esas horas ya no llamas.

     Pero no sé si escribir la homilía de hoy o el impacto de Naiara, preguntándole a su madre, detrás de su abuelo, camino del cementerio, ¿dónde lo llevan mama? ¿por qué va tapado? y no sé qué más, porque no le oía bien, pero le veía el gesto, que yo iba detrás. O Pilar, mi vecina, con su paso firme, ya bajita, más que siempre, rezando el Rosario, y la madre de los queseros llorando, y Mi querida África sonriendo, cuando le he dicho que se dé prisa en querer a las abuelitas, porque abuelos, ya en en el Cielo. Al Cielo iremos, por eso rezamos, y si Dios, no nos pilla preparados, que al menos podamos decirle, que en el tiempo que esperamos, le agradecemos haber tenido un padre como Aurelio, aunque estemos impactados de su muerte repentina e imprevista, hablando por teléfono.

     Querida Emilia, querida Maite, queridos hermanos:

     No voy a explicarle a nadie del pueblo, ni de Pinarejo, ni del Cañavate, ¿cómo son los hermanos Marín?, pero si me lo pregunta mi padre, o un amigo, o los que me han visto salir corriendo, para llegar a rezarle, les diré que, por lo que ya conozco del pueblo, son varias cosas importantes. Lo primero, son muy grandes, y tienen un corazón, a proporción, pero no sólo por su tamaño, sino por lo buenos que son. Y eso no se improvisa, eso viene de casa, casi de fábrica. Eso se enseña de niño, explicando a cada paso lo que está bien, y lo que no. No se puede quedar de acuerdo: “ahora que vamos al pueblo, vamos a llevarnos bien”. O se es, o no se es. El obrar sigue al ser, y uno vale, más por lo que hace, por lo que es.

     También podemos decir que trabajan un montón, y tampoco se ensaya cuando uno ya se ha ido de casa. Porque papá, además de ser, trabajaba. Y si no podemos decir que se ha muerto trabajando, podemos decir que casi… El campo le daba vida, y él os la daba a vosotros, porque ya sólo faltaba venir a labrar, después de los viajes, después del pan.

    Pero me podéis decir, ¿de que casa no va a contar usted que trabajan y tienen buen corazón? Es cierto, en cada casa, al menos, hay uno, el que sostiene la familia, el hogar, el que nos junta. Pero estos, le voy a decir a mi papá, estos siempre están juntos. ¿Os habéis fijado? Os conocí, prácticamente, cenando, después de un Bautizo, qué valiente, de su nieta, aquí presente. Y la última vez que os vi juntos, la noche del nueve, cenando donde Julián. Quizás la última vez que estuvisteis juntos. No os separéis, cuidad de mamá, no riñáis por ella, pero os va a tocar, si es que se puede, venir más.

    Los nietos, sus novias, el yerno, Raúl y Carla queridos, cuidad de la abuela, dadle lo mejor que tenéis, y aunque el dolor es grande, pensad cada día a quién podéis ayudar, ¿quién os necesita? porque unos días está uno mal, y otros, tú estás peor.

    Y ¿qué le digo que no sepa a mi pueblo de Santa María? Que mañana puedo ser yo, o tú. ¿Cómo está nuestra vida para rendir cuentas ante Dios? ¿Nos acordamos de rezar? ¿Hacemos algo por mejorar? ¿Nos damos prisa por querer y agradecer lo que parece que nos va a durar siempre, y se marcha de repente? A mí me gustaría que cada uno, esta tarde, en esta Santa Misa, además de rezar por él, rece por el día de su muerte, y no dejemos para el final, algo que no se ensaya, a diario se prepara, y cuando se acaba, de la mano de Jesús, su Nazareno de siempre, puede decirle a la Virgen, nuestra Madre del Amparo, que cuide mucho a sus hijos, que son un buen regalo, a una esposa que queda, arropada, querida, llorosa y también, sola.

    ¡Os quiero familia! Y cada vez que venís, todas menos esta, me da alegría de veros, un saludo, un apretón de manos; y hoy, más que nunca, un abrazo.

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