Los medios de comunicación son sólo medios

    Hay personas que se sienten Braveheart porque han escrito algo en internet, o porque alguien les ha puesto “me gusta” en facebook. Personas que dicen en el ordenador o a través del móvil, aquello que no son capaces de expresar en público o delante de las personas con las que están hablando.

    Con poca imaginación y no excesiva ciencia, enseguida se sabe quién sabe lo que dice y quién ha perdido el norte. Lo recuerdo como si fuera ahora. Cuando murió mi madre, llamé por teléfono a Vodafone porque quería dar de baja la línea, por fallecimiento del usuario. Vamos, que está claro el tema, o así me parece a mí. La conversación interminable terminó así: “Mire señora, se lo voy a decir claro. Yo tengo móvil porque se supone que facilita la vida, si usted me la complica voy a darle de baja esa línea y todas las demás que tenga. ¿Lo ha entendido?” Al final le quedó claro. Ella insistía en que quizás volveríamos a utilizar el teléfono, y yo le decía, ¿qué parte no ha entendido de “mamá se ha muerto”?. En fin, cosas de la atención al público tan eficiente en  nuestro tiempo.

    Al parecer podríamos decir que no tiene nada que ver con el tema. Pero si uno profundiza algo se da cuenta de que estamos perdiendo la capacidad de comunicarnos con tantos medios de comunicación, de que el teléfono móvil, en lugar de ser una facilidad para los trabajadores es una complicación, de que la televisión, en lugar de informar, muchas veces distorsiona la realidad, y así sucesivamente. Cada cosa sirve para su fin, y si no, no sirve.

    Nuestros hábitos, nuestras conductas están cambiando, y es cierto que no debemos satanizar los nuevos medios, porque pueden hacer mucho bien si se utilizan correctamente. Para tantas cosas han mejorado nuestras vidas: relación con la familia, localización de personas, equipos de colaboración, concentraciones masivas… Sin embargo, puede ocurrir que para otras muchas cosas sean una dificultad o, incluso, provoquen un daño grave. El consumo de pornografía que degenera al ser humano y a la juventud, distorsionando el plan de Dios sobre el Amor verdadero, la velocidad y la brevedad de los tiempos que nos damos unos a otros, la necesidad de llegar a casa para tener wi-fi, la falta de comunicación y trato normal con hijos, esposos u otros familiares (cuando el fin último de los medios debería de ser comunicarse), etc.

     ¿Qué quiero decir con todo esto? Que nos tenemos que acostumbrar a que los demás los usen, quedando estupefacto porque una persona convoque el entierro de su padre utilizando el whatsap; que debemos tener en cuenta que nunca una conversación por chat debería sustituir una cara a cara. Por ello, no debemos pensar que la libertad para comunicarnos es mala. Al contrario. Sin embargo, como todo, debemos aprender a utilizarlos. Los mayores no saben por el hecho de serlo. Tienen que madurar en su aprendizaje, los hijos no deben decidir en eso por el hecho de saber más que sus padres, como no deciden en las demás cosas. Los religiosos pueden hacer mucho bien utilizándolos correctamente pero no siempre lo hacen porque sean religiosos.

    Todos nos equivocamos, pero todos podemos mejorar. Aprendamos con la vigilancia y la corrección, con la autocrítica y el consejo a no dejarnos llevar por una sociedad que, aunque cada día se comunica más, cada vez lo hace peor. Si en casa se nos va de las manos, dejemos de utilizar aquello que nos perjudica. Si en el trabajo dejo de cumplir, puedo dejar el teléfono en casa. ¿Quién puede avisar de eso? Uno mismo. Cada uno se conoce, solamente hace falta ser sincero.

    Existen algunos factores de riesgo que pueden favorecer la adicción a las tecnologías digitales. Entre  otros, son factores de riesgo personales la falta de habilidades sociales y la introversión, donde se puede camuflar la personalidad, donde el lenguaje es más libre y desordenado. La búsqueda de nuevas sensaciones, la puerta abierta a múltiples aspectos de amistad, cariño o incluso sexo… Hoy casi todo se nos presenta al alcance de la mano. Tampoco debemos pasar por alto las carencias afectivas. En la red es fácil encontrar comprensión. Los estados depresivos o ansiosos, el usar la red para evadirse, es algo que debemos cuidar. La baja tolerancia a la frustración y la necesidad de encontrar satisfacción inmediata son otros riesgos que los educadores debemos cuidar. ¿No te pasa nada de esto? Mucho mejor, pero lleva cuidado, de ti y de los que de ti dependan. ¿Te parece exagerado? El párrafo no es mío. Juan Carlos Pinto, en el número 175 del Cooperador paulino, lo desarrolla ampliamente.

    Cuenta los minutos libres, valora lo que dejas y si te aportan algo los medios. Coge lo bueno y deja lo perjudicial. Como en el alimento, en las costumbres, en la vida. Que pases un buen día.

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